Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Salvador Elizondo: Anapoyesis

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Un escueto cable, transcrito por los periódicos, anuncia la muerte, en circunstancias trágicas, del Profesor Pierre Emile Aubanel que fuera, hasta antes de la guerra, titular de la cátedra de termodinámica en la Escuela Politécnica y de lingüística aplicada en la Escuela de Altos Estudios. Pocas semanas antes de que estallara el conflicto, en los medios científicos de París se discutían acaloradamente los trabajos que Aubanel había dado a conocer en el Instituto. Hubo quienes los juzgaron charlatanería y, ante el escándalo, Aubanel, que ya había dado su libro Énergie et langage a las prensas, se retiró a la soledad de su departamento de la rué dé Rome para proseguir sus investigaciones en privado. Losónos de guerra y de ocupación lo obligaron a un encierro fructífero, si bien la Gestapo cuidó de confiscar y destruir toda la edición del libro alegando, con base en un argumento lingüístico errado, el origen sefaradí del nombre de su autor.

Aubanel conservó cierto renombre en sus especialidades de la termodinámica aun al través del holocausto europeo. Lo conocí, después de la guerra, con motivo de la entropía de los altos vacíos, cuestión acerca de la cual fui a consultarlo, aunque lo que nos hizo amigos y me procuró su confianza fue la poesía. Yo recordaba haber leído que Stéphane Mallarmé había vivido en la misma calle que Aubanel. Cuando terminamos nuestra consulta y pasamos a hablar de generalidades, le pregunté si no podría indicarme cuál era la casa del poeta o si quedaba cerca.

Aubanel entornó los ojos y esbozó una sonrisa irónica; luego dijo:

—Mi querido amigo, ésta fue la casa de Mallarmé.

Señaló en torno con un gesto indiferente de la mano. Yo estaba asombrado de vérmelas con este gran hombre de ciencia incomprendido precisamente en la casa del más incomprendido de los poetas.

—Ya no queda nada de lo que había en su tiempo —dijo—. Cuando tomé la casa la reformé; tiré unos muros y levanté otros. En tiempo de Mallarmé estaba toda empapelada al estilo de la época, ya sabe usted.

Me enseñó toda la casa. Era común y corriente. En lo que había sido el estudio del poeta. Aubanel había instalado un aparatoso laboratorio. Entrabriendo la puerta me lo mostró desde el umbral. Por. el tipo de las instalaciones y la índole de los aparatos dispuestos sobre las grandes mesas de madera hubiera sido imposible deducir, a primer vista, cuál era la verdadera naturaleza de sus investigaciones.


—Yo pensaba que su trabajo era esencialmente teórico o matemático; ignoraba que fuese también experimental —dije al ver el interior del laboratorio en penumbra.

—Sí, y muy interesante —dijo Aubanel volviendo a cerrar la puerta—. Espero mostrárselo en otra ocasión.

Cuando nos despedimos me invitó a cenar al día siguiente en un restaurant de la Place de l'Opéra.

Después de cenar nos dirigíamos lentamente a pie hacia la rué de Rome. Al llegar al crucero del boulevard Haussmann, Aubanel comenzó a hablar de sus experimentos.

—Seguramente le extrañó ver mi laboratorio —dijo—. Más se sorprenderá cuando le explique la razón y la finalidad de mis experimentos.

—¿Tienen relación con la termodinámica? —pregunté.

—Todo tiene relación con la termodinámica —dijo con firmeza y, sonriendo burlonamente— ¡...y con la lingüística! —agregó.

Habíamos llegado ante el número 89; ascendemos las tortuosas escaleras que recuerdan el mundo tenebroso de la locura de Elbehnon.

Fumamos un rato en silencio, bebiendo cognac ante la chimenea. De sobro en sorbo, de voluta en voluta dejábamos espirar lentamente el alma resumida en humo, en sueño.

—Todo tiene relación con la termodinámica; no sabe usted hasta qué grado —repitió Aubanel, disponiéndose a hacerme el relato de sus experiencias de laboratorio— y, asómbrese más todavía: ¡con la poesía!

—¿Con la poesía?

—En efecto —prosiguió—, basta considerar a todas las cosas bajo una especie cualquiera, para poder concebirlas a todas como idénticas, como de la misma especie y para que desaparezca la diferencia que hay entre un templo dórico y un dado de plomo; basta pensar que su realidad última es la misma. En términos de energía son casi la misma cosa una mujer que una motocicleta —agregó a título ilustrativo—. Todas las cosas que componen el universo son máquinas por medio de las cuales la energía se transforma y todas contienen una cantidad de energía igual a la que fue necesaria para crearlas o para darles el valor energético que las define como cosas individuales, diferentes unas de otras en tanto que cosas, pero idénticas en tanto que cantidades de una misma cosa: la energía...

—¿Y la poesía...?

—La poesía es una cosa como todas las demás. Sólo difiere de las otras por la cantidad de energía que un poema recoge al ser creado. Varía la proporción entre la energía y la masa de las cosas, pero energía y masa son las mismas para todas las cosas. Un dado de un centímetro de lado de uranio contiene tal cantidad de energía que, si esa energía es liberada de pronto, es suficiente para destruir una ciudad de cuatro millones de habitantes en un segundo. Liberar esa energía así es cosa que ya se ha conseguido, como usted bien lo sabe.

—Sí, lo sé perfectamente —dije—. La energía liberada es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado, pero la masa de un poema...

—La masa de un poema —siguió diciendo Aubanel— es igual a la masa de un acorazado o de una manzana; eso depende del poema. El acorazado es la expresión real y potencial de una cierta cantidad de energía que se concreta o que puede ser transmitida en forma de acorazado; una manzana que comemos se transforma en energía, nos reanima, nos da fuerzas, como dicen: nos da su fuerza que nosotros asimilamos y transformamos. Un poema no podría ser más que como la cápsula que contiene la cantidad de energía que le da vida. Atienda simplemente al significado original de la palabra poema; con ello está dicho todo.

—¿Quiere usted decir, Profesor Aubanel, que pretende medir la masa del poema?

—En cierto modo sí; pero ese no es el objeto principal de mis experiencias. De hecho, esa función corresponde más bien a la crítica literaria. A m lo que me interesa es la posibilidad de hacer reversible el proceso por el que la energía del poeta se concentra en el poema.

—¿Y poder luego liberar esa energía? —pregunté tímidamente.

Aubanel siguió hablando. Repasaba en voz alta su gran sueño de la energía.

—Imagínese la enorme riqueza contenida en el acervo poético de casi todas las naciones. La energía es la máxima riqueza que puede tener un pueblo. Imagínese la economía de Italia alimentada con una, cantidad de energía equivalente a la que contiene la Divina Commedia. Bastaría un canto, o cuando más dos, para hacer funcionar la Fiat al máximo de su capacidad durante los próximos doscientos años...

—Pero para obtener esa cantidad de energía del poema —intervine— habría que destruirlo.

—Claro —dijo Aubanel—; los italianos tendrían que prescindir para siempre de él, cosa que, desgraciadamente para la economía italiana, ahora ya es imposible.

—¿Por qué? —pregunté.

Aubanel arrojó su cigarrillo a la chimenea.

—Porque la energía contenida en un poema —dijo—, como la de los elementos radioactivos, se gasta con el tiempo, con la lectura y lo que cuando nace es la materia del radiante uranio se convierte, a la larga, en el denso pero inerte plomo o en algún elemento de menor rendimiento energético. A cada lectura que los hombres hacen del poema extraen una cierta cantidad de la energía que lo anima hasta que lo olvidan por entero. El poema duerme entonces un sueño invernal que a veces dura siglos, lejos de la memoria y de los ojos de los hombres. Hay poemas que consiguen recobrar las energías. Después de siglos aparecen de pronto otra vez, investidos de una potencia nueva y formidable. Pero la máxima expresión dinámica reside en los poemas que nunca nadie ha visto, en los que guardan intacta la energía que les da forma.

Me condujo entonces a su laboratorio.

—Si la energía que el poema contiene se perdiera en él, el principio de la conservación de la energía y de la materia simple y sencillamente no tendría ningún valor... ¿Piensa acaso que vivo en esta casa por casualidad...?

—Su apellido —repuse—, su apellido tiene algo que ver con el famoso inquilino...

—Sí, un pariente mío conoció bien al Maestro. Pero ésa no es la razón. Usted sabe que Mallarmé mandó destruir todos sus escritos. Los guardaba en cajas de bombones, escritos en machotes de telegrama o en envoltorios de marrons glacés. Sus familiares quemaron todas las papeletas y cuartillas que contenían los escritos inéditos. Una disposición testamentaria que ha costado muy cara a la historia de la poesía francesa, pero también una coyuntura que hace concebir las más desaforadas hipótesis acerca del destino de esos papeles. Eran poemas en que la energía estaba contenida en su estado puro; poemas todos que no habían sufrido ningún desgaste, puesto que nadie los conocía o los había leído más que su autor; eran poemas que contenían la energía que Mallarmé les había infundido en estado puro.

—¿Consiguió usted rescatar alguno de esos poemas y transformarlo en energía? —le pregunté.

—Todavía no —dijo con cierta amargura—; solamente he conseguido recuperar palabras, fragmentos de versos, ningún poema entero, ninguna carga intacta. Son palabras de Mallarmé que nadie conoce más que yo, pero nunca me he atrevido...

—¿Qué fue lo que lo hizo venir a vivir a esta casa entonces?

—Una conjetura; la posibilidad en la que se fundaba toda la trascendencia de mi teoría y la hipótesis acerca de un hecho que me permitiría demostrarla.

Aubanel encendió todas la luces del laboratorio. Era mucho más grande de lo que yo había imaginado la primera vez que lo había visto por la puerta entornada el día anterior. Además de las mesas con aparatos, al fondo había un hacinamiento enorme de rollos de papel tapiz usado que llegaba casi al techo. No pude ocultar mi sorpresa ante semejante incongruencia. Por un lado los finísimos instrumentos y por el otro ese caos de trebejos y cosas desechadas o deleznables, Aubanel notó mi extrañeza:

—El papel tapiz viejo fue mi manía —dijo con intención velada, señalando el montón de rollos de papel manchado y carcomido—; le voy a explicar por qué cuando menos por lo que se refiere a esta casa.

Aubanel encendió otro cigarrillo y se puso a dar vueltas en torno a la mesa principal del laboratorio. Aspiró el humo.

—Era yo muy joven —dijo exhalando una bocanada azul— cuando concebí la idea de una relación entre el lenguaje y la mecánica. Con los años pude darle expresión matemática, es decir: pude concretar, la idea de esa relación, mentalmente, con gran exactitud. Podía yo determinar el valor E de cualquier verso que fuera obra de un gran poeta. El primero que calculé fue “Arma virumque cano, Trojae qui primus ab oris…” A pesar de un desgaste de dos milenios, el verso de Virgilio hubiera sido suficiente para elevar un átomo de carbón a una altura de una diezmilésima de micra; un valor deleznable, cierto, pero también, y esto es lo más importante, un valor comparable y congruente con las leyes de la física nuclear. Los trabajos de Bohr sobre la masa del núcleo me daban la razón y la teoría de Plank me proporcionaba la figura que permitía explicar y demostrar la mía —se detuvo un instante a fumar y luego prosiguió—. Eso fue lo que hice en Énergie et langage. Cuando mis trabajos fueron conocidos se produjo el escándalo que me obligó a abandonar la cátedra. Luego vino la guerra. Los alemanes destruyeron toda la edición del libro, pero aproveché la ocupación para construir mis instrumentos...

—¡Ahora lo comprendo todo! —exclamé—. Usted necesitaba un poema virgen, un poema que nadie conociera...

—Exactamente. Por eso vine a vivir a esta casa; con la esperanza de encontrar en algún resquicio el poema olvidado o perdido por Mallarmé, grabado a través del papel sobre el reborde de una ventana, una papeleta caída accidentalmente entre los resquicios de las duelas, o aprisionada entre las juntas del papel tapiz...

—¿Y encontró lo que buscaba?

Aubanel siguió hablando como si no hubiera escuchado mi pregunta.

—Comencé a trabajar con los materiales que tenía al alcance de la mano, como si se tratara de invocar la presencia plena y total del genio de Mallarmé por la fisión de algunas de las cláusulas más exquisitas que había compuesto: la energía contenida en “...Sur le vide papier que la blancheur defend...” por ejemplo, transmitida a una pelota de ping-pong puede hacerla botar a un metro de altura durante cuarenta años.

Aubanel se acercó a un armario y abrió la puerta. En el interior había un dispositivo cilíndrico de vidrio, de un poco más de un metro de altura sellado en ambos extremos con unas placas de acero inoxidable. En el cilindro una pelota de ping-pong botada silenciosamente.

—Esta pelota la activé en 1932 —continuó diciendo Aubanel—. El verso “Perdus, sans mâts, ni fertiles îlots….” contiene energía suficiente para hacerla botar durante doscientos noventa años y, en unión del último verso del poema “Mais, o mon coeur, entends le chant des matelots!”, podría hacer botar la pelota durante 654 años sin parar.

—¡Asombroso! —exclamé—. Qué duda cabe. Pero ¿ha pensado en las implicaciones que su teoría científica tiene para la estética? ¿Se da cuenta de que medir la masa transformable en energía de un poema significa la negación del acto de creación y del poema mismo, por así decirlo...?

—Ciertamente. En toda la formulación de la teoría nunca he perdido de vista ni mi Lavoisier ni mi Boileau.

Todavía resuena en mi memoria el elegante posesivo con el que Aubanel designaba al principio de la conservación de la materia y a la gramática francesa.

—El poema no existiría si no fuera el resultado de un esfuerzo igual a la potencia que guarda y que lo anima —agregó.

—Y que, según usted, puede ser liberada o actualizada —dije—. Pero ¿cómo? —agregué con curiosidad.

Aubanel se detuvo ante la mesa principal; señaló con la mano extendida el reluciente aparato que estaba encima y dijo:

—¡Helo aquí...! Este instrumento representa más de treinta años de trabajo constante. Lo llamo el anapoyetrón... es un reactor nuclear conectado en circuito con un oscilador encefalocardiográfico que registra la actividad intelectual y emotiva en forma de ondas...

Aubanel señaló, siguiendo el curso de los cables que los unían, primero el anapoyetrón, luego los dos aparatos registradores que descansaban en el suelo al lado de una silla de madera provista de cinchos y correas de cuero negro. Un poco más lejos estaba la consola de lectura que traducía las oscilaciones a una clave de cantidades efectivas de materia legible que el reactor, con el que esta máquina también estaba conectada, traducía, a su vez, en energía. Del otro extremo del reactor salían los cables conductores que terminaban en una batería acumuladora.

—Le voy a hacer una pequeña demostración —dijo señalándome un indicador en el tablero—. El anapoyetrón actúa como una cámara cinematográfica que funcionara de adelante hacia atrás. Una vez traducido el poema a la clave energética, el instrumento convierte o traduce ese lenguaje en energía; se produce la anapoyesis.

Tomó una pequeña tira que parecía de película fotográfica y la insertó en el dispositivo especial del anapoyetrón.

—¿Está usted listo? —preguntó Aubanel como los malabaristas que se disponen a realizar su pièce de résistance— . Es apenas un breve verso del Maestro. El número 17 de la Prose. Usted ya lo conoce, sin duda “Que, sol des cent iris, son site...” Le advierto que ya está bastante gastado y su nivel de energía es muy bajo, pero fíjese bien en la manecilla del voltímetro. Cuando ponga en marcha el reactor se produciría una descarga parcial de la energía todavía guardada por el verso 17 que hará qué se enciendan los focos del tablero. Fíjese bien —dijo señalando el tablero que estaba frente a mí—. Fíjese bien.

Pasaron unos segundos.

Aubanel oprimió el botón del interruptor del anapoyetrón. Se escuchó un silbido agudísimo que duró un instante y que sonó como una detonación. Las terminales de los cables chispearon y se pusieron al blanco. La agujilla del indicador vibró epilépticamente y los focos del tablero estallaron. Toda la anapoyesis había durado apenas una fracción de segundo.

—¿Eh...? ¿qué le parece...? —dijo Aubanel al cabo de un momento.

Yo estaba aturdido y deslumbrado. El zumbido detonante que había hecho el reactor y el destello enceguecedor de los focos en el momento de la descarga o traducción energética de las palabras de Mallarmé, me había privado de mi cabal conciencia durante unos segundos y en mis oídos resonaba todavía ese silbido atronador; mis pupilas se habían contraído tanto, que cuando pasó el estallido, a pesar de que Aubanel había encendido todas las luces, apenas podía yo distinguir, borrosa, su silueta. Escuchaba su voz como si llegara en medio de una algarabía en sordina, insoportable no solamente al oído sino a la vista también.

—Imagínese —dijo después de unos momentos Aubanel—, imagínese lo que debió haber sido la Prose o el soneto en ix cuando abandonaron la punta de la pluma de ese poeta sublime, la energía incontaminada total del poema, en el estado puro en que el poeta la captura y la encierra en una cápsula hermética que solamente el anapoyetrón puede volver a abrir para convertirla en energía, en lujo, en calma, en voluptuosidad. Imagínese la potencia que estuvo contenida alguna vez en “Aboli bibelot d'inanité sonore...” antes que nadie lo conociera. ¡Ah, mi querido amigo, haber podido tomar en los brazos a la recién nacida criatura de una noche idumea...!


Confieso que durante el viaje de regreso a mi hotel ya no pensé mucho en Mallarmé. Lo que me intrigaba más de toda la visita a Aubanel era esa silla de madera que se interponía enigmáticamente entre el anapoyetrón y la consola de lectura. ¿A quién estaba destinada?

Desde entonces he vuelto a pensar algunas veces en Aubanel. Lo imaginaba atareado en la revisión milimétrica de todos los resquicios de aquella casa lóbrega y de los largos rollos de papel tapiz en busca de la huella de la mano y de la obra del Poeta.

Según el breve cable de la AFP, la muerte del profesor Aubanel fue causada por una descarga de enorme potencia aunque de radio de acción misteriosamente reducido que se produjo en el laboratorio y agrega que se cree que la explosión se debió a una falla en las instalaciones con que Aubanel realizaba experimentos de termodinámica aplicada.

En el cable no se menciona para nada a Mallarmé.

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