Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Alonso Zamora Vicente: Noche Arriba

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Toda la tarde ha estado lloviendo. A través de los cristales sucios, roto uno por un portazo, doña Lola ha visto caer agua horas y horas sin descanso. Se ha acercado a la ventana cada vez que ha salido alguna de las innumerables visitas, que, con buena voluntad, qué duda cabe, no faltaba más, han venido a darle el pésame. Lo malo es que con sus palabras y con sus consejos no han hecho más que reanimar su pena, una bola redonda trepando del estómago a la garganta, que sube, sube, ya llega, revienta y hay que volverla a tragar. Una buena gente todos estos vecinos. Doña Remedios, tan obsequiosa, tan bobalicona, pero tan buena persona, y don Arcadio, el solterón del tercero izquierda, siempre tan borrachín, pero tan galante, que la esperaba — ya antes de la enfermedad de Nicanor — en el rellano de la escalera y decía, cediéndole el paso "¡Calle abierta a la alegría de la casa!". Si, sí menuda alegría. Nicanor tieso como el mango de una pala, quién lo diría, un hombre tan joven aún, tan apuesto, un poco memo, es verdad, pero en fin, Señor, las cosas son como vienen, quince años de casados y sin ningún disgusto, porque no se puede llamar disgusto a aquello del cobrador de la luz, ¡Jesús, qué recuerdos ahora!... Y doña Lola se aprieta contra el cristal sano de la ventana, tan fresquito, no está bien que se asome al mirador, además aún no ha venido la peinadora, y habrá gente, y ese forense del bigotito rubio, tan afable, en fin, no pienses, Lola, y aguántate un poco, don Nicanor en la cama, las manos cruzadas sobre el pecho, apretando el rosario de Chuchita, la sobrina que se metió en las Salesas, habráse visto, con el porvenir que tenía de secretaria de don Cándido, el gerente de Molinos Reunidos, S. A.... Y doña Lola suspira, arrimada a la ventana, asustada de no oír crujir la cama donde Nicanor, algo más largo y flaco, llena la habitación, este Nicanor, quién lo hubiera dicho unos días antes, cuando sintió los primeros síntomas, broma va, broma viene, hasta que la angina lo dejó tieso que tieso, sin remedio posible, Nicanor muerto... Y llueve, llueve, la viuda no puede reconocer a muchos de los que, dejando abierta la portezuela del taxi, se atreven a cruzar la calle para dejar tarjeta en la mesita del portal, el cuello de la gabardina levantado, qué ridículos desde allí arriba, chapoteando en el arroyuelo... Si se habrán acordado de poner la escribanía de plata que Nicanor —el pobre Nicanor — tenía en la mesa de su despacho. . .

****

— ¡Qué día, qué barbaridad! ¡Qué manera de caer agua! Lo que es como mañana en el entierro llueva así, no sé qué va a ser de nosotros! ¿Has visto, Josefina, qué día?

— No me hables, mujer. ¡ Un horror de día!.

Josefina y Carmen, primas de doña Lola, están sentadas en un ángulo de la habitación convertida en capilla ardiente. En el mirador de la salita se oye el golpeteo de la lluvia en los cristales y, periódicamente, el paso de los tranvías, que hacen retemblar la casa ya vieja. El ataúd está en el suelo y los hachones bailan ligeramente a cada vehículo que pasa de prisa. Los portazos en la escalera hacen vacilar las llamas. Uno de los hacheros se ha apagado. Don Nicanor presenta un perfil más acusado y huesoso a la única luz de la cabecera.

— ¡Jesús, Josefina! ¿No ves? ¡Cualquiera diría que está vivo!


— ¡Cállate, por Dios! Yo voy a salir a buscar a alguien. ¡No podemos seguir aquí a solas! Hay que ver lo que tarda Lola en prepararse para el velorio. ¡Ni que se fuera a los toros! ¡Mira que llamar a la peinadora!

— ¡Ya, ya! Bueno, es que esto de la viudez... ¿sabes? Solamente quien ha pasado por este trance... Pero, ¿no crees que debemos Ilamar a alguien?

— ¡Bah! Figuraciones, Carmen, figuraciones! Está más muerto que Pepe Botella. ¿No lo ves?

— ¡Ay, Josefina! ¡Cuentan tantas cosas! Todos los días se sabe de alguien que entierran vivo.

—¡Se me pone carne de gallina!.

Carmen se levanta de la butaca y se dirige hacia el féretro. Se contonea pesada y violentamente dentro de su faja, ceñida, adivinándose reventonas las caderas. A sus pasos tiembla la habitación, reducido el mobiliario a una fila de sillas contra la pared. Se acerca al muerto, se agacha con dificultad, ahogándose, y le mira, frunciendo mucho el entrecejo. Las luces, estremecidas por el propio acercamiento de Carmen, se agitan y la sombra de la mujer corretea, alocada, fantasmal, por la pared frontera. Josefina lanza un grito.

— ¿Qué te pasa? — acude asustada Carmen.

— ¡Creí que le ibas a tocar! ¡Qué miedo dan los muertos, Dios mío! ¡Llama a Lola!

—¿Y por qué habría de tocarle? Y si le toco, ¿qué?

Se oyen conversaciones por el pasillo. Se abre la puerta de la salita y entran más personas que acuden al velatorio. Don Arcadio, el vecino del tercero, hace una marcada reverencia a las señoras, que se vuelven a sentar, ya sosegadas, y se detiene solemne, el sombrero en la mano a la altura del pecho, mirando fijamente al cadáver. Parece que reza. Se hace un silencio. Detrás de don Arcadio entran varias personas más. Angelita, la joven del segundo derecha, que es peluquera, y su padre, don Trifón, funcionario de Hacienda, sección de Previsiones. El matrimonio de los Ríos, doña Berta y don José, propietarios de la mercería de la planta baja, La Ilusión, Hilos nacionales y extranjeros, Ropa interior para niños, Especialidad en calcetines de caballero. También entra doña Remedios, la pensionista del entresuelo izquierda, pintarrajeada, un ojo llorándole siempre, redicha, una pañoleta de vivos colores, tejida al amor del brasero, sobre los hombros. Don Arcadio levanta imponente los brazos al aire y la cabeza al techo. La sombra de las velas le arroja contra la pared en forma de negro y vacilante murciélago. Sorbe ruidosamente.

— ¡Nicanor, amigo mío! ¡No somos nada!

Todos se saludan y comienzan a buscar un sitio donde pasar el tiempo lo más cómodamente posible. Las señoras claman mientras se besan de refilón:

— ¡Qué desgracia tan grande!

— ¡ Ya terminó de sufrir!

— ¡ Dios le haya perdonado!

— ¡Tan joven!

Josefina y Carmen se adelantan un poco a hacer los honores:

—¡Siéntense, por favor! Pronto vendrá Lola. La pobre, ya ven, está destrozadita. ¡Quince años de matrimonio! Por cierto, ¿han visto que parece vivo?

—Es la expresión de los justos, señora ¡La cara de los bienaventurados! ¡ Sonriente! ¡ Tranquilo! Satisfecho de su peregrinación por la tierra ! Pero, créame, señora, muy muerto y remuerto. Del todo.

—Hombre, don Arcadio, yo...

—¡Nada, señora, nada! ¡Ni una palabra más! Sepa usted que yo, Arcadio la Huelga y Ramírez, estuve en 1912 en Annual. ¡ Si sabré yo lo que es un muerto! Le aseguro que don Nicanor no revive aunque le atraviese con agujas al rojo... así, mire, ¿comprende? ¡ ¡ Fufff!! ¿ves? Ya. Supóngaselo. Ya está. Huele a quemado. Y don Nicanor tan pancho, digo: tan tieso. ¡Nada, señora! ¡ Son los designios de la Divina Providencia!

Doña Remedios se inclina hacia doña Berta, la mercera:

—¡ Qué pico de oro este don Arcadio! ¡Se ha dado cuenta lo bien que habla?

—¡Y luego dicen que bebe!

—¡Cómo se habrá quedado soltero!

Don Arcadio prosigue, envarado, profético:

—También hay procedimientos casi mágicos para comprobar la muerte del hombre: sangrar en vivo, degollándolo, el animal casero preferido por el presunto cadáver. ¡Al gato, por ejemplo!

— ¡Jesús! — tiembla Carmen — ¿Y cómo?

— ¡ Muy sencillo, señora mía! Si al ir muriéndose el animalito no se oye voz humana alguna, es que el legítimo propietario está muerto y remuerto.

— ¡Dios nos coja confesados!

— ¡Ave María Purísima!

De pronto, en la habitación de al lado, se oye un llanto convulso. Es doña Lola, la viuda.

— ¡Desventurada mujer! —clama don Arcadio.

— ¡ Qué pena tan grande! — suspira Josefina.

— Pues ¡no es para tanto! — dice, levantándose un poquito las faldas, Angelita, la peluquera.

— ¡Niña — amonesta el padre — respeto para ese pobre hombre que va a salir con los pies para adelante! .. .

— ¡Bueno, bueno, papá, no te pongas así! ¡Qué barbaridad!

— Claro, la juventud, ya se sabe, — compone don Arcadio.

El lloro de doña Lola llega mitigado, entremezclado con ruidosas conversaciones ahogadas, frases de consuelo, rituales, falazmente apenadas. Se percibe cómo se abre la puerta de la escalera, el bajar de alguien que pasa silbando alto y, al oír los quejidos, súbitamente enmudece. Desde la cocina se filtra, fresco, excitante, un tropezar de cacerolas, de hierros en el fogón, carcajadas de la criada. Una desusada quietud se agazapa por los rincones de la habitación. Doña Lola aparece, una bandeja con tazas en las manos, taconeando, muy bien peinada, negros nuevos en la ropa, olorosa de tinte y de colonia. Sin decir nada, sin abandonar los cacharros, puesta en medio de la puerta, levanta, patética, la cabeza hacia el techo, hipando:

— ¡El pobrecito mío! .. .

Un coro de voces se levanta de los reunidos junto al muerto:

— ¡Resignación, señora!

— ¡Dios lo tendrá en su seno!

— ¡ Animo, Dolores!

— ¡Es inútil llorar!

Don Arcadio avanza, pavoneándose, dominando las exclamaciones:

— Amigos míos, dejen, dejen ustedes llorar a nuestra querida vecina. ¡ El dolor se mitiga con el llanto !

Extrañamente, Lola deja de llorar. Suspira mirando al cadáver y se dirige a la salita contigua, pensando:

— ¡Cómo está el techo de telarañas! Ni siquiera hoy se le ocurre a la Petra limpiar! ¡Ya le ajustaré las cuentas mañana!

Y desde la puerta dice a los asistentes:

— Una tacita de café ayudará a pasar la noche. ¡ Son ustedes tan amables ! .. .

Todos se encaminan a la salita de doña Lola, susurrando, desterrada la voz, hueco el pensamiento, frases de cortesía: Por Dios, no se moleste; En estas circunstancias; Yo te ayudaré; Usted siéntese y descanse. Doña Lola se sienta, atornillándose bien, en un butacón de mimbres, crujidor bajo su peso, cerca de la camilla:

— He hecho poner un poquito de brasero. ¡ Qué día ! ¡Va a haber alguna inundación!

— ¡Por favor, Lola, no me hable de inundaciones! — replica Remedios, la pensionista. — En mi tierra son terribles. ¡No quiero ni acordarme!

—¿De dónde es usted, doña Remedios?

Remedios, un diente de menos arriba (para ventilar la sin hueso, dice ella) y la barbilla en constante vaivén de atrás hacia adelante, para evitar que, al hablar, se le escape la dentadura postiza, exclama, una cenefa de melancolía en la voz:

— ¿Yo? De Valencia, hijas mías, de Valencia.

Don Arcadio replica vehemente, alzándose poco a poco del asiento:

— ¡La tierra del amor! ¡La tierra de las flores! ¡La tierra de la luz! ¡ La tierra de. . .

— Sí, sí; déjese de cuentos, don Arcadio. Cuando llegan las inundaciones... ¡Hasta los muertos desentierra el agua, y llegan flotando a los entresuelos!...

— ¡Remedios! ¡No debemos hablar aquí de muertos, ni de cosas tristes. Tenemos la misericordiosa obligación de hacer que nuestra querida amiga, hoy sumida en negra soledad, olvide su congoja! ¡Pues no faltaba más!

Lola suspira, Remedios sonríe, don Trifón tose pertinazmente y se limpia una espumilla blanca de los lagrimales con el revés de la manga. Josefina y Carmen escuchan boquiabiertas, esperando que don Arcadio continúe. Angelita se acerca a la mesa y al agacharse para servirse una taza de café le dice a la señora de los Ríos, la mercera, al oído:

— Bueno, este andova está majareta, ¡no verdad, usted?

Doña Berta está bastante sorda:

— ¿Cómo?

Angelita no contaba con la dureza del tímpano de doña Berta. Don Trifón, que lo ha oído, le sacude a su hija un golpe no muy discreto con la rodilla, haciendo boilotear la taza del café en el aire.

— ¿Cómo? — insiste la mercera, acercándose la mano a la oreja.

— ¡Que si quiere café!

— No, no he salido hoy. ¡Llovía tanto!

— ¡Estás tú buena! — murmuró por lo bajo Angelita.

Un silencio circular, envolvente. Las cucharillas suenan, cristalinamente, vivamente alegres, rodando contra las paredes de las tazas. El azucarero gira, va y viene, brillante bajo la gran lámpara de lágrimas y faldillas de seda verde. Doña Lola aprieta la perilla del timbre, disimulada entre unos lazos del fleco, mientras, colgados los ojos de la lámpara, recuerda, soñadoramente, una alelada sonrisa bajo la mirada húmeda:

— ¡ Esta lámpara, que nos tocó en una rifa, en la verbena de San Antonio, cuando estábamos recién casados! ¡Tenía más buen humor!

La criada acude al reclamo del timbre. Asoma la cara por la puerta entreabierta y se adivina que está buscando un camino para acercarse a la mesa, Doña Lola, alisándose la pechera:

— ¡ Más tazas, Petra ! ¡ Recoge estas cucharillas, Petra ! ¡ Petra, trae una copa de coñac a los caballeros! ¡Petra! ¡Avívate, Petra!

Petra por fin se decide a entrar. Los grandes ojos almendrados se le duermen, abiertos, en la cara redonda, inexpresiva, de boca ancha y grandes pómulos, un asombro inclemente manándole de las cejas alzadas. Petra cojea aparatosamente, la pierna derecha a rastras. Cuando se aleja con los servicios en la bandeja, doña Lola irrumpe, un agrio remango en el gesto y en la voz.

— ¡Hay que buscarlas como ésta! Bueno, mi Nica, aún caliente... ¡Miedo me daría que una chica agraciada pasase por delante de la caja. ¡ Se levantaría!

— ¡Doña Lola, hay que olvidar esas flaquezas! ¡Liviandades disculpables! ¡ Precisamente ahora, cuando...

— Calle, don Arcadio, calle. ¡ Si me lo conocería yo ! ¡ Quince años casados! A criada por mes, ¡eche la cuenta! Menudo, menudo era ése!

La señora de los Ríos cree haber oído algo: le pregunta a su marido:

— ¿Por qué dice que se quedó coja la Petrilla?

— ¡Por nada!

— De nada no se pudo quedar coja, vamos, digo yo. ¿Qué decía usted, doña Lola?

— ¡No hablábamos de eso! — grita doña Lola, el busto avanzado hasta el centro de la camilla, donde Josefina acaba de colocar un cacharrito desconchado con unas flores de trapo. — ¡Hablaba de mi marido!

— ¡Ya decía yo que no se iba a quedar coja así como así! ¿Lo ves, Pepe, lo ves?

— ¡Bueno!

— ¡Eh?

— ¡Que bueno !

— ¡Ya, ya! ¡ No sé qué sacas con llevarme siempre la contraria!

Llaman a la puerta. Tintinea el timbre por el fondo del pasillo. Todos se callan, expectantes. Tic-tac de un despertador sin cristal, apoyado sobre el mármol del aparador de dos pisos. En el silencio, se pasea regaladamente el pie inútil de la Petra, arrastrándose por el pasillo adentro. Doña Lola, comienza un nuevo llanto.

— ¿Quién será? Algún amigo, algún compañero. ¡Le querían todos tanto ! .. .

Es un telegrama. Al ver que no viene nadie, doña Lola se calma. Nuevo silencio rotundo invade la habitación. El tic-tac del reloj, los suspiros acompasados de doña Lola, perseguidos por los de Josefina y Carmen, se elevan agigantados, asustadizos. Angelita observa a don José, el mercero, que da cabezadas, el cigarro medio consumido, agujereado, maloliente, entre los labios. De vez en cuando chupotea el resto de la colilla, apagada, un ruido de babas en la boca y un silbido de bronquios sucios al respirar. Sobre el aparador, un Niño Jesús de Praga dentro de un fanal, el cetro caído, tiene la corona volcada como visera sobre las cejas. Cuando trepida la casa al paso de los tranvías, la corona golpea contra el cristal con dulce tintineo. Angelita le da un codazo a su padre, señala al mercero, ya con babas en la solapa y la corbata de vistoso duelo, y dice bajito:

— ¡Fíjate, papá! ¡Qué asco!

— ¡ Cállate ! ¡ Que ya me estás calentando!

El paso de una moto impide que los demás oigan la ira de don Trifón, dicha, además entre dientes. Doña Lola vuelve a suspirar. Se escucha el trajín de Petra en la cocina fregando las tazas, y el ruido de un grifo mal cerrado. Alguien llama en la calle al sereno dando las palmadas oportunas. Remedios comenta sosteniéndose la mandíbula :

— No será aquí, porque esta noche habrán dejado el portal abierto, ¿no?

— ¡Está previsto!

— ¡ Claro !

— ¡Natural! Pueden venir los amigos, y los parientes.

Doña Lola vuelve a hipar a grandes chillidos:

— ¡Qué buenos son todos ustedes! ¡Ya no me siento tan sola!

— ¡Mujer, nosotros... !

Remedios vuelve, repentinamente inspirada, a la carga. La pintura de la cara se le descascarilla y cae en gruesa caspa sobre el echarpe de lana:

— Y a usted, doña Lola, ¿le queda buena pensión? Yo, gracias a Dios, no me puedo quejar. Pedro, mi difunto, que era militar...

— ¡ Remedios, ni me acongoje! ¡ Nada podrá sustituirle!

— ¡Lleva razón nuestra querida vecina, Remedios! — interviene don Arcadio—. Juzgo que no es ocasión de hablar de ciertas cosas. Sin embargo, y ya que salió la ocasión, yo estoy dispuesto a ir en persona con usted a todas las oficinas que haga falta para arreglar su situación, doña Lola...

— ¡Estoy dispuesto a lo mismo ! — añade el mercero—. ¡ Firmaré lo que haga falta!

— En mi negociado.. — insinúa don Trifón, condescendiente.

— ¡Estos gobiernos no tienen corazón — interviene Carmen — ¡Las pobrecitas viudas, Virgen de la Esperanza! ¡Y tendrá que comprar un dineral de pólizas!

— ¡Oiga, oiga! ¡Que se pasan de rosca —se pica don Trifón —. ¡El Estado providente tiene dispuesto todo! ¡Hay Sindicatos y Montepíos y Cajas de Pensiones y Jubilados, todo en la sede central del Ministerio, de once a una! ¡ Al Estado no se le escapa nada! ¡En mi Negociado! .. .

— ¡El Estado, el Estado ! ¡ Siempre el Estado ! ¡Pólizas y más pólizas, y luego cuarenta duros! ¡Y a realquilar habitaciones! ¡Nos ha amolao! — grita Josefina—.

— ¡Calma, calma! ¡Señoras mías, si me permiten.. .

Nadie escucha a don Arcadio, que habla gesticulando. Doña Berta asiente, mirada cómplice a derecha e izquierda. Petra se asoma a la puerta, indagando:

— ¿Llamaba la señora?

La voz de Remedios se va imponiendo en el guirigay de mujeres:

— Pues yo sí que creo que se debe hablar de ciertas cosas. Lola debe saber lo que la espera. Por lo pronto, tres meses sin una perra. Y, eso sí, muchas visitas del habilitado, y partidas, y papeles, y propinas. ¡Y no cuento los transportes! Bueno, a lo mejor don Nicanor tenía seguro. Un seguro es muy rápido, y viene muy bien: El tinte, el entierro, los curas... ¿No tenía seguro don Nica, Lola?

— ¡Y yo qué sé! ¡Tenía una viña en Astorga!

— ¿Propiedades? ¡Oh, la lá! Esto cambia — interviene don Arcadio—. Mi querido Nicanor, tan serio, tan previsor, tan sensato, mi pobre amigo... Es indudable que habrá hecho testamento ¿No es así, Lola?

— Pues, no; ¡no ha hecho! ¡Todo fue tan rápido y tan inesperado!

Lola reanuda sus llantos y sus gritos. Josefina y Carmen fingen también unas lágrimas y acuden consoladoras:

— ¡ Por Dios, Lola! ¡no vayas a pensar mal de los sobrinos!

— ¡Ah, eso sí que no! ¡Son muy buenos! ¡Todas las Navidades nos mandaban una caja de mantecadas! ¡Y un almanaque de propaganda!

— ¡Generosos!

— ¡ Agradecidos que estarían !

— Bueno, es que Nicanor los mimaba mucho. Siempre que iba a pasar unos días les llevaba un buen recuerdo de Madrid. La última vez les llevó una cuchilla nueva para cortar el bacalao en la tienda. — Ah, ¿tienen tienda? Seguro que no la desampararán ahora. En el peor de los casos. ¡de cajera! Una tienda de pueblo, donde se vende de todo: postales, alpargatas, jamones, libros usados, documentos antiguos, joyas y aperos de labranza...

Angelita, apartándose de la mesa y cruzando las piernas provocativamente, dice, la mirada perdida:

— ¡Estará en la Plaza, frente al Ayuntamiento!

— ¡Venderán encajes y cintas de colores! ¡Y la Lotería Nacional!, — monologa don Arcadio.

— Y se oirá la Banda Municipal desde los balcones, los domingos y días de guardar! ... — prosigue Angelita.

— ¡Tocarán el Sitio de Zaragoza!

— ¡Y el vals de La Viuda Alegre!

— ¡Carmen, por Dios, qué dices! ¡Respeta mi pena! — porfía compungida doña Lola.

— ¡Mujer, yo...

— ¡Una tienda en Astorga!, — sigue don Arcadio, paseando la mirada por la habitación. — ¡La felicidad completa! ¡Sin Gobernador Civil y con Obispo ! ¡Ahí es nada! ¡ La ponen a usted en casa !

Remedios escarba el brasero. El Niño Jesús de Praga avisa el paso de un nuevo tranvía, repiqueteando con la corona en el vidrio del fanal. Angelita acerca un cenicero al señor De los Ríos, quien, como si lo hubiese estado esperando, deja en él, con indecible mimo, la negra colilla. Don Arcadio se levanta y va al mirador:

— ¡Ha escampado!

Todos dicen: ¡Menos mal!; ¡Ya era hora!; ¡Ojalá dure mucho!; ¡Nos íbamos a volver ranas!

Doña Lola sonríe y grita:

— ¡Petra! ¡Petrilla! ¿Dónde se habrá metido?

Al poquito, se oye el cojear de la criada. Asoma la cara medio dormida, cayéndole una trenza por el hombro:

— ¿Llamaba la señora?

—Trae una copita para los señores. ¡Mira a ver si el señor necesita algo ! ¡ Apaga las velas !

— ¡Al momento! El señor ni se ha movido. ¡No hay cuidado!

— ¡Qué noche tan larga! ¡ Un hombre tan entero !

Doña Berta, callada siempre, mira a un lado y a otro:

— ¡Ya, ya! Oye, Pepe, ¿ha dicho doña Lola si va a alquilar la salita?

— ¡No, no ha dicho nada de eso!

— ¡No te olvides de que la quiere Pablito, el del Metro, el ahijado de tu hermana Rosalía!

— ¡Que no alquila!

— Pues, eso, para Pablito. ¿No te acuerdas que pensamos en ello en cuanto...

El mercero conmina a su señora al silencio con un eficaz pisotón. La mercera adivina que el quid no andaba por allí. Disimula.

—¿Ya no llueve? ¡Habrá buen día para el entierro! ¡Se podrá tomar alguna cosilla al regreso, en Las Ventas! ¡ Estarán saliendo de los toros! Nos podremos sentar en una terraza de Manuel Becerra, a ver la gente. Oye, Pepe, ¿mañana habrá toros? ¿Habrá que esperar mucho después del entierro?

Llega Petra con las copas y unas botellas de coñac y de anís. Las deposita en la mesa, sobre unos mantelitos con puntillas desflecadas. Acarrea una jarra con agua del aparador y coloca el centro de flores artificiales en un velador arrinconado, junto a una radio alta, deslucida. Al arreglar el velador, un montón de esquelas allí depositado se cae, negro revuelo, hasta el suelo. Doña Berta, trágica, exclama:

— ¡Habrá sido él! Dicen que los muertos andan desesperados por su propia casa unos pocos días después de la muerte, hasta que se convencen de que nadie los ve! Y dicen que en esos días hacen cosas así, tirar los cuadros, abrir los grifos, apagar las luces! ¡Dios mío, qué temblor tengo!

Un pasmo colectivo se detiene en doña Berta. La mercera enmudece de pronto y comienza, los ojos cerrados, a bisbisear:

— ¡Animas benditas... !

Doña Lola, inspirada, los ojos brillantes:

— ¡Ahora caigo en que las esquelas tenían una equivocación! ¡Le habían puesto un año demás!

Petra acaba de recoger y ordenar las esquelas. Los dedos se le han quedado enlutados. Doña Lola, ya más tranquila, pregunta.

— ¿ Apagaste las velas al señorito?

— Sí, señora.

— ¡Es tan cara la cera! Y en la funeraria la cobran aparte.

— ¡ Gente sin entrañas!

— ¡ Fariseos, judíos que se aprovechan de la desgracia de los humildes!

Don Arcadio comienza a servirse coñac. La conversación se anima a saltos. Petra ha dejado abierta la puerta del cuarto donde el cadáver de don Nicanor, envuelto en un sudario, sigue tieso, a pesar de su aire de vivo. A los pies, una corona de flores de plástico entristece aún más la desolación del cuarto. A la cabecera, detrás del Cristo repintado de la funeraria, un cromo con la Santísima Trinidad, la Paloma con las alas cubiertas de escamitas brillantes. Un cable de la luz con una pera en el extremo, se sostiene atravesado por toda la pared, sobre un clavo torcido, mohoso. El cable y la mancha clara de los baldosines gritan que allí había una cama, quitada para instalar la capilla ardiente. Olor de humedad, goteras en el alféizar, una sombra de vaho en el cristal roto, jaleo de un borracho que canta en la calle, repitiendo obscenidades, el taconeo fuerte de un trasnochador que se frota las manos, tose, escupe, gasta una broma al sereno. De vez en cuando el "Vaaa" largo, intenso, de éste, y el golpeteo del chuzo en el bordillo de la acera. Desamparo de la noche crecida, largamente vaciándose.

— Es la hora de la vuelta de los cines —, suspira doña Remedios, saliendo a la capilla y asomándose a la ventana. — ¡Fíjense, ahora los matrimonios salen juntos de noche! ¡En mi tiempo... !

— Han cambiado mucho los métodos de la educación, — explica don Trifón, que acaba de despertar a Angelita, sacudiéndola al levantarse, a la vez que le dice bajito:

— ¡Bájate esas faldas, chica!

—¡Ni que lo diga! A mí, mis padres me enseñaron una cosa necesaría y dos de adorno: Corte y confección como útil (Tenía una maestra diplomada en París, no se vayan a creer; vivía en la calle de Bordadores). Nadie sabe qué puede pasar, ¿no verdad? Hay que estar prevenido por si hay que arrimar el hombro. Y dos de adorno: piano y equitación.

Josefina, Carmen, Angelita acuden boquiabiertas al lado de doña Remedios, que, apoyada en la ventana con el codo, mientras la mano sostiene, disimuladamente, la mandíbula inferior, cada vez más desobediente, habla arrobada. Lola se acerca también y enciende los hachones de don Nicanor sin perder baza:

— ¿Equitación?

— ¿Montar a caballo?

— ¿De carreras?

— ¡ Como en las novelas inglesas!

La señora De los Ríos adivina que algo interesante se dice junto a la ventana. Acude rápidamente:

— ¿Alquila? ¿Alquila? ¿Podré decirle a Pablito.. .

Ninguna le hace caso. Desairada, se vuelve y observa el cadáver:

— ¡Lo mismito que en vida! ¡Tan serio, tan galán!

Y volviéndose, brusca, a doña Lola:

— ¿Le ha arrimado usted un espejo a la boca? Así se sabe si de verdad no respira. No se fíe: ¡entierran a mucha gente viva!

Doña Lola vacila:

— ¡No quiera Dios!

Pero vuelve a Remedios, que cuenta y cuenta entusiasmada sin mirar a nadie, acezante:

— Mi papá era militar, y aprendí a montar con los caballos del Regimiento. Después, mi marido fue también militar, y también seguí montando. ¡ Es maravilloso !

— ¡Pero, eso dará mucho trabajo, y habrá que entender de caballos!

— ¡ Ah! Yo tuve siempre un asistente catalán.

— ¿Eh?

— Sí; mi marido era catalán, y mi suegra no sabía el español, y para que no se aburriese le buscábamos siempre un asistente de por allá. Hablaba con ella y limpiaba los caballos.

— i Toma ! ¡ Así cualquiera!

— ¡Siempre tuve caballos! Luego, mi hijo también fue militar, y, claro, seguí...

— Ah, pero ¿usted tiene un hijo militar?.

Doña Berta pregunta acercándose, la mano en el oído:

— ¿Que doña Remedios alquila?

Remedios explica, desdeñosa, sonriente, una ligera sombra en la mirada:

— Ya no lo es. Teniente, teniente coronel era. Y de los que saben idiomas. Estaba en el Estado Mayor, no le digo más. Pero lo echaron. ¡ Esas cosas de la guerra, de las depuraciones, de los cargos que otros quieren! ¡A ver! Le tocó aquí y ya se sabe: ¡ De patitas a la calle!

Don Arcadio, una copita de coñac en la mano, ligero tambaleo:

— ¡No hay justicia en el mundo, Remedios! Pero, dígame, ¿su hijo?...

— Mi hijo sigue mandando, ¿qué se creen ustedes? Dotes son dotes. Dirige la sala de empaquetamiento de un laboratorio, al final de Mataderos. ¡Doscientas mujeres! A una sola voz, ¡a tapar frasquitos se ha dicho! ¡Mi hijo, mi hijo que ha mandado un Tabor de Regulares!

— ¡El mundo da muchas vueltas, señora!

Por el fondo de la habitación pasa Petra, que se lleva las botellas. Don Arcadio la ve y se precipita a quitarle el coñac. Se sirve en su copa, y, llena, la levanta al techo, teatral:

— ¡Esto resucita a un muerto!

Doña Lola se le queda mirando. Se yergue un silencio sin huecos. A doña Lola le tiembla el bigotillo, una confusa mueca le recorre la boca y las mejillas, al borde de las lágrimas o del arrechucho. Don Arcadio lo compone como puede:

— ¡Es un decir, señora! Estaba usted contando, Remedios...

— Decía que mi hijo saca adelante a su gente, lo que, en estos tiempos, ya está bien. ¿Verdad, usted? Tiene a sus chicos, los tres, ya estudiando. ¡Y hay que ver lo que han subido las matrículas!

— Nunca había visto a sus nietos, doña Remedios, —se asombra Lola.

—No me gusta que vengan a casa. Alguna vez, ¡claro! Pero ponen todo imposible! ¡Son listísimos! El pequeño hace unos problemas que ya, ya.

Fíjese, el otro día le pusieron no sé qué de unos autos. De Madrid a Salamanca, tantas horas. Si tarda una más, ¿ dónde estará la avería? Y acertó. ¡Al salir del puente de Ávila! Pues ya ve: al otro día, el periódico dijo que se había hundido ese puente. ¡ Es un talento ese chico !

Un arrullo de exclamaciones pone su orla de asombro a las últimas palabras de doña Remedios:

— ¡ Qué barbaridad!

— Admirable !

— ¡Es estupenda esa criatura!

— ¡ Le darán un premio !

— ¡Un segundo Balmes!

Doña Remedios se crece ante el halago y la admiración:

— ¡Hombre, que si es estupendo! ¿Y la Geografía? Ya se la sabe toda, toda, toda. ¡ Fenómeno!

Doña Remedios, al borde del éxtasis por el ausente nieto, quita, para gesticular, la mano de la barbilla. La dentadura postiza, libre de aquella dictadura, cae al suelo, en medio del corro. Remedios se agacha rapidísima.

— ¡ Ustedes perdonen !

Y, confusa, irrumpe hacia la salita, a través del grupo. Ofuscada, envolviendo en un pañuelo los dientes, tira, al pasar, un hachero de los pies del féretro; la vela cae con ronco estrépito encima de las flores artificiales: una gran llamarada se levanta de la corona, súbitamente retorcida, derritiéndose. El resplandor arranca un agudo griterío alarmado en todas las mujeres. Doña Lola domina todo el alboroto con enormes alaridos a la vez que acude a reparar el desbarajuste. Angelita sufre un ataque de nervios y patalea, caída en una butaca, las faldas por la mitad del muslo:

— ¡ Qué susto, Virgencita de la Paloma, qué susto!

Su padre se acerca y con disimulo, volviéndose de espaldas a los demás, le da un puñetazo en un ojo:

— ¡ Cállate, coño ! ¡ Esas faldas !

La peluquera llora, esta vez en serio, por el dolor del golpe. Doña Lola contempla la chamusquina de la corona, con seriedad de figura alegórica de la Historia Nacional. Aún se puede leer en la cinta de seda negra, con letras de frágil purpurina: "Tu esposa no te olvida". Angelita, postrada en la butaca, deja escapar de vez en cuando gruñiditos y se lamenta:

— ¡Ay, ay! ¡Qué dolor!

Doña Remedios se ha sentado frente al brasero y está callada, los ojos cerrados, esperando que pase el temporal, las manos cruzadas, la dentadura en la faltriquera. Don Arcadio bebe anís que trae de la cocina:

— ¡ Esto calma los nervios! ¡No ha pasado nada!

Doña Berta, la mercera, se acerca sonriendo como siempre:

— ¿Me llamabas, Pepe?

Carmen se arrima a Josefina:

— ¿No ves cómo llora la peluquera? ¿No te parece raro tanto jipío? ¡Lagrimas de cocodrilo! ¡Para mí, que aquí hay gato encerrado! ¡No se llora así por un vecino! ¿Eh?

— ¡Natural! ¡Ya decía yo! ¿Tú crees que Nicanor y ésta... ? Vamos, digo... ¡Esta Lola nunca sabe de la misa la media!

Todos acuden de nuevo a la salita. Doña Remedios finge que duerme, la barbilla hundida en el pecho, el echarpe sobre la cabeza. Humo de cigarrillos, olor a cerrado, a fruta pasada. Silencio. Conversaciones simuladoras, susurradas, Remedios abre alternativamente los ojos y observa a los circunstantes. Son las dos de la mañana. Llaman a la puerta. Son los Aguirre, matrimonio cuarentón, los dos pelirrojos. Ella está fuera de cuenta. Seguramente otra cabecita de zanahoria como los siete que ya hay en casa (Entresuelo derecha). Doña Lola, al verlos entrar, agita su pañuelito y reinicia los lloros, en alto:

— ¡ Qué solita me quedo !

Angelita cabecea. Se dirige a su padre:

— Papá, vámonos a dormir. Ahora que la aguanten éstos.

El matrimonio Aguirre no recata su desdén por los reunidos. Miran de costadillo, con la cabeza erguida, ignorando a todo el mundo. El mismo gesto con que él dice: "Soy gerente de una importante fábrica de muebles". 0 ella: "Hay que repintar el cuatrocuatro, Federico". Ahora se inclinan ante doña Lola:

— Señora, sentimos mucho su desgracia.

— ¡ Venimos un instante ! ¡ En mis circunstancias...

— ¡Se agradece!

— ¡Ya se ve, ya! ¡ Doble agradecimiento !

— Hemos dicho: Vamos a ver un instante a la vecina. ¡La pobre se sentirá tan sola!

Don Arcadio quebranta la conversación. Le parece excesivo.

— ¡Muy bien, señores! Pero, para eso estamos aquí nosotros, viejos y buenos amigos del difunto. ¿No es así, Lola?

— ¡ Claro, claro !

El corro se ensancha para que los Aguirre se sienten. Don Trifón se acerca, obsequioso :

— ¿Una taza de café?

— No, muchas gracias. Hemos tomado al salir del cine.

Josefina y Carmen hacen un aparte:

— ¡Desvergonzados! ¡Han ido al cine! ¡Y con esa barriga! ¿Pero te das cuenta?

— ¡ Qué me vas a contar, hija!

Doris Remedios observa de reojo. Petra se asoma a la puerta:

— El sereno, que si abre a los que vengan; que va a cerrar; que si quiere algo la viuda; que si sube si le dan algo; que si se puede ir a dormir a la taberna del Zurdo; que.. .

— ¡ Chica, dale recuerdos! — dice enojado don José.

La mercera se acerca a su marido:

— ¿También quieren alquilar? ¡No te olvides de Pablito!

El señor Aguirre saca unos pitillos rubios, y ofrece, empezando por las señoras. Nadie acepta. La señora Aguirre, grandes pulseras sonantes, enciende uno. Remedios mira disimuladamente. Las demás comentan en voz baja:

— Los cigarros son muy buenos para el alumbramiento. ¡ Favorecen la relajación muscular!

— ¡Qué tía!

— ¡Gente moderna!

— ¡Qué horror!

La mercera, retirándose.

— ¿Dicen algo de alquilar?

El señor Aguirre pregunta a Angelita a bocajarro:

— Usted, señorita, ¿no fuma?

Angelita enrojece y mira a su padre. Don Trifón está a punto de reventar: el cuello se le dilata, los ojos fulminan a Angelita.

— Yo... pues... Yo, no. Bueno, digo... No, no fumo.

— Ahora, una chica de su edad debe fumar. Todas las mujeres fuman.

— ¡Mi hija no fuma, caballero! — exclama dignísimo don Trifón.

— Usted dispense, pero. . .

— Pero, hombre, don Trifón — tartamudea doña Remedios, desconocida sin la dentadura. ¡Si el fumar es muy sano! Ya ve usted, yo también fumo algunas veces.

—¿Usted?

— Yo, sí. Algunas mañanas, cuando voy a un sitio y no puedo hacer nada... ¿Me entiende? Pues entonces, un cigarrillo y tan campante. Ya ve usted lo que son las cosas. Como una seda. ¡ Alguna relación habrá!

Petra trae de nuevo café. Lola sirve con grandes suspiros. Llama a su lado a la criada y le susurra al oído:

—¡ Enciéndele las velas al señorito ! ¡ Estas gentes van a creer que no tenemos dónde caernos!

Se oye a Petra hablando sola, alto y deshilvanadamente, rascar las cerillas en el cuarto de al lado. Lola se tranquiliza al suponer encendidos los hacheros.

Se dirige a los señores Aguirre:

— ¿Quieren ustedes verle? ¡Como dormidito está!

Los Aguirre se levantan, detrás de doña Lola. De repente don Arcadio los detiene, cuando ya están llegando a la puerta:

— ¡No! ¡No pasen ahí!

Macizo silencio. La habitación se llena con el gorgotear del grifo lejano, con el chisporroteo de los cirios. Doña Lola está con la boca abierta, mirando a don Arcadio, quien, brazo en alto, sigue, fulminador y prohibitivo, rígido en el centro de la salita. Angelita dice a su padre:

— ¡La agarró! ¡Cuándo no es Pascua!

Don Trifón dice al mercero:

— ¡ Parece Cristóbal Colón !

Los Aguirre parecen desorientados. Por la puerta entreabierta, el perfil de don Nicanor bailotea entre las sombras de las llamas:

— ¡ No, no entren ! ¡ Especialmente usted, señora ! ¡ Estarnos ya hartos de saber casos desdichados! ¡ Un cadáver es un espectáculo atroz para una mujer en estado! ¡Hay quien trajo monstruos de dos cabezas! ¡Piense en su hijo! ¡No sería nada raro una reencarnación! ¡No entre, señora! ¡Medítelo antes bien! En una aldea de Carrara, lo recuerdo como si fuera ayer, una parturienta fue encontrada en el lugar del cadáver, al ir a enterrarlo. ¡ El muerto había desaparecido! ¡Como si lo estuviera viendo!

Angelita se cruza de piernas, da una chupadita a escondidas al cigarro que ha dejado en el cenicero el señor Aguirre, y dice a su padre:

— ¡ La ha cogido bien !

— A ti te voy a volver yo pelirroja de un mamporro! — dice falsamente cariñoso don Trifón.

— ¡Venga, hombre; cálmale y déjenos a los demás en paz!

— ¡Niña, que me estás calentando!

— ¡La que le digo!

Don Trifón da una patada a Angelita, por debajo de la mesa. La chica rompe en lamentos y lloros. Los Aguirre sonríen estúpidamente azorados, y pasan a la habitación del muerto, ya como despidiéndose. Doña Lola arrecia en los gritos. Todos acuden amontonándose a su alrededor.

— ¡No quiero presagiar una desgracia! ¡Cumplí con mi deber avisando! — repite don Arcadio, quien, solo en la salita, se echa al cuerpo un nuevo coñac.

Nervios, gritería, palabras, gestos, Petra va, Petra viene. La mercera, la mano en la oreja, pregunta a todos y nadie le contesta. Los Aguirre, sofocados, temblorosos, se dirigen a la salida. Al abrir la puerta, se oye remontar por el hueco de la escalera el canto del sereno, aguardentoso, tartaja:

Eu queríame casare...

Portazo. Al golpe, parpadean las bombillas. Doña Lola, recuperada, llama a Petra, que anda casi sonámbula:

— ¡ Trae más café! ¡ Apaga las velas!

Nuevo agruparse junto a la camilla. Doña Remedios, entre tanto, se ha vuelto a poner la dentadura, después de haberla lavado a hurtadillas, volcándole agua sobre un tiesto, en el mirador. Aún flota en el aire el perfume de la albahaca removida.

— ¡ Echa una firma, Josefina ! ¡ Se nota la madrugada !

Carmen secretea con Josefina:

— ¡La peluquera sigue muy afligida! ¡Vaya con la mosquita muerta!

¡ Ya no me cabe la menor duda!

Vuelve a llover. Se oye el susurro del agua en los cristales, en las planchas de zinc del patio. El canturreo del sereno, medio borracho. Doña Lola comienza a dormirse, arrullada por los recuerdos, quince años casada, aquellas fotos que se hacían en las verbenas, donde sale solamente la cabeza, si no hubiera sido por aquello del cobrador de la luz, los sobrinos son unos mierdas, que vendrán a llevarse lo que puedan, estarán aquí en cuanto amanezca, son capaces de tener auto, se lo habrán comprado a fuerza de robar en los arenques, porque venden arenques, qué van a vender esas cosas tan bonitas que dice don Arcadio, ya, ya, buenos son esos, este Nica tan bobalicón siempre, bien podía haber hecho testamento, cuarenta duros de pensión, a ver si resulta que tengo que cederle una habitación a ese Pablito de la mercera... Todos se duermen poco a poco, ruidos nacientes de la calle, el despertar del Niño Jesús de Praga al primer tranvía, el coche de los bomberos lejos, irán a vaciar algún sótano inundado, lo que es como no pare de llover no volvemos ninguno del cementerio, los carromatos de la basura calle arriba, cascabeles al cuello de los borriquillos hambrientos, campanadas de la parroquia, ya estará el sacristán soñando con la propina, buen día si antes tiene una boda, los curas se van a poner como una sopa, y esta Remedios se va a tragar la dentadura cualquier día, vivir para ver, a esta hora siempre Nicanor tosía y paraba el despertador, quince años, Dios mío... Lentamente, lentamente, una sombra gris se asoma detrás de los tiestos, mientras Lola intenta suponerse el portal, media puerta cerrada por el duelo, una mesita llena de papeles con firmas, habrá que contestar a todas, si habrán robado la escribanía de plata que el pobre Nicanor tenía en su despacho.. .

****

Cuando hacia las seis de la mañana viene el empleado de la funeraria a poner unas pastillas contra el mal olor, y a ver si se le ha levantado el vientre al cadáver, y a cambiar los hachones gastados, Petra le abre, medio dormida y en chancletas, bostezando, la trenza deshecha sobre los hombros, abrochándose apresuradamente el corpiño. En la salita todos duermen, echados sobre la mesa, caídas las tazas. Angelita, despatarrada en el sofá, enseña del todo los muslos, y ronca con sosegada placidez. En la capilla ardiente, don Arcadio duerme muy tranquilo dentro del féretro, el gato hecho un ovillito a sus pies. Al lado, en el suelo, boca abajo, muy tieso, don Nicanor, con los candelabros muy colocaditos, don Nicanor, que se murió sin seguros, sin Montepío, sin hacer testamento. Cuidadosamente puestos sobre la silla del rincón, el rosario de Chuchita, la sobrina que se metió en las Salesas, y la botella de coñac, vacía, comparten su mutua soledad. Afuera sigue lloviendo, infatigablemente lloviendo, y los tranvías se ven precisados a arrojar arena sobre los raíles, en la cuesta abajo, por donde el día sube, descansadamente amaneciendo.

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