Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Pilar Pedraza‏: Carne de ángel

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—¡Pase! —grité un par de veces antes de que el visitante me oyera y empujara la puerta de mi despacho.
Lo hizo suavemente, con timidez.
—¿Se puede? —preguntó—. ¿Llego en mal momento?
Al contrario. Me alegró su aparición. Interrumpía el molesto sopor que solía acometerme al mediodía, después de las clases.
La cabeza de Goran Pizska, mi estudiante del Doctorado europeo, hizo amistosas muecas y reverencias desde el umbral. Precedía a un cuerpo grande, blando y desgarbado, que consiguió dejar de tropezar consigo mismo y entrar en mi pequeño habitáculo abarrotado de libros y tapizado con carteles de las exposiciones en las que había participado como comisaria.
Conocía poco a Pizska, pero lo tenía por persona excelente y apasionado estudioso de la cultura de la muerte. Y además algo necrófilo. Esto último lo supe desde el día en que le conocí, en un congreso en Pavía, donde presentó una breve y nerviosa comunicación en la mesa que presidía yo misma. Me agradó el brioso amor con que trataba su tema en una sede como aquélla, académica, pretendidamente científica y más bien fría. Ni siquiera se servía del powerpoint, sino que disertaba sin leer, con diapositivas y fragmentos de video que manejaba con nerviosismo.
Según supe después, su necrofilia pertenecía al género platónico. La cruda realidad es que no había visto un muerto, un verdadero muerto de carne y hueso, en toda su vida. También yo soy amante de la palabra muerte mas que de los cadáveres. Pizska, que me conocía por referencias, se pegó a mí enseguida irradiando ese cariño admirativo de quienes nos interesamos por lo mismo, ya sea coleccionar vitolas de habano o estudiar las costumbres de los escorpiones.
Llevada por la atmósfera fraternal y generosa del congreso, accedí, quizá precipitadamente y contagiada por el entusiasmo de aquel individuo tan llamativo, a dirigir su tesis doctoral sobre la artesanía macabra practicada por los monjes capuchinos. Pizska se lo había pedido en vano a algunos otros colegas, que no vieron la utilidad de tal estudio, ya muy trillado, y lo rechazaron con diversas excusas. Yo confiaba más en los jóvenes que la mayoría de mis compañeros. Al cabo de un día, las obsesiones de Pizska se me habían contagiado y ya hablaba —como él— de muertos momificados con quien se me pusiera por delante. Mientras tomábamos una copa en el vestíbulo del hotel con algunos colegas antes de retirarnos a descansar, mencioné la cripta de Via Véneto en Roma. Pocos de los circunstantes, en su mayoría historiadores del arte y estudiosos de tumbas blanqueadas, la conocían. Pizska la había visto en fotografías, pero no había estado allí. Le recomendé que la visitara cuanto antes e incluso que la estudiara. En ningún otro lugar iba a encontrar una ordenación tan rigurosa de arquitectura de huesos combinada con momias enteras expuestas al aire, cinchadas a los muros para mantenerse en pie.

Había que fechar aquellas maravillas cuanto antes y con rigor, porque sin duda habían sido retocadas modernamente con pastelería decimonónica más propia de monjas que de austeros barbudos. Los esqueletos infantiles figurando querubines con alitas hechas con omoplatos, y otros detalles de un gusto afeminado, no correspondían a la época del traslado de los huesos y mojamas desde el Quirinal. Poner orden en aquel aparente rigor geométrico que no era más que un caos paranoico, no era fácil, pero alguien tenía que hacerlo, y yo estaba ocupada en otras cosas. Los circunstantes apuraron sus copas entonando alabanzas a tan raro enterramiento, pero nadie mostró interés por trabajar en él, ni siquiera el entusiasta Goran Pizska.
No vi al estudiante checo por algún tiempo. Durante el curso siguiente me visitó en mi despacho de la universidad un par de veces para que le firmara el papeleo de la inscripción de la tesis. Dijo que había estado siguiendo la pista a la momia de la india peluda mexicana Julia Pastrana desde Oslo, de cuyo museo de ciencias naturales había desaparecido como todos sabíamos, y que el rastro parecía perderse en París. Pero había encontrado la manera de hacer hablar a la persona que tenía más datos sobre ese asunto, un policía francés retirado, de la Interpol.
Esta vez me eché a temblar. La Interpol, París, Oslo... aquel chico deliraba, y si creía que una tesis doctoral era una novela negra por entregas, estaba aviado. Yo tenía algunas experiencias en ese sentido y sabía que una folie à deux académica era fatal y solía terminar como el rosario de la aurora. Pero en este caso era la pura verdad. Los documentos y materiales gráficos que me mostró me sacaron de dudas. Se las había ingeniado para ver lo que quedaba de la momia de Julia Pastrana y su bebé. Aquello que, según viejas leyendas urbanas, había acabado en un vertedero o había sido rescatado de él. Las fotos de Pizska coincidían con los horribles daguerrotipos tomados en la carpa bajo la cual Theodore Lent, el marido de la Pastrana, exhibía las momias de aquellos dos pobres seres, la mujer simio y su peluda criatura muerta al nacer, a la vez que se casaba con una nueva mujer barbuda, movido por una extraña locura tricófila, de la que murió en un asilo.
-¿Tú crees que la momia infantil que aparece en las fotos es la de su hijo? —pregunté a mi doctorando.
-No, sin lugar a dudas ese niño vestido de marinerito es un cadáver anónimo. El suyo era más pequeño, recién nacido. Creo que en esto, como en tantas cosas, Lent hizo trampas antes de volverse loco.
Goran no podía ocultar su interés hacia la abyecta locura de Theodor Lent. Le exaltaba especialmente su vagabundeo de ciudad en ciudad con su espectáculo y la exhibición en él de las momias de su esposa y del pequeño fraude, tieso y envarado gracias a una armazón de alambre, como ella misma, que parecía dar un paso de danza, volviendo con horrible coquetería su rostro barbudo y simiesco y levantando delicadamente un pie calzado con una zapatilla de raso.
Evidentemente, Goran Pizska sabía cosas, tenía buen gusto en materia de cadáveres y era sensible al encanto letal de los muertos. Un romántico. Me di cuenta de que le gustaban las momias europeas. No hacía gran aprecio de las de Guanajuato ni del negro de Banyoles recubierto con la capa de alquitrán o pintura negra, que había visto sin emoción antes de su desmantelamiento humanitario en 1997 y su envío a Boswana para enterrarle.
Estuve a punto de creer que el objeto de su obsesión eran las mojamas peludas, y que finalmente iba a proponerme encaminar los pasos de su investigación doctoral hacia ellas. No estuve dispuesta a consentirlo aunque también a mí me fascinaran. Con la cuota de excentricidad que había alcanzado en la universidad tenía más que suficiente. Pero por fin salió a la superficie de aquellas aguas cenagosas la muerta sublime, la bella durmiente.
Pizska me contó que cuando descubrió por sí mismo las inmensas criptas de Palermo, los pasillos interminables con los centenares de cadáveres colgados de las paredes o en sus sarcófagos abiertos, su entusiasmo no tuvo límites y decidió dedicar su vida a investigar la conmoción que aquello había producido en su espíritu. Fue para él una revelación de la amable inexistencia de la muerte, la ausencia de peligro, la discreción inofensiva. Porque todos aquellos muertos secos y ataviados, de pie o tumbados, repartidos por oficios, conversando entre sí o abismados en su nada, eran la viva estampa de la paz. Especialmente la pequeña Rosalía Lombardo, precioso cadáver de alguien que murió a los dos o tres años pero que llevaba allí desde los años veinte del siglo pasado, flanqueada por los extraños ataúdes de dos compañeritas resecas, una de ellas con la boca abierta con el bostezo de los muertos ante el vacío o simplemente por el desecamiento de las mejillas, y la otra malcarada, con la frente percudida de hongos grises y un poco malévola, pero graciosa... Todas permanecían tranquilas bajo una luz fría y marmórea, casta, en sus cajas de cristal, como muñecas de una pequeña diablesa abandonadas en un desván.
Rosalía era la reina. Parecía dormir y sudar ligeramente bajo la tapa transparente de su féretro. Todo en ella rezumaba pureza, como otros rezuman erotismo. Con su gran lazo de raso de color vainilla prendido en los cabellos rubios, era la momia más hermosa de la tierra, la menos muerta, la bella durmiente. Eso decía Goran Pizska, sin darse cuenta de que repetía como un papanatas los tópicos de los folletos turísticos y las postales que vendía un viejo y gordo capuchino a la entrada a las criptas, encargado quizá también de demostrar que no sólo los muertos olían mal. La bella durmiente parecía respirar, nunca soñar. Goran Pizska a veces utilizaba abundantes y buenos verbos cuando hablaba de ella. Siendo su necrofilia platónica, no estaba enamorado sino prendado.
—Ahora que ya estoy bien, he terminado del todo. Aquí tiene un capítulo de la introducción, por si fuera buena -dijo al cabo de diez meses, poniendo sobre mi abarrotada mesa un centenar de folios a modo de muestra.
Estaban pulcramente impresos en letra Times, numerados y con un aspecto muy académico gracias a las notas a pie de página, que ahora son tan fáciles de insertar gracias a los procesadores de textos.
Hojeé la entrega y así, por encima, no me pareció mal. Había trabajado de firme. Mucha documentación y poca reflexión, como es habitual. Mejor de lo que esperaba. En el índice eché de menos un capítulo dedicado a Rosalía Lombardo. Supuse que estaría en los seiscientos folios que Pizska amenazaba con mandarme por correo electrónico. El joven me miró fijamente con sus ojos azules ligeramente estrábicos, que me mareaban porque no parecían mirar a ningún sitio en concreto, y se pasó ligeramente las puntas de los dedos por la frente. Lo consideré un signo de interrogación a la vez que un gesto propio de una persona sudorosa. Tenía una cara muy agradable, de amplia frente y nariz fina, larga y algo respingona.
—Muy bien —dije—. Mándame el resto. No te prometo nada. Puedo tardar un mes o más en leerlo, porque es un mal momento. Parece como si os hubierais puesto de acuerdo todos en traerme manuscritos, y yo por mi parte he de entregar a mi editor mi propio libro. Y por si fuera poco dirijo un ciclo de conferencias que me roba más tiempo del que pensaba.
—No se preocupe, sin prisa. Me vuelvo a mi país y no volveré en algunos meses. Tengo que hacer reposo.
-¿Te encuentras mal? ¿Tienes problemas de salud? —Sí. Sufrí depresión. En Palermo puse muy malo. Todavía en tratamiento.
Bajamos a la cafetería de la Facultad. Pedí una cerveza aunque sabía que no me sentaría bien antes del almuerzo, pero tenía la garganta seca como siempre que hablo con extranjeros, aunque sea en mi idioma. Goran pidió agua mineral -por las pastillas, se excusó por no acompañarme con el alcohol. Su educación a veces me parecía portentosamente austrohúngara.
Me contó su obsesión por la momia de Rosalía Lombardo. Había vuelto varias veces a Palermo, con lo cual su beca sufrió serias menguas a causa de los viajes. Perdió el sentido del tiempo en la contemplación de aquel enigma, de aquel misterio de belleza que desafiaba al tiempo, obra del doctor Alfredo Salafia, que la embalsamó por un procedimiento secreto. Había descubierto muchas cosas en torno a la familia Salafia, y concretamente sobre el autor del embalsamamiento de Rosalía, y del envenenamiento presuntamente accidental de ésta con arsénico.
También me dijo que él mismo había pedido en vano a las autoridades municipales y a las eclesiásticas permiso para verla de cerca, mejor dicho, para fotografiarla sin la tapa de cristal que cubre todo el frente del ataúd. Las cartas y autorizaciones que le otorgaron en la Universidad de Palermo, y las que llevaba nuestras, no le sirvieron de nada. Pero él no podía escribir un tratado sobre las criptas sin examinar su obra maestra. La respuesta fue un no tan rotundo que Goran enloqueció como los héroes necrófilos de Lovecraft y estuvo varios días vagando por aquellos corredores desde los que los muertos parecían mirarle, aunque en realidad ya sólo estaban allí para ser mirados. Por suerte tuvo fuerzas para reaccionar y acabó encerrándose en las criptas por la noche en compañía de un experto en aperturas, es decir, un ladrón, con quien le puso en contacto uno de los chicos de la pensión donde se alojaba —lugar más de regocijo que de estudio—, visto que pagaría bien el trabajo, que por otra parte no era difícil ni peligroso. Cataldo Marchesi estaba además libre de cualquier clase de supersticiones, tenía los nervios templados y desde luego prefería abrir una caja de bombones como aquélla a una caja fuerte como las que constituían su especialidad y su arte.
Se introdujeron por la tarde con los turistas. Dieron al grasiento hermano portero unas monedas a cambio de una estampa y de que dejara de mirarlos como si fueran delincuentes en potencia, como hacía con todos, japoneses o no. Cataldo sólo llevaba una manta de algodón doblada debajo de su cazadora, una linterna y una pequeña palanca de hierro. No les fue difícil esconderse en un hueco de uno de los corredores de aquel dédalo infinito, tapizado de cadáveres de palermitanos ilustres, vestidos y tocados para su última reunión social, detrás de unos féretros poco frecuentados a causa del nulo interés que ofrecía su contenido -unos monjes muy estropeados que parecían estar absortos en un intercambio de opiniones teológicas o culinarias—. Cuando al cabo de una hora el guardián pasó agitando su campanilla y el manojo de llaves con la cantinela «Si chiude», se acercó peligrosamente a ellos, pero Cataldo tiró de Goran hacia abajo y no los vio. Los visitantes fueron saliendo, sin demorarse mucho por miedo a quedar encerrados, al contrario que Goran y su compañero.
Al cabo de media hora, la luz parpadeó a modo de aviso durante dos largos minutos y luego se apagó, quedando encendidos unos pilotos anaranjados en las esquinas de los corredores y en algunas otras partes para orientación de vivos y muertos.
Cataldo sacó la linterna, la manta y la ganzúa. Permanecieron quietos un buen rato, oyendo los diversos ruidos y rumores del edificio. Goran nunca había sentido menos miedo ni aprensión. Estaba a gusto, casi eufórico. Por fin iba a tener en los brazos el objeto de su pasión. Sólo quería tocarla, sentir su peso y en sus dedos el tacto de aquella piel que la vista anunciaba sedosa y tibia como la de los albaricoques.
Haciendo presión con la palanca y tomando el cristal entre los dos, ayudándose de la manta para no dañarse y proteger el vidrio, tuvieron abierta la tapa en un santiamén.
Truenos lejanos habían estado sonando toda la tarde, pero ahora la tormenta estaba encima del convento y las criptas. Una ráfaga de viento abrió con estrépito una de las ventanas termales situadas cerca del techo de la capillita de las niñas. Cuando Pizska cogió el cadáver de Rosalía con manos temblorosas por la emoción, no se percató de la tromba de agua que arrastrada por el viento cayó sobre él y su compañero, que por su parte se percató absolutamente, porque exclamó: «Porca miseria!»
Goran estaba absorto en otra cosa. Se le había caído el alma a los pies... porque aquella muñeca con olor a pergamino y alcanfor no pesaba nada, pero nada de nada, como una pluma, como una hoja seca o el ala de una libélula. Toda aquella plétora de vida aparente, la adorable cabeza -cofre de tranquilos sueños-, el sudorcillo, el pelo, el lazo... no eran nada, una pavesa. Las piernecitas, invisibles hasta entonces por estar tapada la niña hasta la barbilla con un espectacular tejido de color magenta, se desprendieron y cayeron al suelo, y la cabeza, como la de una marioneta, se torció. La desesperación, o tal vez el temor reprimido hasta entonces, puso histérico a Goran. Su compañero tuvo que sacarle de allí a empujones, tras asegurarse de que el pequeño y maltrecho cadáver quedaba en su sitio. No hubo tiempo de volver a colocar el cristal sobre la caja, porque empezaron a sonar alarmas, nada previsibles en un lugar tan añoso y amojamado, entre los truenos y relámpagos de la tormenta, mucho más potentes.
Pizska me enseñó recortes de prensa que llevaba en el portafolios de falsa piel, de donde minutos antes había sacado las hojas que me entregó. En efecto, no eran delirios suyos. Los diarios locales se hacían eco vagamente de la profanación de la tumba de Rosalía, aunque en realidad, a juzgar por las fotos, Goran y su compañero —que no aparecían por parte alguna— no habían estropeado gran cosa. Ignoro si se puede llamar profanación a algo tan pulcro. Ayudó sin duda la pericia y celeridad de los monjes en la reparación de los desperfectos. Pero el cadáver, dijo Goran, parecía haber perdido su esplendor, al entrar en contacto el aire y el tiempo tras largos años de reposo bajo la protección del cristal. En efecto, en las fotografías posteriores al suceso, parecía como si la que fue la rosa del muladar se hubiera marchitado y hubiera adquirido cierto parecido con sus compañeritas de los otros ataúdes infantiles. Incluso el lazo parecía menos tieso que antes.
-No sabe usted cómo he sufrido a causa de mi irresponsabilidad. Sólo me consuela el hecho de que mi fechoría no sin castigo quedó -me confesó Goran-. Una noche desperté presa de un gran malestar y ahogo. Algo pesaba sobre mí. Ese peso era como otro peso que nunca pude tener, cuando cogí a la nena y fue como coger un cáscaro. No podía moverme, pero no tenía nada encima. Algo me miraba con ojos vacíos desde el umbral de la puerta. Desapareció y no volvió hasta algún tiempo después. Cuando recogía y ordenaba las hojas de la tesis para llevarlas a encuadernar, el capítulo dedicado a ella había desaparecido. Traté de imprimirlo de nuevo. Imposible. Desde entonces la vi a menudo. Me seguía. En la biblioteca de la Facultad sobre todo, se sentaba en el pupitre contiguo y se quedaba dormida, con la cabecita apoyada en los brazos, rubia y llena como un melocotón. No me causaba ningún daño, pero me turbaba. Se lo conté a mi doctor de cabecera. Le pregunté si era posible que Rosalía volviera para atormentarme. «¿Una revenante?— preguntó—. Sin duda, las muertas regresan. Los hombres, no, no sabemos por qué. Tenemos ahora muy buenos tratamientos para ese mal gracias al descubrimiento de la revenancina». Me dio consejos y pildoras muy buenas y muy caras, que me devolvieron la tranquilidad. Rosalía desapareció. Ahora casi la echo de menos. Pero sigo sin poder imprimir el capítulo que le corresponde.
—¿Has probado a escribirlo a mano? —pregunté.
Me miró perplejo y luego desvió la vista hacia la ventana. Quizá al otro lado del cristal la revenante había llamado su atención con alguna travesura.
Nunca parece que va a llegar el día de la defensa de una tesis doctoral. Pero indefectiblemente llega, como la muerte. Yo, como directora de la de Goran, tuve que hacerme cargo de la enojosa misión de convencer a siete colegas europeos para que se reunieran en mi universidad. Tras una primera gestión telefónica con cada uno de ellos, dejé los asuntos administrativos y los viajes en manos de mis secretarias, salvo en el caso de mi amigo personal Denis Labastille, de la Universidad de Nanterre, hombre guapo y discreto, que había escrito un libro admirable sobre las momificaciones que realizaban las monjas clarisas rellenando los cuerpos con resinas aromáticas y pétalos de clavel. Fui a recogerle al aeropuerto. Por suerte lo encontré enseguida y sin problemas de equipaje. Me pareció más alto y delgado que de costumbre, algo demacrado y con el cabello largo. Siempre me parecía un hombre al que acabaran de atormentar sin que hubieran logrado hacerle confesar. Tenía aureola, carisma, como un personaje de ficción. Llevaba sólo una bolsa negra en bandolera y tenía un aire más juvenil que nunca. Me fijé en sus zapatos estrepitosamente modernos bajo su aparente discreción. Nos alegraba encontrarnos, lo que era relativamente frecuente desde que nos movíamos en el espacio transnacional de una universidad integrada por todas las de los países de la Unión.
Le llevé a su hotel y luego a un restaurante a cenar. Cuando nos hubimos sentado y tuve cerca su rostro, me admiró una vez más la pátina romántica que lo cubría. Era como si matizara su rostro con polvos de arroz, cosa que, naturalmente, no hacía. La montura de sus gafas, que renovaba con frecuencia, siempre me llamaba la atención. La actual era de un ámbar muy claro, con las patillas negras. Los chispeantes ojos azules brillaban tras los cristales como joyas en un escaparate. Pero no eran piedras: eran ojos que me miraban y por los que yo me sentía mirada. Le conocía lo bastante como para darme cuenta de que algo le disgustaba. Algo le atormentaba y esta vez confesaría. Se lo pregunté a bocajarro. Él respondió que sabía que me daría cuenta, pero que no quería preocuparme. Le pregunté si tenía algo que ver con la tesis de Goran Piszka, temerosa como es frecuente en un director de tesis doctoral en vísperas del acontecimiento. Pero no parecía encontrarla especialmente mala. Al fin, dijo:
—No es la tesis lo que me perturba, sino que se estudie en ella a la niña Rosalía Lombardo, cuyo recuerdo va ligado al de mi madre. Ya ves, a mi edad y todavía con achaques freudianos. Como tú y yo, mi madre era una gran aficionada a las cosas de la muerte, de un modo laico y casi amable, quizá porque estaba predestinada a morir antes de los treinta años. Cuando yo tenía diez, fui con mis padres a Sicilia. Mi padre no era un gran viajero. Solía entregarse a placeres sencillos, como callejear y degustar las especialidades culinarias. Pero mi madre, que era una mujer culta y gran lectora, deseaba ver las criptas capuchinas, que conocía por el libro de Odette Olifant, que por cierto Goran Pizska no cita en su tesis -dijo sonriendo con cierta crueldad natural en él-. En aquella época, cuando los turistas de las criptas eran escasos y no había necesidad de arrojarlos a la calle a grito pelado o con la campanilla, que pronto se convertirá en una sirena, aún había culto en la capilla de Santa Rosalía, y unos cuantos bancos para los fieles, estratégicamente situados en torno a los sarcófagos de las niñas.
»Mi joven madre, que vivía sin miedo en una permanente víspera de la muerte a causa de una enfermedad incurable, se aficionó a pasar unos momentos al día en aquel fresco remanso de paz. Mi padre sólo la acompañó una vez. Creo que se asustó. La vista de aquellas cajitas que guardaban sin velarlos aquellos cadáveres angelicales, le dejó confundido. No pudo convencerla de que no volviera a aquel lugar, que consideraba macabro y nocivo para su salud. Así que ella aprovechaba la hora de la siesta para acercarse a los Capuchinos. Recorría automáticamente los corredores tapizados de cadáveres y se sentaba en un banco de la capilla de Santa Rosalía, no sin antes inclinarse sobre el cristal de la niña con la boca levemente fruncida en un amago de beso como Narciso sobre el espejo del agua. A veces hallaba sobre el cristal una rosa dejada allí por algún otro admirador.
»A1 cabo de unos días se dio cuenta de que entre los escasos visitantes reconocía a una joven, en cuyos ojos sorprendió una mirada furtiva dirigida a sí misma. No contenta con sentarse frente a ella, se alineó a su lado. Yo iba con mi madre ese día, porque mi padre había tenido que hacer una visita y no quisieron dejarme solo en el hotel. La señorita que llamaba la atención de mi madre era pequeña y distinguida -yo solía apreciar la distinción donde la hubiera, habilidad que he perdido con el tiempo-, de unos veinte años, de cuerpo algo deforme y rostro lindísimo, como una hermosa foca. La «sirena de Palermo», dijo mi madre más tarde refiriéndose a ella. Pero no era la desproporción entre las partes superior e inferior de su cuerpo lo que sorprendía en ella, sino cierto aire de semejanza con la pequeña muerta, cierto parecido tan inasible como un perfume en el fondo del viejo armario de una dama. Un velillo de tela de araña con pequeños lunares de terciopelo velaba sin borrarlas las facciones y un flequillo rizado y rubio espumeaba sobre la frente.
«Aquella muchacha inconfundible se levantó de pronto del banco, se acercó al sarcófago de Rosalía Lombardo, se agarró firmemente con las manos enguantadas de encaje a ambos lados del féretro, miró adentro con fijeza de loca y se puso a gritar y a patalear como una posesa. No tardó en acudir uno de los monjes barbudos que me daban tanto miedo y le dijo algo al oído. Ella no hizo caso. Él entonces la separó de la caja. Para ello tuvo que tocar a la mujer, pero lo hizo con extraña delicadeza. Yo no hubiera sabido arrancar a una persona de allí sin algún tirón. Con el tiempo no se aprende, se olvida lo que una vez se supo. Yo olvidé afortunadamente cómo tocaba aquel barbudo un cuerpo de mujer. Mi madre era entrometida, o más bien curiosa, una artista de la vida que lo quería saber todo para poder arreglarlo a su manera. Me dejó sentado en el banco y corrió tras el monje, hacia el altar, cuando todos se fueron. Hablaron largo rato, y vi también que ella echaba dinero en un cepillo y él se lo agradecía gentilmente con un movimiento de cabeza y una bendición.
»La velada fue inolvidable. Cenamos en un comedor reservado del hotel en obsequio de unos amigos de mi padre que comieron con nosotros. Mi madre estaba deslumbrante. Cuanto más tiempo pasaba en el cementerio de los capuchinos, más hermosa y fresca se volvía. Uno de los invitados, el arquitecto Francesco Valmarana, explicó las propiedades de las criptas para conservar a los muertos y embellecer a los vivos. Al preguntarle mi madre si también ella aumentaría en belleza y juventud en aquel lugar, que frecuentaba, el viejo zorro dijo que no se podía añadir nada a lo excelente, pero que, de todas formas, mejor que un lugar tan melancólico le sentaría su propio jardín secreto, típico de las grandes casas palermitanas.
«Ella entonces se hizo la interesante contando la escena desgarradora junto al féretro de Rosalía Lombardo, que habíamos presenciado aquella tarde, cuando la muchacha desconocida se abalanzó sobre el cristal de la caja gritando come une hysthérique, como una energúmena. El arquitecto Valmarana exclamó que no era posible que hubiéramos visto a la "signora Lombardo, la sorella", pues su existencia no era más que una leyenda, que hacía años había propagado un fraile chiflado, lejano pariente de la familia. Según él, había una hermana superviviente y gemela idéntica de la Rosalía Lombardo que tanto gustaba a todos por ser rosa fresca del jardín de muerte. Se llamaba Virginia y habría ido creciendo al compás natural de los años, dejando atrás a su hermanita muerta. Se decía que eran como dos gotas de agua y que vivieron como si fueran un solo ser hasta que Rosalía murió intoxicada accidentalmente por el veneno que se usaba en la casa para exterminar cucarachas gigantes que habían invadido las alacenas y carboneras. Casi todo el mundo pasa por alto este tema del veneno, pero para mí -prosiguió Labastille— es esencial en la historia. Pocos saben que el arsénico dota a los cuerpos que lo han ingerido de una especie de resistencia a la putrefacción.
»Los Lombardo quisieron hacer embalsamar a la niña y darle sepultura en la cripta familiar de su lugar natal de Monreale. El doctor Salafía, a quien encargaron el embalsamamiento, pidió permiso para llevar a cabo su trabajo en las instalaciones de los capuchinos, que conocía bien y con las que estaba familiarizado. No hubo inconveniente. La niña fue trasladada inmediatamente a las estancias del baño de natrón y al secadero, y comenzó a sometérsela al procedimiento secreto que daba tan buenos resultados. Naturalmente, la otra niña, la hermanita superviviente, no supo nada de esto. Cuando al cabo de ocho meses el cuerpo de Rosalía hubo vencido a la corrupción y podía pasarse a una fase superior del arte, el doctor Salafia sufrió un infarto cerebral y dejó el mundo de los vivos y hasta el de los muertos. El prior propuso a los Lombardo que los monjes embalsamadores terminaran el trabajo con Rosalía, a cambio de que la familia la permitiera descansar allí, probablemente porque era tan bella, tan extraña, tan sublime, que la querían para sí como un trofeo, como una obra de la que estaban orgullosos.
»He sostenido en varios artículos que el hecho de que Rosalía muriera envenenada con arsénico facilitó su buena conservación —prosiguió Labastille, cada vez más melancólico y alterado-. No he encontrado más que dificultades. Aquí nunca se ha querido ni oír hablar del tema. El caso es que la familia no vio con malos ojos que se estableciera una capilla de Santa Rosalía en los Capuchinos para cobijo de la niña y que el mundo pudiera verla y admirarla, sin estar oculta en la cripta familiar húmeda e ignota. No fue un secreto sino un orgullo. Quizá incluso una manera de alejar de sí cualquier indicio de sospecha por leve que fuera sobre la muerte de la pequeña, no por asesinato sino simplemente por descuido.
«Cuentan que cuando cumplió quince años, con su joroba, su melena imposible y su aparato de ortodoncia, Virginia, la gemela viva, se enfrentó por vez primera con el rebelde espejo que constituía la bellísima Rosalía. Se le prohibió visitarla, pero desde muy joven se escapaba para verla detenida en el tiempo mientras por ella pasaban los días y los años. Goran Pizska ha reparado en la madera del féretro que corresponde a la cabeza, en un letrero de letras irregulares que dice MORS SPES MEA (la muerte es mi esperanza). Él conjetura que se hizo a punta de navaja, pero yo creo que fue rascando con las uñas de una mano femenina. Expresa de un modo muy patético la angustia de la muchacha solitaria que se asomaba una y otra vez al agua turbia del cristal para ver el rostro delicioso de su hermana y percibir el negro soplo del tiempo.
Cuando despedí a Labastille en la puerta del hotel, caminé preocupada bajo la lluvia. ¿Qué sabía yo, en definitiva, de todo aquello? ¿Y Goran, qué diablos sabía Goran, que había acarreado toneladas de papelotes, que de pronto me parecían vanos? Cuando llegué a mi casa tomé un vaso de leche con un valium y hojeé mi ejemplar de la tesis. No estaba tan mal como había creído en mi crisis de pánico. Estaba muy bien, lo que ocurría era que en el tema se mezclaban insidiosamente las líneas de investigación con la cultura popular viva, pero de eso ni mi alumno ni yo teníamos la culpa.
Al día siguiente, el de la lectura pública de la tesis, me di cuenta de que, aunque casi todos los miembros del tribunal eran amigos míos, no apreciaban demasiado el trabajo de mi pupilo. Temí que fueran crueles con él. Podemos serlo todos, yo misma lo he sido a veces con otros aspirantes a doctor. Pizska no se lo merecía. Había trabajado mucho y si sus conclusiones no eran geniales, tal vez se debía a la mezcla de mi propia ineptitud para dirigirle y su tozudez en seguir su propio camino sin hacer caso de nadie. En eso se parecía a otra doctoranda extranjera, la iraquí Nedjwa Rashid, que me había hecho perder la paciencia en varias ocasiones con su tesis sobre enterramientos asirios. Pobre Nedjwa, quizá pereció bajo una bomba norteamericana pocos años después.
Cuando el viejo doctor Leonardo Sigismondi, el último en hablar porque presidía la sesión, protestó porque en su ejemplar de la tesis uno de los capítulos estaba escrito con máquina de escribir y no con ordenador como el resto, lo que le parecía un desaliño y una falta de respeto al tribunal, la puerta de la sala de grados donde estábamos se abrió de golpe con estruendo, y entró por ella una ráfaga de aire helado que nos hizo estremecer. Se extendió por la sala un intensísimo olor a amoniaco y a almendras amargas. Una niña rubia muy pequeña, con un gran lazo de color crema recogiendo uno de sus rizos en lo alto de la cabeza, apareció en el umbral. Llevaba un vestido rosa sobre unas anticuadas enaguas almidonadas, calcetines blancos de ganchillo y zapatitos rosas. Se sentó en una butaca de la última fila y allí se quedó muy formal, mirando fijamente a Goran, que estaba de espaldas y no la había visto en el primer momento pero que enseguida no sólo la vio sino que quedó petrificado. Todos la vimos. Luego entró una joven vestida de un modo un tanto formal y anticuado, como si fuera a asistir a una Primera Comunión o a alguna fiesta eclesiástica, con guantes hasta el codo y la cabeza adornada con un tocado discreto pero no soso. Buscó con la mirada, angustiada, a la pequeña. Cuando la vio, se acercó a ella, tiró de su brazo violentamente y la sacó de la sala. La niña no protestó. Quiso únicamente pararse a recoger el lazo que se le había caído, pero la otra no se lo permitió. Hubiera dado diez años de mi vida por aquel lazo, que finalmente recogió Goran cuando abandonábamos la sala. Justicia poética. Quizá nadie se dio cuenta salvo yo de la reacción de Labastille. Se quitó las gafas, las limpió cuidadosamente y las introdujo en el bolsillo superior de la chaqueta. Tenía las ojeras muy acentuadas y los ojos con el brillo helado de los zafiros azules.
El presidente del tribunal no tardó en reponerse de aquellos accidentes, y tranquilizó a Goran sobre la valía de su trabajo. Había llegado la hora de comer y una angustia nauseosa se extendía por la sala. Era cruel tenernos a las tres de la tarde oyendo hablar de desventramientos, trepanaciones, baños de arsénico, natrón, sulfito de sosa y otras materias relacionadas con la mojama humana. Sobre todo después del sobresalto del viento abriendo la puerta, que ocupaba todas las mentes. Sentí un leve mareo, del que procuré reponerme pensando que aquello no iba a durar mucho y sólo quedaba ya un último suplicio, la comida en un buen restaurante a costa del pobre doctorando.
Con todo lo que se dijo y se insinuó allí, y los cientos de folios que ya tenía redactados Goran, le envié de nuevo a Palermo con una beca y le dije que no volviera a verme sin un libro que estuviera a la altura del tema. Lo hizo. Es magnífico, pero le falta la explicación de uno de los pequeños misterios: el de su propia profanación de la momia de Rosalía Lombardo. Yo siempre lo he tenido por un suceso apócrifo, fruto del delirio doctoral.

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