Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Noel Clarasó: Más allá de la muerte

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Es muy difícil saber lo que somos, pero el problema no se acaba aquí; hay lo que hemos sido antes y lo que seremos después.
El dueño del hotel, un hombre alto, de aire despectivo e indiferente, acababa de explicar el caso a algunos hombres de los que acuden a beber. El hotel tiene también café y taberna.
Se trata de dos recién casados que llegaron hace algunos días. Él aseguró que conocía las montañas de otra vez que estuvo en Salardú. Pero el dueño del hotel no le recuerda. Dijo que quería subir al Beciberri y ayer por la noche pidió que le prepararan la comida. La mujer dice que ha salido solo, de madrugada, y que le ha prometido que antes de la siete de la tarde estaría de vuelta. Y ya son las diez de la noche...
Los hombres consultan sus grandes relojes de bolsillo. Uno tiene las diez menos cuarto, otro las diez y cinco, otro las diez menos siete. Cada uno defiende su hora y su reloj, pero para el caso da lo mismo. Uno de ellos pregunta:
-¿Al Beciberri?
Son lentos y no comprenden bien el sentido de las cosas hasta la tercera vez que las oyen.
-Sí.
-Pues ya debería estar de regreso.
Otro, que es un poco cazador, saca la cuenta del tiempo:
-Siete horas para subir y cinco para bajar, son doce. Si ha salido a la madrugada tiene tiempo de sobra.
Un viejo que ya es incapaz de arriesgarse por las pendientes abruptas, pregunta:
—¿Conoce el terreno?
—Él dijo que sí.
De ella sólo saben que se llama Eulalia y que está de pie, en el comedor, junto a la ventana, y mira incesantemente hacia las cumbres. Pero la noche ha cerrado ya y no se ve nada. Ella no deja de mirar, con los ojos quietos. Tiene la forma -el paisaje por donde él ha de venir marcado en los ojos.
Los otros huéspedes no se atreven a acercarse a ella. No la conocen. La han visto allí tres días pero ninguno le ha hablado. Ellos no tomaban parte en la conversación general. Ella pregunta siempre, como un tic, casi sin desviar los ayos de la oscuridad:
-¿Qué hora es?
Lo ha empezado a preguntar a las ocho y le han dicho que son las ocho, que son las nueve, y ahora ya nadie se atreve a decirle que son las diez. Ella pregunta sin dirigirse a nadie:
-¿A qué hora podía estar de vuelta?
"Nadié le contesta. Algunos no lo saben y los que lo saben no lo quieren decir, hombres ya hablan de hacer algo. Pero todos tienen pereza. Ninguno se ide. El dueño del hotel manda un chiquillo a Artíes a buscar al guía, por si acaso. Allí hay un guía. En Salardú, no.
Todos los huéspedes han cenado ya pero no se atreven a acostarse. Ella no ha comido ni se ha sentado a la mesa. La dueña del hotel le ha rogado dos o tres veces que tomara alguna cosa y ella ha dicho siempre que quería esperar a su marido. A las diez y media la dueña se le acerca y ya no le dice que coma sino que se acueste. Pero ella la mira con insolencia, como si la hubiese insultado.
—¿Qué hora es? —le pregunta.
—Las diez y media.
—¿A qué hora podía estar aquí?
—No lo sé. No puede tardar.
—Le esperaré.
—Quizá se ha extraviado y se ha quedado a pasar la noche en la montaña.
Eulalia clava sus ojos duros en la dueña del hotel y le pregunta:
—¿Por qué no van a buscarlo?

—Irán más tarde, dicen. Ya han mandado a por el guía.
El tiempo pasa implacable. Cada minuto pesa en el corazón de Eulalia. A las ocho, cuando ya estaba muy impaciente, ha decidido esperar hasta las ocho y media. A las ocho y media ha decidido esperar hasta las nueve. Y así ha ido cortando el tiempo en busca de límites a los que se ha ceñido su corazón para no romperse a pedazos. Pero desde las once ya no puede esperar más. El tiempo la ha vencido. Ya sólo quiere ver en el camino oscuro la imagen del hombre ido. Apenas se ve el camino en la oscuridad de la noche, y ella tiene los ojos abiertos y fijos, y escudriña en las tinieblas sin sombras. Al fin se sienta junto a los cristales de la ventana del comedor y se tapa la boca con un pañuelo para que no la oigan gemir. La dueña del hotel ha intentado convencerla varias veces que se acueste y nada ha conseguido.
A las doce llega el guía de Artíes. Es un hombre enjuto y fuerte, de pocas palabras. Propone esperar un poco y salir a las dos. Antes es inútil pues en la noche perderán el tiempo. Organiza la expedición entretanto. Todos tienen pereza. No son aficionados a la montaña. La conocen porque un día u otro han tenido que ir, pues su vida depende en parte de la montaña. Pero no la aman, no la sienten. Sin embargo, todos se ofrecen uno después de otro. El primero lo el más joven. Y también se ofrecen dos forasteros. El guía escoge los que parecen más fuertes y reúne a seis hombres. Dice que ya le basta.
Las mujeres se ocupan de Eulalia. La dueña del hotel no ha podido convencerla pero ya son cuatro o cinco a su alrededor y todas insisten en que se retire a su habitación. Ella cede al fin, porque desde la habitación también se ve el camino o la oscuridad de la noche alrededor del camino. Ella se queda de pie junto a los cristales, fijos los ojos abiertos en la noche. Toda su vida depende de una forma concreta que podría condensarse enla negrura. Se ha negado a acostarse y a tomar nada. No podría hacerlo. Tiene los ojos secos y ha perdido la voz. Todos la abandonan, al fin. Ya no quiere saber el tiempo que pasa. Pero no pierde la esperanza. Él le dijo que volvería y volverá. Quizá no volverá hasta el día. Quizá es cierto que se ha extraviado y está esperando el alba con la angustia en el corazón. Ella lo acepta todo menos la idea de la muerte.
A las dos parte la expedición en silencio. A ella no la advierten. Saben que acecha desde detrás de los cristales y dan un rodeo para que no les vea. No encienden las luces hasta que se han alejado un trecho. El guía va a la cabeza. El dueño del hotel no ha ido con ellos. Todos murmuran por lo bajo. No van a gusto. Uno dice:
—Hizo mal en exponerse si no conocía el sitio.
El guía repite las palabras del dueño del hotel:
—Él dijo que sí.
—¿Cómo era? —pregunta otro.
Y uno de los huéspedes lo describe. Es alto y fuerte y muy joven. Parece capaz de salir, sin ayuda de nadie, de cualquier mal paso. Pero la montaña se hace respetar; todos lo saben y el guía lo dice. Él lo puede decir más que ninguno, pues conoce bien las malas jugadas y las tretas de la montaña.
—No se pueden tomar a la ligera las cosas de la montaña.
Y siguen andando, sin apresurarse, pero seguido, largos los pasos y las cabezas altas. Todos sienten el raro placer de olfatear en la noche.
Ya duermen todos en el hotel, menos ella. Las mujeres se han tumbado en la cama sin desnudarse por si ella las necesita. Ella ha prometido que las llamaría. No se ha movido de como la han dejado. La habitación está oscura, sin luz. Ella lo ha querido así porque así le parece que puede ver mejor en la noche. Está sola y tiene los ojos abiertos, fijos en la montaña negra. No se ven las luces de los expedicionarios. No se ve nada.
De pronto ella siente una presencia a su alrededor. No ha visto nada en el camino y siente la presencia dentro de la habitación, a su espalda. Antes de volver el rostro ya sabe que su corazón no se equivoca. ¡Él está allí! Está allí de pie, en el centro de la habitación, con el saco de montaña y una cuerda al hombro. Está rodeado de una vaga luz fantasmal y ella le puede ver en la oscuridad. Ella no ha podido gritar, no ha podido dar un paso, está petrificada. Y él levanta una mano hacia ella y la llama por su nombre.
-¡Eulalia!
Ella oye la voz querida, inconfundible. Pero no la oye en los oídos sino en el corazón. Sabe que él la ha llamado y no ha oído la voz. Sabe que él está allí y comprende que al mismo tiempo está también en otra parte.
Él la mira con dulzura y ella no tiene miedo, pero no se mueve, ni se echa en los brazos del hombre ni contesta a su voz. El fantasma repite el nombre querido:
-¡Eulalia!
Y ella se da cuenta de que él tiene una mancha de sangre en la frente.
 — ¿Te has caído?
Sabe que acaba de hacer esta pregunta, pero no ha oído su propia voz. Él se pasa una mano por la frente y la mano queda manchada de sangre.
—Sí, me he caído. Quedé colgado por las manos y se ha desprendido la piedra. He caído desde muy alto y he dado de frente contra las rocas.
—¿Te hace daño?
-No; me ha hecho daño al principio, pero ahora ya no me hace daño.
-He dicho que fueran a buscarte.
—Han salido ya. Les he visto subir la montaña. Me encontrarán mañana a pleno día. Pero tú no les digas que me has visto. No te creerían. Ellos y yo ya no estamos en la misma vida.
Ella le mira, le mira y no se atreve a decir nada. No se atreve a decirle el nombre ni a caer en sus brazos. No tiene miedo porque es él, su marido, y no puede tener miedo. Pero a pesar de la presencia querida se va sintiendo infinitamente sola. Él le habla con ternura.
-Eulalia; he venido a despedirme de ti. No podía irme sin verte otra vez. Pero si esperas siempre yo volveré algún día. Sé que podré volver. Espérame siempre, siempre, siempre...
Ella tiene la mano alzada y la boca abierta. Pero no puede mover los pies ni puede gritar. El fantasma se va borrando lentamente, trabajosamente, en un esfuerzo horroroso para quedarse allí. Pierde el contorno preciso. Ya no es más que una forma luminosamente vaga. Ya sólo están los ojos abiertos como dos ventanas al infinito. Y ella, al fin, siente que el corazón se le detiene y se desploma a los pies inexistentes del fantasma.
Las mujeres entran en la habitación a la primera hora de la mañana. Y la encuentran boca abajo, en el suelo, sin conocimiento. La levantan entre todas y la dejan en la cama. Le frotan las muñecas y las sienes. Ella está mucho tiempo con los ojos cerrados y cuando los abre, al fin, no mira a nadie ni ve nada de lo que la rodea. Tiene una visión que le tapa los ojos. Ellas la llaman y no contesta. Una voz lejana y querida le ha robado las palabras.
Intentan consolarla y ella no les escucha. Ya sabe que él ha muerto. Lo ha sabido antes que nadie. El muerto la ha visitado en la noche para decirle adiós. Ella lo sabe, pero sabe también que no lo puede decir a nadie. Y sabe que le ha de esperar siempre, siempre, porque él ha de volver algún día.
La primera cosa que dice cuando vuelve completamente en sí, a pleno día, es una pregunta que sorprende a las mujeres:
—¿Aún no me lo traen?
Los expedicionarios llegan al mediodía. Llevan el cadáver envuelto en una manta. Cuatro hombres lo llevan. Lo han encontrado poco después de amanecer colgado de una roca. Tenía la frente destrozada por los clavos de las botas de montaña. Al caer hizo, se conoce, una rara pirueta.
Ella lo recibe en silencio. Es inútil ocultarle nada porque ya está enterada de todo. No puede llorar ni puede hablar. Todos respetan su dolor mudo. No se atreven a impedir que se acerque al cuerpo de su marido. Ella se acerca sin miedo y le destapa la cara. Pero no ve el rostro destrozado, sino el rostro del fantasma que sólo tiene una mancha de sangre en la frente. Así le recordará siempre, vivo y más hermoso, pero con una mancha de sangre.
Después todo son trámites largos y desagradables. Unos señores desconocidos van a buscar a la viuda y se la llevan en un coche. También se llevan el muerto en otro coche negro. Todo queda como antes en Salardú. Los hombres y las mujeres tienen otra historia que contar para las largas noches de invierno.
Han pasado veinte años. Eulalia tuvo una hija algunos meses después de la muerte de su marido. Y ha vivido siempre consagrada a la niña. Son gente rica y viven en una casa grande, con jardín, en uno de los barrios aristocráticos de Barcelona.
La madre ha conservado siempre vivo el recuerdo del marido que murió tan joven en la montaña y que la visitó de noche para prometerle que volvería. Ella sabe que todo fue una alucinación, pero no ha dejado de creer en la palabra del muerto y le ha esperado siempre. No se lo ha dicho a nadie, ni a su hija. Sabe que nadie puede comprender la razón de aquella esperanza absurda.
La hija ya tiene diecinueve años. Es linda, como lo fue la madre, pero hay en ella siempre una vaga tristeza. Quizá la madre se la ha contagiado. También la tristeza es una enfermedad que se contagia. La hija se ríe un poco de los hombres. Todavía no cree en el amor, a pesar de sus diecinueve años. La madre le ha contado muchas veces la historia de la muerte del padre y ella piensa que los hombres que la galantean no son como había sido su padre, a quien nunca ha conocido.
Es una historia que le ha gustado siempre. La supo cuando ya era mayor. La madre no se la quiso contar, durante la niñez, para no asustarla. Pero un día se la contó y la hija se la hace repetir muchas veces. Es una historia que le gusta. No ha estado nunca en Salardú y algunas veces dice a su madre:
-Llévame un día allí.
—Yo no quiero ir.
-¿Me dejarías ir sin ti?
—Si otros te acompañan, sí.
A la madre no le gusta separarse de su hija, pero cree que este deseo de la hija de conocer Salardú es por amor al padre desconocido. Y accede, por respeto a este amor de su hija.
También se llama Eulalia la hija, y un día organiza el viaje con unos amigos. Son un matrimonio con una hija y un hijo. La hija es de la edad de Eulalia, el hijo es un poco mayor. Y parece que está enamorado de ella. Pero a ella no le acaba de gustar. Algo le dice en su corazón que no ha de ser éste el hombre elegido.
Eulalia tiene una idea muy vaga de su padre. Hay un retrato en la casa, en un marco de plata. Allí es un hombre joven, de aspecto agradable. Pero la fotografía es un poco confusa. No es de fotógrafo. Es una ampliación sacada de una pequeña fotografía cualquiera, aquella que a la madre le gustaba más. Los jóvenes no piensan en la muerte y no tienen interés en hacerse una fotografía buena de éstas que han de quedar como recuerdo, para siempre.
Los que acompañan a Eulalia saben que el padre murió hace años en la montaña, que se despeñó, pero no saben que fue precisamente allí, en Salardú. Eulalia prefiere que no lo sepan y nada les dice. Sólo quiere conocer el sitio donde murió su padre y estar en la habitación donde su padre vivió. Ella no sabe que también allí se apareció después de muerto. Este secreto no le ha sido revelado. Era la habitación número 2. Esto se lo ha dicho su madre muchas veces y ella lo recuerda bien.
—El número 2, la mejor habitación del hotel.
Éstas han sido siempre las palabras de la madre.
Llegan a Salardú, y el dueño del hotel, que está más envejecido, les enseña las habitaciones. El hotel ha cambiado poco en veinte años. Ha sido renovado alguna vez, pero los muebles son los mismos. Cambian muy poco las cosas en veinte años.
Eulalia dice al dueño del hotel:
-Me gustaría la habitación número dos.
-¿Por qué? —le pregunta el dueño, que es astuto y nunca da su parecer sin hacer antes algunas preguntas.
—Estuvieron unos amigos hace años. Me dijeron que es una buena habitación.
-Sí, hace esquina y tiene dos ventanas; pero todas son buenas. Además no se la puedo dar porque está ocupada. La tiene un señor. Le daré la cuatro que está al lado.
-¿Estará mucho tiempo?
-No lo ha dicho. Llegó ayer.
Eulalia se instala en otra habitación, en el 4, al lado del 2. El balcón que da al río es corrido y es el mismo para todas las habitaciones. Ella deja sus cosas y sale al balcón a mirar. Sabe que por alguno de aquellos caminos bajaron a su padre muerto. Mira las montañas del otro lado del río con la esperanza de ver las cumbres que pasan de los tres mil metros. Pero no se ven desde allí. Salardú está entre dos valles secundarios y hay que entrar por ellos para llegar a las cumbres. Sólo se ven los prados que están cerca del río y una ladera de abetos.
Eulalia se acerca por el balcón a los cristales de la habitación número 2. La puerta vidriera está abierta de par en par. No hay nadie dentro. Ve una maleta debajo de la cama, un abrigo colgado y algunos libros sobre la mesa. El abrigo es un abrigo de hombre. En el estante de cristal, al lado de la pila del agua, hay una maquinilla de afeitar. Eulalia se sobrecoge al pensar que en aquella habitación su madre pasó, hace veinte años, la noche aquella tan angustiosa.
Entra más en la habitación. No tiene curiosidad por los objetos que pertenecen a un desconocido. Por la habitación, sí. Sobre la mesita, junto a los libros, hay un documento de identidad con una fotografía pegada. Eulalia se fija en la fotografía y el rostro del desconocido le llama la atención. Hasta cierra los ojos para verlo mejor después. Hay un raro parecido entre aquel rostro y el de su padre, el de la fotografía de su padre que está en el marco de plata. Examina el documento y se deja vencer por la idea de que está curioseando los papeles de su padre muerto. Se sonríe. Su padre tendría ahora cuarenta y cinco años. Sería, probablemente, un padre estupendo. Lee el nombre escrito en el documento.
Es un nombre cualquiera: Evaristo. Le hace gracia este nombre, aunque no le gusta. Y dos apellidos cualesquiera. No le gusta ninguno de los dos apellidos. Su padre se llamó Felipe.
Lee la fecha de nacimiento: 18 de julio de 1926. Cierra los ojos otra vez y los abre luego para ver mejor. Es la fecha de la muerte de su padre. Sí; su padre murió allí el 18 de julio de 1926. Este raro desconocido que llegó ayer y ocupó aquella habitación en donde vivió su padre antes de morir y cuyo rostro recuerda una fotografía del padre muerto, nació el mismo día de la muerte del padre. Eulalia siente como una presencia rara a su alrededor. Sale al balcón y oye las voces de sus amigos que la llaman.
Quieren saber si está bien instalada. Ella les enseña la habitación y el río y los árboles lejanos.
—Estaremos bien aquí algunos días.
—Sí, sí, muy bien.
Todos están muy contentos y muy ajenos a la vida oculta que se desliza por el pensamiento de los otros. Se ríen todos y bajan al comedor porque ya es la hora de la cena.
Eulalia está como ausente durante la cena. Se hace repetir todas las preguntas y contesta fuera de tono. Su amiga le dice:
—Los aires de la altura no te prueban.
Eulalia se ríe para disimular. No son los aires de la montaña. Es que su atención está pendiente de la presencia de los otros huéspedes. Busca entre los que están sentados a las mesas, a aquel desconocido que ha nacido el mismo día de la muerte de su padre y no lo encuentra. Seguro que no está en el comedor. Pero Eulalia no se atreve a preguntarlo.
El hermano de su amigo le propone una excursión para el día siguiente. Ella dice que sí como podría decir que no. No está en lo que dice.
-He oído hablar de un lago.
-Bueno, iremos al lago.
-Pero está lejos.
-Iremos en coche.
-Dicen que se ha de ir a pie.
—No se si podré andar mucho rato. No tengo costumbre y, además, no he subido nunca a las montañas.
Su amigo intenta animarla y le dice que hasta se bañarán en el lago. Ella accede a todo y quedan en madrugar al día siguiente para hacer la excursión sin prisas.
Se quedan un rato de sobremesa, y de pronto, se abre la puerta y entra un joven excursionista. Es alto, fuerte, con el cabello rizado y largo. Eulalia le conoce en seguida. Ésta es la imagen que ella se había formado de su padre. El excursionista lleva la mochila al hombro y tiene la piel quemada por el sol. Habla con el dueño del hotel y se ríen los dos. Después se lava las manos, dej a la mochila en un rincón y se sienta a una mesa en donde había un solo servicio. No ha saludado a nadie y Eulalia piensa: «Claro, ¡si llegó ayer!»
Ya no se fija en nada de lo que le hablan. Sólo está pendiente del desconocido que se parece a su padre. No puede imaginarse a su padre de otra manera. Así habría sido él, si no hubiese muerto en la montaña. Un poco más viejo, quizá, pero con el mismo tipo y las mismas facciones.
Cuando se despide de sus amigos para entrar en la habitación les dice:
—Hasta mañana.
—Te llamarán a las seis.
—Muy bien.
Pero ya tiene formado su plan. No se levantará. No saldrá con ellos de excursión. Sólo le interesa conocer al hombre que se parece a su padre. Y aquella noche apenas puede dormir. Tiene raras visiones y sostiene conversaciones interminables con un hombre que sólo ha visto una vez sentado a la mesa, de lejos.
Cuando la llaman al día siguiente no se levanta. Y cuando entran a buscarla en la habitación dice que ha dormido muy mal y que no podría andar. Ruega que la dejen dormir y se queda en la cama. Pero no duerme ni se levanta tarde. Sale al balcón y ve la puerta de la habitación número 2 abierta de par en par. Pero no se atreve a mirar. Se queda allí, esperando. Sabe que el desconocido saldrá al balcón en cuanto se levante. No puede hacer otra cosa.
El desconocido sale ya entrado el día. Eulalia se ha dormido en el balcón, sentada en el suelo. El desconocido la ve allí y no se atreve a decirle nada. Pero hace ruido para que se despierte. Ella se despierta y le ve, le da los buenos días y los dos sostienen un raro diálogo que nadie podría comprender, ni ellos mismos, y en el que las palabras son lo de menos. Ella dice:
—Nosotros llegamps ayer.
Él ya da por dicho todo lo inútil y pregunta:
—¿Estarán mucho tiempo?
-Diez días.
—Yo también.
Eulalia se ha levantado, ha quedado de codos a la baranda al lado del desconocido y exclama sin mover las manos ni los ojos:
—¡Es el río!
-Sí; y allí están los caminos y más allá las cumbres.
—¡Yo me llamo Eulalia!
-Me habría gustado adivinarlo.
—No lo habrías adivinado jamás.
—¿Por qué? No te puedes llamar de otra manera.
—Me podría llamar Teresa.
—Me gustarías menos y tú estás aquí para gustarme mucho.
Y hablan, hablan incansablemente. Desayunan luego los dos en la terracita y se tumban luego los dos en el prado que está junto al río y se bañan los dos en el río y se hacen bajar la comida allí y se quedan toda la tarde junto al río tumbados en el prado. Al anochecer, cuando regresan los excursionistas que han ido al lago, Eulalia ya ha recibido para siempre en su corazón al único hombre que puede amar de veras.
Él quiere llevarla al día siguiente a la montaña y ella acepta. Pero no se atreve a decirlo a sus amigos. Aquella noche, antes de acostarse, escribe a su madre. No le habla del desconocido que ya no lo es. Sin embargo, ella, al leer la carta, comprende que algo ha cambiado definitivamente en el alma de su hija. Sabe que algún día tenía que ser y sólo la atormenta un raro presentimiento. ¿Por qué allí precisamente, en Salardú, en donde murió el otro hombre querido hace tantos años? ¿No será esto de mal agüero?
Eulalia, al día siguiente, se levanta antes de amanecer y sale de la habitación sin hacer ruido. Evaristo ya la espera a la puerta del hotel. Y se van los dos a la montaña a pasar el día. Son felices los dos. Ya no hay secretos ni dudas entre ellos. El velo se ha corrido, de golpe, en un solo día. Este es el verdadero amor, que empieza siempre por el amor.
Cuando, a la noche, Eulalia ha de dar explicaciones a sus amigos sólo puede decir dos palabras redondas y fuertes como bolitas de acero:
—¡Le quiero!
-Pero, ¡si le conociste ayer!
—No importa, le quiero.
—¡Si no sabes quién es!
—No importa, le quiero.
—¡Ni quienes son sus padres!
—No importa, le quiero.
-¡Ni si gana dinero!
-No importa, le quiero.
Ninguna razón sólida se ha podido oponer jamás a este argumento tan corto y tan grave. Y los amigos acaban por convencerse de que ella, en efecto, le quiere y como que ellos también la quieren, la señora se decide a escribir a la madre para ponerla al corriente de todo. La madre lee la carta y no tiene ninguna sorpresa. Ya lo sabía todo.
Un día están solos los dos en la montaña, Evaristo y Eulalia. Han subido a una cumbre, se han bañado en un lago y descansan esperando que acabe de morir el día. Es la hora inolvidable en que se dice siempre la verdad. Están cogidos de las manos, muy juntos.
Ella le pregunta:
—¿Cómo se te ocurrió venir aquí?
—Fue como un impulso irresistible. Jamás había estado ni tenía idea de este valle. Un día estaba preparando mi equipaje para pasar el verano en la playa, como siempre, con mi familia. Y, de pronto, me entró la idea fija de este nombre: Salardú. ¿De dónde lo sabía? No lo pude recordar. Pero el nombre se apoderó de mí y, al día siguiente, en vez de ir al mar vine a la montaña. En mi casa me preguntaron si me había vuelto loco y no les contesté para no decirles que sí.
-Es raro.
—Pero lo más raro es que al llegar al hotel tuve la impresión de conocerlo ya por haber estado otra vez. Hasta el rostro del dueño me pareció un rostro conocido. Le llamé por un nombre, sin darme cuenta, y acerté. Él me preguntó si le conocía y no me atreví a decirle que no ni a decirle que sí. En ambos casos tenía miedo de mentir.
-Es raro.
-Otras cosas más raras me sucedieron después. Al día siguiente subí la montaña por primera vez en mi vida. Siempre he veraneado en el mar. Y, sin embargo, una cumbre desconocida me atraía de manera irresistible. Era una cumbre desconocida, pero yo la veía como si la tuviera presente de otra vez. Pensé: es un sueño. Y no lo era. Cuando descubrí la cumbre vi que era tal como yo la recordaba sin haberla visto jamás. Y al subir tuve siempre la impresión de que ya conocía los caminos. No tuve que preguntar a nadie y no me extravié.
—Es raro.
—Y aún hay otra cosa más rara. La segunda noche después de mi excursión fantástica me acosté muy cansado y me dormí en seguida. No soñé. Nunca sueño. Pero me desperté de golpe con la impresión definida de tener a una mujer al lado. Diría que hasta la toqué. Y en la oscuridad vi el rostro de aquella mujer. Y me pareció que la amaba desde mucho tiempo y que no era la primera noche que estaba con ella.
Eulalia pregunta asustada:
—¿Cómo era la mujer?
—Parecida a ti, pero no eras tú.
—Mi madre.
Ha dicho esto sin querer. Luego se tapa la boca con la mano y se echa a reír. Se esfuerza en desviar la conversación hacia otro tema. Él ha oído claramente las palabras de Eulalia, pero no le han sugerido nada y no les ha dado importancia. Sigue entregado al recuerdo de los fenómenos inexplicables de los dos primeros días de su estancia allí. Ella comprende que lo inexplicable acaba de entrar en su vida, no ve bien claro y definido el papel que le corresponde y empieza a sentirse raramente angustiada. Evaristo dice:
—Y a la mañana siguiente te vi a ti en el balcón.
—Eso ya no es raro.
—Para mí es lo más raro de todo, porque al verte te amé en seguida.
 —Yo te amaba ya desde la noche antes que te vi en el comedor. Y la conversación entra en uno de los diálogos tan frecuentes en los que se aman, en los que todo tiene sentido profundo menos las palabras.
Esta historia podría alargarse mucho, pero el final fue bárbaro y rápido y vale más contarlo aprisa, sin retóricas.
Evaristo es estudiante de medicina y pertenece a muy buena familia. Por este lado la madre no tiene nada que decir. Sólo le parece que es demasiado joven para su hija. Pero ella está muy enamorada y, según ella dice, él también, y no les importa esperar.
Pasa algún tiempo y la madre aún no ha tenido ocasión de conocerle. La hija se lo describe, pero no le basta. Reclama su presencia y la hija contesta siempre:
—Ya le conocerás.
Pero evita cuidadosamente que la madre y Evaristo se encuentren cara a cara. ¿Por qué lo hace? No lo sabe bien. Quizá no tiene ninguna razón para hacerlo. Sin embargo, teme que de la entrevista entre su novio y su madre no ha de resultar nada bueno.
Eulalia, la hija, nunca se ha atrevido a decir a su madre que el rostro de su novio es igual al del retrato del marco de plata. Tampoco le ha dicho que nació el mismo día de la muerte del padre. No lo puede decir. No quiere que la madre lo sepa. Tampoco le ha repetido jamás la conversación que tuvo con Evaristo aquella tarde en la montaña en la que él le explicó los raros impulsos que le habían llevado allí y las raras visiones y recuerdos incomprensibles que tuvo. Nada ha de saber la madre jamás de todo esto. Pero Eulalia no sabe cómo decirle a su novio que la madre no lo ha de saber. ¿Qué razón le dará?
Eulalia, la madre, nunca ha hablado con su hija de la aparición de aquella noche triste ni de la promesa del padre de volver algún día. Si la hija lo supiera quizá estaría más asustada aún. Evaristo es el único que no tiene secretos, el único que sólo se deja llevar, sin miedo, por los impulsos de su corazón. Algunas veces le sorprenden sus vagos recuerdos de una vida anterior que no ha vivido jamás. Pero no le da mucha importancia. Es estudiante de medicina y sabe que en la vida del espíritu hay muchos pozos oscuros a cuyo fondo no se llegará jamás.
La cosa sucede naturalmente. Eulalia, la madre, ha estado un poco enferma. Ya convaleciente está sentada en un sillón, junto a la ventana, en la gran sala central del primer piso de su casa antigua que es la casa que fue de sus padres. Su hija está en el jardín con su novio. La madre lo sabe y espera allí sentada y un poco triste porque al fin ha llegado la hora de conocer al hombre que se ha de llevar a la hija.
Les oye subir a los dos por la escalera. Es una tarde clara de verano y el balcón está abierto de par en par. Eulalia, la madre, adopta una actitud quizá un poco afectada, y espera inmóvil, fijos los ojos en la lejanía. Oye los pasos cerca y una voz querida que la llama:
-¡Mamá!
Y lo que sucede después casi no se puede describir. ¡Es tan rápido y tan trágico al mismo tiempo! La madre y el novio de la hija se quedan cara a cara, quietos un momento. Los cuatro ojos se han abierto desmesuradamente. Ellos dejan de ser dueños de su voluntad. Los mueven impulsos sin razón aparente que son los únicos irresistibles. La madre se levanta y él avanza decidido. Y se juntan los dos en un abrazo hondo y ceñido, uno de estos abrazos casi legendarios que sólo estrechan a las personas que se han amado mucho y que han estado mucho tiempo sin verse. Eulalia, la hija, ve el rostro de su madre pegado al de su novio y se acerca al balcón abierto. Sabe que aquello era fatal. No puede gritar ni puede seguir viviendo. Cae, casi sin querer, del balcón al patio enlosado y su cabeza se rompe contra las piedras.
Cuando los criados la suben en brazos, ya muerta, Eulalia, la madre, y el novio de la hija, aún siguen abrazados.

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