Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Jacques Sternberg: Le poisson

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Ce ne fut que vers huit heures du soir, quand la nuit allait lui sauter à la gorge, comme un chat sauvage, que le pêcheur sentit soudain le froid.
Il était arrivé devant ce plan d’eau à l’aube, il n’avait pas pris le moindre poisson. Cela lui parut inquiétant. Comme tous les pêcheurs, il n’avait que peu de cervelle et peu de faculté de raisonner, mais il pensa quand même qu’il prenait toujours au moins un poisson, même dans les étangs morts que l’on prétendait peu poissonneux.
De là à penser à la poisse, il n’y avait qu’un pas. Il le franchit et s’obstina. Il ne voulait pas rentrer bredouille. Il accrocha un nouvel hameçon à sa ligne, la lança et se mit à penser. Il se demanda pourquoi il était venu là, qui lui avait indiqué cet endroit, comment il était arrivé jusque-là, pourquo il s’obstinait, et il ne trouva pas de réponse à ses questions relativement complexes.
Il en était là quand soudain son bouchon plongea sous l’eau. Il avait enfin accroché un poisson. Un gros poisson sans doute parce qu’il n’arrivait pas à l’arracher à l’eau. Cela dura longtemps, cette lutte. Mais le poisson résistait. Et le pêcheur résistait aussi. Comme s’il avait pris dans un bloc de glaise ou de glace, relié par sa ligne à un autre bloc de glaise, l’homme se paralysait dans son geste de tirer à lui quelque chose qui ne voulait pas venir à lui et puisque le poisson ne cédait pas, il ne cédait pas non plus. Un seul fait lui importait : il avait enfin pris quelque chose alors que, depuis ce matin, il n’avait rien pris. Quelque chose d’énorme puisque ça lui résistait alors qu’il tirait de toutes ses forces.
A minuit, il tirait toujours ; Epuisé, glacé, essoufflé.
A l’aube du lendemain, alors qu’il respirait à peine, il vit enfin le poisson qu’il avait harponné. Il sortait en effet des eaux. C’était une chose translucide, apparemment molle, qui ne semblait pas avoir de contours, mais qui pesait de tout son poids alors qu’elle ne semblait pas avoir de réalité. Et l’homme tirait toujours, alors qu’il n’avait plus de force en lui.

Julio Cortázar: Verano


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Al atardecer Florencio bajó con la nena hasta la cabaña, siguiendo el sendero lleno de baches y piedras sueltas que sólo Mariano y Zulma se animaban a franquear con el yip. Zulma les abrió la puerta, y a Florencio le pareció que tenía los ojos como si hubiera estado pelando cebollas. Mariano vino desde la otra pieza, les dijo que entraran, pero Florencio solamente quería pedirles que guardaran a la nena hasta la mañana siguiente porque tenía que ir a la costa por un asunto urgente y en el pueblo no había nadie a quien pedirle el favor. Por supuesto, dijo Zulma, déjela nomás, le pondremos una cama aquí abajo. Pase a tomar una copa, insistió Mariano, total cinco minutos, pero Florencio había dejado el auto en la plaza del pueblo y tenía que seguir viaje enseguida; les agradeció, le dio un beso a su hijita que ya había descubierto la pila de revistas en la banqueta; cuando se cerró la puerta Zulma y Mariano se miraron casi interrogativamente, como si todo hubiera sucedido demasiado pronto. Mariano se encogió de hombros y volvió a su taller donde estaba encolando un viejo sillón; Zulma le preguntó a la nena si tenía hambre, le propuso que jugara con las revistas, en la despensa había una pelota y una red para cazar mariposas; la nena dio las gracias y se puso a mirar las revistas; Zulma la observó un momento mientras preparaba los alcauciles para la noche, y pensó que podía dejarla jugar sola.

Ya atardecía temprano en el sur, apenas les quedaba un mes antes de volver a la capital, entrar en la otra vida del invierno que al fin y al cabo era una misma sobrevivencia, estar distantemente juntos, amablemente amigos, respetando y ejecutando las múltiples nimias delicadas ceremonias convencionales de la pareja, como ahora que Mariano necesitaba una de las hornallas para calentar el tarro de cola y Zulma sacaba del fuego la cacerola de papas diciendo que después terminaría de cocinarlas, y Mariano agradecía porque el sillón ya estaba casi terminado y era mejor aplicar la cola de una sola vez, pero claro, calentala nomás. La nena hojeaba las revistas en el fondo de la gran pieza que servía de cocina y comedor, Mariano le buscó unos caramelos en la despensa; era la hora de salir al jardín para tomar una copa mirando anochecer en las colinas; nunca había nadie en el sendero, la primera casa del pueblo se perfilaba apenas en lo más alto; delante de ellos la falda seguía bajando hasta el fondo del valle ya en penumbras. Serví nomás, vengo en seguida, dijo Zulma. Todo se cumplía cíclicamente, cada cosa en su hora y una hora para cada cosa, con la excepción de la nena que de golpe desajustaba levemente el esquema; un banquito y un vaso de leche para ella, una caricia en el pelo y elogios por lo bien que se portaba. Los cigarrillos, las golondrinas arracimándose sobre la cabaña; todo se iba repitiendo, encajando, el sillón ya estaría casi seco, encolado como ese nuevo día que nada tenía de nuevo. Las insignificantes diferencias eran la nena esa tarde, como a veces a mediodía el cartero los sacaba un momento de la soledad con una carta para Mariano o para Zulma que el destinatario recibía y guardaba sin decir una palabra. Un mes más de repeticiones previsibles, como ensayadas, y el yip cargado hasta el tope los devolvería al departamento de la capital, a la vida que sólo era otra en las formas, el grupo de Zulma o los amigos pintores de Mariano, las tardes de tiendas para ella y las noches en los cafés para Mariano, un ir y venir separadamente aunque siempre se encontraran para el cumplimiento de las ceremonias bisagra, el beso matinal y los programas neutrales en común, como ahora que Mariano ofrecía otra copa y Zulma aceptaba con los ojos perdidos en las colinas más lejanas, teñidas ya de un violeta profundo.

Qué te gustaría cenar, nena. A mí como usted quiera, señora. A lo mejor no le gustan los alcauciles, dijo Mariano. Sí me gustan, dijo la nena, con aceite y vinagre pero poca sal porque pica. Se rieron, le harían una vinagreta especial. Y huevos pasados por agua, qué tal. Con cucharita, dijo la nena. Y poca sal porque pica, bromeó Mariano. La sal pica muchísimo, dijo la nena, a mi muñeca le doy el puré sin sal, hoy no la traje porque mi papá estaba apurado y no me dejó. Va a hacer una linda noche, pensó Zulma en voz alta, mirá qué transparente está el aire hacia el norte. Sí, no hará demasiado calor, dijo Mariano entrando los sillones al salón de abajo, encendiendo las lámparas junto al ventanal que daba al valle. Mecánicamente encendió también la radio. Nixon viajará a Pekín, qué me contás, dijo Mariano. Ya no hay religión, dijo Zulma, y soltaron la carcajada al mismo tiempo. La nena se había dedicado a las revistas y marcaba las páginas de las tiras cómicas como si pensara leerlas dos veces.

Edgar Allan Poe: Mellonta Tauta

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Edgar Allan Poe by Frederick Halpin


TO THE EDITORS OF THE LADY'S BOOK:

I have the honor of sending you, for your magazine, an article which I hope you will be able to comprehend rather more distinctly than I do myself. It is a translation, by my friend, Martin Van Buren Mavis, (sometimes called the "Toughkeepsie Seer") of an odd-looking MS. which I found, about a year ago, tightly corked up in a jug floating in the Mare Tenebrarum- a sea well described by the Nubian geographer, but seldom visited now-a-days, except for the transcendentalists and divers for crotchets.

Truly yours, EDGAR A. POE

ON BOARD BALLOON "SKYLARK"

April, 1, 2848

NOW, my dear friend- now, for your sins, you are to suffer the infliction of a long gossiping letter. I tell you distinctly that I am going to punish you for all your impertinences by being as tedious, as discursive, as incoherent and as unsatisfactory as possible. Besides, here I am, cooped up in a dirty balloon, with some one or two hundred of the canaille, all bound on a pleasure excursion, (what a funny idea some people have of pleasure!) and I have no prospect of touching terra firma for a month at least. Nobody to talk to. Nothing to do. When one has nothing to do, then is the time to correspond with ones friends. You perceive, then, why it is that I write you this letter- it is on account of my ennui and your sins.

Get ready your spectacles and make up your mind to be annoyed. I mean to write at you every day during this odious voyage. Heigho! when will any Invention visit the human pericranium? Are we forever to be doomed to the thousand inconveniences of the balloon? Will nobody contrive a more expeditious mode of progress? The jog-trot movement, to my thinking, is little less than positive torture. Upon my word we have not made more than a hundred miles the hour since leaving home! The very birds beat us- at least some of them. I assure you that I do not exaggerate at all. Our motion, no doubt, seems slower than it actually is- this on account of our having no objects about us by which to estimate our velocity, and on account of our going with the wind. To be sure, whenever we meet a balloon we have a chance of perceiving our rate, and then, I admit, things do not appear so very bad. Accustomed as I am to this mode of travelling, I cannot get over a kind of giddiness whenever a balloon passes us in a current directly overhead. It always seems to me like an immense bird of prey about to pounce upon us and carry us off in its claws. One went over us this morning about sunrise, and so nearly overhead that its drag-rope actually brushed the network suspending our car, and caused us very serious apprehension. Our captain said that if the material of the bag had been the trumpery varnished "silk" of five hundred or a thousand years ago, we should inevitably have been damaged. This silk, as he explained it to me, was a fabric composed of the entrails of a species of earth-worm. The worm was carefully fed on mulberries- kind of fruit resembling a water-melon- and, when sufficiently fat, was crushed in a mill. The paste thus arising was called papyrus in its primary state, and went through a variety of processes until it finally became "silk." Singular to relate, it was once much admired as an article of female dress! Balloons were also very generally constructed from it. A better kind of material, it appears, was subsequently found in the down surrounding the seed-vessels of a plant vulgarly called euphorbium, and at that time botanically termed milk-weed. This latter kind of silk was designated as silk-buckingham, on account of its superior durability, and was usually prepared for use by being varnished with a solution of gum caoutchouc- a substance which in some respects must have resembled the gutta percha now in common use. This caoutchouc was occasionally called Indian rubber or rubber of twist, and was no doubt one of the numerous fungi. Never tell me again that I am not at heart an antiquarian.

Juan José Plans: Babel dos


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PRIMERA PARTE
¡Matar matar hasta que no haya nadie a quien
 - ni yo ni tú - matar matar! (Canción de cuna)
1
- A 5 m. 15 s. De Objetivo FK - 28 = MUERTE
   Las sirenas, con su canción de alarma, alertaron a la ciudad.
   Mientras los habitantes buscaban refugio en las entrañas de la urbe, mientras las
armas apuntaban hacia aquel lugar del grisáceo cielo por donde se suponía que no
tardarían en aparecer los rugientes pájaros metálicos, mientras los computadores
programaban órdenes que eran recibidas en los puestos defensivos por medio de
pantallas de televisión, mientras unos esperaban comenzar a divertirse y otros esperaban
comenzar a sufrir, un hombre murmuraba:
   - Maldito, maldito sea el juego de la guerra.
   Era Barsén, que desde hacía tiempo ya no sabía si amaba u odiaba a la humanidad.
   (- Pero, yo también soy humanidad. Los pecados de la humanidad, son mis pecados.
Porque, para combatir la violencia, he usado de la violencia. Es posible que nadie sea
culpable, pero tampoco nadie es inocente. Todos, de una forma o de otra, participamos en
el juego de la guerra, el más peligroso y abominable juego que hayamos podido inventar
los hombres.)
   Sacó una tarjeta de su bolsillo, una tarjeta perforada en el ordenador de reclutamiento
de su ciudad. Volvió a leerla, lentamente, pensando en el verdadero valor de cada una de
las pocas palabras de aquel frío mensaje:
   «Barsén, D. E. Hora: 7 m. Servicio: Transporte.»
   Y la fecha.
   (- Barsén - se dijo -, ya estás en la lista, ya formas parte del incontable número de
seres que han de matar y morir. Porque, lo que es vivir... ¡Qué poco nos debe gustar el
vivir! - ironizó.)
   Las sirenas dejaron de cantar tras un prolongado y agonizante silbido. Se hizo el
silencio, un expectante y denso silencio.
   (- A partir de las siete horas de mañana, lucharás contra el enemigo. El enemigo... Pero
¿contra qué enemigo? Porque, ahora, ya comenzamos a ser todos enemigos de todos.
Bueno, será contra el que esté frente a uno, contra el que avance en dirección contraria,
contra el que venga de otra parte, contra uno mismo. Porque, si la humanidad lucha entre
sí, se destruye entre sí, es como si no tuviera más enemigo que ella misma. Por más que
lo intento, sigo sin entenderlo, sin entender nada, sin comprender el porqué de todo esto.
Es así, y así hay que aceptarlo. ¿O no? ¿Hay que rebelarse, hay que protestar, hay que
gritar? Lo hice, lo hicimos muchos. ¿El resultado? Ser detenidos, ser encarcelados. Y sólo
pedíamos, sólo pedía paz. «¡Paz!», gritaba hasta quedar sin voz. Pero, nadie quiere esa
paz...)
   Lejanos llegaron los rugidos de los pájaros metálicos. Barsén miró al cielo. Venían
como formando una bandada.
   - Son aviones, aviones cargados de muerte.
   Barsén no buscó refugio. Permanecía en su pequeño y mimado jardín. Practicaba un
injerto a un árbol.

Pere Calders: L'Hedera Helix

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No heu experimentat mai la tendresa que poden desvetllar les petites atencions? Jo sí, i me n'he hagut de penedir sempre.
Triant un exemple qualsevol, a l'atzar, se m'acudeix el que em va passar amb una amiga. En una ocasió, per donar-me una sorpresa, em va preparar un dels plats que m'agradaven més, i al final de l'àpat va allargar-me un paquet que contenia una corbata arrogant. Sí, ja sé que el qualificatiu causa estupor, però em vaig passar setmanes cercant-ne d'altres, i després de tot aquest és el que em va semblar bo.
El que succeí fou que no era el meu sant, ni feia anys ni celebrava cap festa meva, i, per molt que em dolgui confessar-ho, la delicadesa d'ella m'entendrí. I això a despit del color de la corbata i de l'aprenentatge que exerceixo, de fa anys, per tal d'aconseguir una ideal solidesa de caràcter.
L'endemà (com que ja tenia el propòsit fet) me'n vaig anar al mercat de flors. La nit abans havia dedicat hores de les de dormir a triar obsequis que anessin bé, i, per molt que costi de creure, la resolució darrera fou en el sentit de comprar una planta grimpadora, perquè la meva amiga tenia un jardí interior, amb un dels quatre vents limitat per una paret que em desplaïa. Recònditament, la idea era mostrar sol.licitud i al mateix temps conspirar contra el mur, que moriria ofegat per l'herba.
Els meus coneguts ja saben que sóc pacient en les coses que mereixen paciència, però que en els altres casos acostumo a portar pressa. En el cas de la planta em va semblar des del principi que no hi podia perdre temps, i ho vaig dir així al venedor, que em va ensenyar la seva mercaderia.
—Aquí en teniu una que creix en tants dies.
—Ui, no! La que desitjo ha d'ésser més ràpida.
—Aquella de l'extrem triga la meitat.
—Encara és massa.
El florista em va mirar durant una estona, i després afirmà que allò constituïa una demanda especial («rara», em demanà que li permetés de dir). M'aconsellà que veiés una parada de plantes difícils, prop d'allí, i, seguint la recomanació, al cap d'un moment provava de fer-me entendre en un altre lloc.

Clifford D. Simak: The World That Couldn’t Be

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The tracks went up one row and down another, and in those rows the vua plants had been sheared off an inch or two above the ground. The raider had been methodical; it had not wandered about haphazardly, but had done an efficient job of harvesting the first ten rows on the west side of the field. Then, having eaten its fill, it had angled off into the bush—and that had not been long ago, for the soil still trickled down into the great pug marks, sunk deep into the finely cultivated loam.

Somewhere a sawmill bird was whirring through a log, and down in one of the thorn-choked ravines, a choir of chatterers was clicking through a ghastly morning song. It was going to be a scorcher of a day. Already the smell of desiccated dust was rising from the ground and the glare of the newly risen sun was dancing off the bright leaves of the hula-trees, making it appear as if the bush were filled with a million flashing mirrors.

Gavin Duncan hauled a red bandanna from his pocket and mopped his face.

"No, mister," pleaded Zikkara, the native foreman of the farm. "You cannot do it, mister. You do not hunt a Cytha."

"The hell I don't," said Duncan, but he spoke in English and not the native tongue.

He stared out across the bush, a flat expanse of sun-cured grass interspersed with thickets of hula-scrub and thorn and occasional groves of trees, criss-crossed by treacherous ravines and spotted with infrequent waterholes.

It would be murderous out there, he told himself, but it shouldn't take too long. The beast probably would lay up shortly after its pre-dawn feeding and he'd overhaul it in an hour or two. But if he failed to overhaul it, then he must keep on.

"Dangerous," Zikkara pointed out. "No one hunts the Cytha."

"I do," Duncan said, speaking now in the native language. "I hunt anything that damages my crop. A few nights more of this and there would be nothing left."
J

amming the bandanna back into his pocket, he tilted his hat lower across his eyes against the sun.

"It might be a long chase, mister. It is the skun season now. If you were caught out there...."

"Now listen," Duncan told it sharply. "Before I came, you'd feast one day, then starve for days on end; but now you eat each day. And you like the doctoring. Before, when you got sick, you died. Now you get sick, I doctor you, and you live. You like staying in one place, instead of wandering all around."

"Mister, we like all this," said Zikkara, "but we do not hunt the Cytha."

"If we do not hunt the Cytha, we lose all this," Duncan pointed out. "If I don't make a crop, I'm licked. I'll have to go away. Then what happens to you?"

"We will grow the corn ourselves."

"That's a laugh," said Duncan, "and you know it is. If I didn't kick your backsides all day long, you wouldn't do a lick of work. If I leave, you go back to the bush. Now let's go and get that Cytha."

"But it is such a little one, mister! It is such a young one! It is scarcely worth the trouble. It would be a shame to kill it."

Probably just slightly smaller than a horse, thought Duncan, watching the native closely.

It's scared, he told himself. It's scared dry and spitless.

"Besides, it must have been most hungry. Surely, mister, even a Cytha has the right to eat."

"Not from my crop," said Duncan savagely. "You know why we grow the vua, don't you? You know it is great medicine. The berries that it grows cures those who are sick inside their heads. My people need that medicine—need it very badly. And what is more, out there—" he swept his arm toward the sky—"out there they pay very much for it."

"But, mister...."

Fernando Iwasaki: El antropólogo

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Aquel hombre hacía muchas preguntas. Se interesaba por nuestras fiestas, por quién era pariente de quién y hasta por las historias que les contábamos a nuestros hijos para dormirlos. Somos un pueblo hospitalario y por eso le invitamos a todos los bautizos,matrimonios y entierros, adonde iba siempre con su libreta, su grabadora y sus anteojitos redondos.Un día supimos que había conversado con los más ancianos y que les había puesto nerviosos con unas historias de sacrificios y ritos sangrientos. Más tarde fue lo de la procesión y cómo se emperró en aquéllo de los calendarios solares y las diosas prohibidas.Pero cuando empezó a meterle sus ideas a los más pequeños estuvo a punto de arruinar laromería. Nosotros respetamos las costumbres de todo el mundo y sólo deseamos conservar las nuestras. No es fácil con tantas modernidades como hay ahora.Los niños fueron cantando hasta el altar según lo establecido, coronados de flores y vestidos de blanco. En cambio, el antropólogo incordió hasta el final. Las diosas no le habían elegido y para colmo estaba circuncidado. Pero mejor así, porque sabía demasiado.Sus entrañas eran impuras.

Wilkie Collins: Brother Morgan's Story of the Dream Woman

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I

I had not been settled much more than six weeks in my country practice when I was sent for to a neighboring town, to consult with the resident medical man there on a case of very dangerous illness.
My horse had come down with me at the end of a long ride the night before, and had hurt himself, luckily, much more than he had hurt his master. Being deprived of the animal's services, I started for my destination by the coach (there were no railways at that time), and I hoped to get back again, toward the afternoon, in the same way.
After the consultation was over, I went to the principal inn of the town to wait for the coach. When it came up it was full inside and out. There was no resource left me but to get home as cheaply as I could by hiring a gig. The price asked for this accommodation struck me as being so extortionate, that I determined to look out for an inn of inferior pretensions, and to try if I could not make a better bargain with a less prosperous establishment.
I soon found a likely-looking house, dingy and quiet, with an old-fashioned sign, that had evidently not been repainted for many years past. The landlord, in this case, was not above making a small profit, and as soon as we came to terms he rang the yard-bell to order the gig.
"Has Robert not come back from that errand?" asked the landlord, appealing to the waiter who answered the bell.
"No, sir, he hasn't."
"Well, then, you must wake up Isaac."
"Wake up Isaac!" I repeated; "that sounds rather odd. Do your ostlers go to bed in the daytime?"
"This one does," said the landlord, smiling to himself in rather a strange way.
"And dreams too," added the waiter; "I sha'n't forget the turn it gave me the first time I heard him."
"Never you mind about that," retorted the proprietor; "you go and rouse Isaac up. The gentleman's waiting for his gig."
The landlord's manner and the waiter's manner expressed a great deal more than they either of them said. I began to suspect that I might be on the trace of something professionally interesting to me as a medical man, and I thought I should like to look at the ostler before the waiter awakened him.
"Stop a minute," I interposed; "I have rather a fancy for seeing this man before you wake him up. I'm a doctor; and if this queer sleeping and dreaming of his comes from any thing wrong in his brain, I may be able to tell you what to do with him."
"I rather think you will find his complaint past all doctoring, sir," said the landlord; "but, if you would like to see him, you're welcome, I'm sure."
He led the way across a yard and down a passage to the stables, opened one of the doors, and, waiting outside himself, told me to look in.
I found myself in a two-stall stable. In one of the stalls a horse was munching his corn; in the other an old man was lying asleep on the litter. 

César Mallorquí: El rebaño

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El cielo, como un paño de terciopelo negro cubierto de diamantes, se alzaba en todo su esplendor sobre las oscuras cumbres de las monta¬ñas. Por encima de los bosques y de los valles, miles de estrellas titi¬laban en el firmamento de aquella noche cristalina.
Pero había una, entre todas ellas, que no se comportaba como sue¬len hacerlo las estrellas. Se movía.
Claro que aquel objeto distaba mucho de ser una estrella. No emi¬tía luz; la reflejaba. No tenía una vasta masa: pesaba poco más de seis mil quinientos kilos. No era un objeto natural, sino artificial
A doscientos kilómetros de altura, el satélite Geosat D, puesto en órbita trece, años atrás mediante un propulsor Arianne V desde la base de Kourou, sobrevolaba el sur de Europa. Su vertical, en ese mo¬mento, se encontraba situada exactamente encima de los Pirineos.
Geosat estaba procediendo a realizar las habituales observaciones automáticas. Algunos de sus sistemas habían dejado de ser operati¬vos (no hay que olvidar que la vida prevista para el satélite era de doce años, y ya llevaba funcionando uno de más). No obstante, su órbita había entrado en una espiral descendente, que lo acercaba cada ve?, más rápidamente a la superficie de la 'tierra. De hecho, Geosat estaba condenado a una muerte tan cierta como inminente. Y es que, según el peculiar calendario de los artefactos orbitales, era un satélite viejo. Aun así, el sistema de observación, cuyas funciones, entre otras, eran el registro y proceso de datos meteorológicos, todavía con¬servaba el brío de una primera juventud electrónica.
Las cámaras de infrarrojos y Ópticas escrutaron la lejana super¬ficie de la Tierra y su inmediata troposfera. El cielo sobre la pe¬nínsula Ibérica y el sur de Francia estaba limpio de nubes. Los sistemas informáticos de Geosat midieron las temperaturas, la di¬rección de los vientos, el grado de humedad y las variaciones de las corrientes marinas en el estrecho de Gibraltar y el golfo de Vizcaya, procesaron la información y, casi instantáneamente, la transmitie¬ron por enlace, de microondas a los receptores instalados en Roble¬do de Chavela.
Pero no había nadie allí para recibir aquel torrente de datos. No había nadie en toda la superficie de la Tierra capaz de escuchar aque¬llos mensajes llovidos del cielo.
No había nadie...

Charles Dickens: Captain Murderer

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The first diabolical character who intruded himself on my peaceful youth (as I called to mind that day at Dullborough), was a certain Captain Murderer. This wretch must have been an off-shoot of the Blue Beard family, but I had no suspicion of the consanguinity in those times. His warning name would seem to have awakened no general prejudice against him, for he was admitted into the best society and possessed immense wealth. Captain Murderer's mission was matrimony, and the gratification of a cannibal appetite with tender brides. On his marriage morning, he always caused both sides of the way to church to be planted with curious flowers; and when his bride said, 'Dear Captain Murderer, I ever saw flowers like these before: what are they called?' he answered, 'They are called Garnish for house-lamb,' and laughed at his ferocious practical joke in a horrid manner, disquieting the minds of the noble bridal company, with a very sharp show of teeth, then displayed for the first time. He made love in a coach and six, and  married in a coach and twelve, and all his horses were milk-white horses with one red spot on the back which he caused to be hidden by the harness. For, the spot WOULD come there, though every horse was milk-white when Captain Murderer bought him. And the spot was young bride's blood. (To this terrific point I am indebted for my first personal experience of a shudder and cold beads on the forehead.) When Captain Murderer had made an end of feasting and revelry, and had dismissed the noble guests, and was alone with his wife on the day month after their marriage, it was his whimsical custom to produce a golden rolling-pin and a silver pie-board. Now, there was this special feature in the Captain's courtships, that he always asked if the young lady could make pie-crust; and if she couldn't by nature or education, she was taught. Well. When the bride saw Captain Murderer produce the golden rolling-pin and silver pie-board, she remembered this, and turned up her laced-silk sleeves to make a pie. The Captain brought out a silver pie-dish of immense capacity, and the Captain brought out flour and butter and eggs and all things needful, except the inside of the pie; of materials for the staple of the pie itself, the Captain brought out none. Then said the lovely bride, 'Dear Captain Murderer, what pie is this to be?' He replied, 'A meat pie.' Then said the lovely bride, 'Dear Captain Murderer, I see no meat.' The Captain humorously retorted, 'Look in the glass.' She looked in the glass, but still she saw no meat, and then the Captain roared with laughter, and suddenly frowning and drawing his sword, bade her roll out the crust. So she rolled out the crust, dropping large tears upon it all the time because he was so cross, and when she had lined the dish with crust and had cut the crust all ready to fit the top, the Captain called out, 'I see the meat in the glass!' And the bride looked up at the glass, just in time to see the Captain cutting her head off; and he chopped her in pieces, and peppered her, and salted her, and put her in the pie, and sent it to the baker's, and ate it all, and picked the bones.

José Carlos Somoza: La quima


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La historia de la quima me la contó mi abuelo. No es bueno- decía- ponerse a mirar el cielo durante mucho tiempo, porque puedes ver una quima, y ay de ti si eso sucede.
¿Y qué es una quima?, preguntaba yo.
Pues un pájaro, pero más veloz. Como una paloma, pero más blanca. Tan blanca que te hiere los ojos y te hace verlo todo gris: la nieve, las nubes de verano, los rayos de la luna, el alabastro, la piel de los muertos, el papel sobre el que escribo..hasta las sagradas formas ( y aquí mi abuelo se santiguaba), que Dios me perdone.
Cuando ves una quima, ya no hay remedio: todo lo que miras después se vuelve gris.

Ya soy viejo y no creo en las quimas. Pero acabo de recordar algo.

Era una niña. Nunca supe su nombre. Tenía el pelo color almiar. La vi por primera vez en la iglesia, durante mi primera comunión.
Tan embobado quedé al verla que un compañero decidió empujarme para que avanzara hacia el altar.
Ella pertenecía a otro colegio, y después de la comunión se marchó. Yo no tardé en olvidarla.

Hasta hoy.

La memoria de los viejos es rara.

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