Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Ángel Ganivet: En el aire. Las ruinas de Granada

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¿Quieres venir conmigo -dijo un sabio a un poeta- a ver las ruinas de Granada?

-Hace tiempo, mucho tiempo, que deseaba ir a aquel misterioso rincón de la antigua España. Si yo soy poeta, soy el poeta de las ruinas. Nada hay que tan hondamente me interese y me conmueva como la contemplación de las desilusiones de la naturaleza de los restos miserables de las cosas que fueron y que ya no son. Si hay algo más hermoso que la vida, es el amargor y el desencanto que deja tras sí la existencia. La vida es como un niño que nos distrae con sus juegos inocentes, y las ruinas que la vida va dejando, son como un hombre de larga y fecunda experiencia, en cuyos labios hay siempre una palabra que explica grandes secretos.

-A mí me atrae, sobre todo en las ruinas, la idea de que allí ha resucitado o revivido algo que los hombres conocíamos sólo por la lectura de antiguos autores. Y me atraen más las ruinas de una catástrofe, que las que va dejando la acción destructora del tiempo; en las ruinas de Grecia o de Egipto, yo veo algo natural, algo que ha ido formándose lentamente con los años y que revela la escasa duración de las obras de los hombres, aun de las más grandes y sólidas; en las ruinas de Pompeya o en las de Londres y Granada, hay más grandeza; porque aquí la vida fue cortada bruscamente y al exhumarlas, algunos siglos después hallamos en ellas una petrificación de la vida misma, tal como fue. Un volcán, que cubre de repente una ciudad y la abrasa con su fuego, es para mí un escultor iluminado por la providencia. Pasa el tiempo, la curiosidad abre la inmensa sepultura y surge la obra maravillosa, la imagen de una civilización, de un momento de la vida de la humanidad.

-Esa es una visión de arqueólogo; hay una visión más bella; la del artista que no ve allí una petrificación de la vida, sino otra forma de la vida, en que ya el hombre no es necesario, en que la idea vive y habla en el aire, inspirada por la poesía que brota de las ruinas. Yo presiento que en las de Granada va a hablarme la idea del amor, que yo voy a sentir allí los suspiros de una mujer que amó mucho, que se murió amando, que después de muerta hace crecer sobre su tumba rosas de olor y claveles rojos, para llamar a los que pasan...

-¿Acaso toda la poesía está en las ideas vagas? ¿No hay también poesía en las piedras de los monumentos derruídos y en los esqueletos de los hombres? Yo he pensado muchas veces en el descubrimiento de las ruinas de Granada y lo que me hacía pensar era el deseo de ver una ciudad aniquilada de repente. Porque, según refieren los historiadores, la erupción del Vesubio que destruyó a Pompeya fue anunciada por ciertos extraños fenómenos, que esparcieron la alarma y permitieron a casi todos los habitantes ponerse a salvo; también cuando Londres quedó sepultada en el mar, se notó mucho tiempo antes el descenso del suelo y la ciudad fue poco a poco abandonada; pero el volcán que hace treinta siglos hizo desaparecer para siempre a Granada, sin dejar de ella el menor vestigio, fue un volcán de nueva formación, que al romper la corteza terrestre y lanzar su lava acumulada, no dejó tiempo para huir por lo inesperado del fenómeno y por la rapidez con que todo lo arrasó, desde las faldas de la Sierra Nevada hasta el mar.

Así, al reaparecer Granada, se nos ofrece algo nuevo en el mundo, el espectáculo de una ciudad muerta con todos sus habitantes muertos, en el mismo estado en que se hallaban en el instante preciso de la erupción. Yo no imagino que pueda ofrecerse a la contemplación del hombre nada más grande y original.

-Vamos, pues, allí, que ya estoy impaciente por ver tantas maravillas.



Dirigiéronse el poeta y el sabio a una estación de aerostatos, y pidieron uno para ir a las ruinas de Granada.

-¿Van por vía terrestre o por vía marítima?

Porque podrían de paso ver las ruinas de Londres y las de la antigua Bretaña francesa.

-Iremos por el camino más corto -contestó el sabio.

-Entonces por París. Hay -agregó el jefe de los aeronautas, hojeando una Guía de viajes- cinco mil setenta y dos ptometros.

Pagaron los viajeros sus billetes y se instalaron en un pequeño aerostato, que remolcado, por un globo gigantesco subió rápidamente hasta perderse casi de vista. A poco el globo descendió y el aerostato, hábilmente dirigido por un experto aeronauta, emprendió su vuelo hacia el Sudoeste, con viento favorable.

Después de una breve y feliz travesía llegaron los viajeros al cielo de Granada. Durante el viaje el aeronauta les iba diciendo los nombres de los países y ciudades sobre las que pasaban, por si querían descender. A veces descendían un poco para gozar más de cerca del perfume que subía de los jardines o para distraerse viendo en las ciudades el pasar y cruzar de las gentes, semejantes al ir y venir de las hormigas; a veces tenían que ascender para no tropezar en las crestas de las montañas.

Cuando llegaron al término del viaje descendieron hasta dominar en todos sus detalles el panorama de la ciudad muerta. Era noche de luna y de silencio y el poeta quería escuchar la voz, que él soñaba había de hablarle; y el sabio quería reconstruir mentalmente el plano de la antigua ciudad y descubrir lo que allí fue la vida cuando la ciudad vivió.

-Yo veo asomar por varias partes restos de una ciudad mora, enterrado en montones de escombros que no sé lo que significan.

-Yo estoy contemplando -dijo él poeta- una estatua yacente. Por el centro de la ciudad forman las ruinas una figura alargada que parece un cuerpo de mujer.

-Eso debió ser un río que dicen llevaba oro en sus arenas.

Y esa figura está partida en dos, por unos montones de sillares que parecen formar un talle de mujer.

-Eso debió ser un puente sobre el río.

-Y al lado derecho del cuerpo hay unas columnas esparcidas, que parecen dos manos cruzadas.

-Eso debió ser una Catedral.

-Y en la parte alta de la ciudad, donde están los hombros de la mujer, hay una eminencia que parece ser un almohadón rojizo.

-Eso debió ser la Alhambra.

-Y sobre ese almohadón rojizo se reclina una cabeza. ¡Es maravillosa la semejanza! Todo está allí. La boca, la nariz, la frente...

-Esos debieron ser palacios y torreones.

-...La cabellera oscura y espléndida...

-Esos son los restos de un bosque, calcinado por la lava de un volcán.

-Y los ojos, que aun brillan sensualmente.

-Ahí debió haber aljibes o estanques, que ahora están llenos de agua llovediza, y con el resplandor de la luna lanzan esos destellos...


***

Cuando empezó a clarear bajaron a tierra, a la montaña roja, donde el poeta había imaginado reclinada la cabeza de la estatua yacente, símbolo de la ciudad muerta. El sabio recorría aquellos parajes, cubiertos de ruinas y de plantas de cementerio, y lo escudriñaba todo buscando algunos restos arqueológicos, con que aumentar sus colecciones. El poeta se había detenido delante de unos torreones desmochados y grietados, lo único que se mantenía aún en pie, en aquel cuadro de desollación. Sacó una cajita de ébano, y fijó sus ojos y con su ojos su pensamiento, en un botoncillo brillante de la cajita, en el ideófono, y el instrumento comenzó a cantar con entonación melancólica:
Qué silenciosos dormís,
torreones de la Alhambra.
Un sueño de largos siglos
por vuestros muros resbala.
Dormís soñando en la muerte
y la muerte está lejana.
Despertad, que ya se acercan
las frescas luces del alba.
Sale el sol y vuestros muros
tiñe con tintas doradas;
sale la luna y os besa
con sus rayos de luz clara,
y vosotros dormís siempre
y la muerte está lejana.
Os alumbran los fulgores
de la bóveda estrellada,
os envuelven de la noche
las sombras tristes y vagas,
y vosotros dormís siempre
y la muerte está lejana.
De la tarde silenciosa
os acarician las auras
y os azota el vendaval
que en vuestros muros se ensaña.
Y vosotros dormís siempre
y la muerte está lejana.
Un sueño de largo siglos
por vuestros muros resbala;
cuando llegue a los cimientos
vuestra muerte está cercana.
¡Quién fuera como vosotros
y largos siglos soñara
y desde el sueño cayera
en las sombra de la nada!


***

-¡Eureka! -interrumpió el sabio.- Acabo de tener un hallazgo felicísimo. Bajando por estas cuestas he llegado a un lugar cerca del río, donde me pareció que sonaban a hueco mis pasos. Comencé a escarbar y a quitar piedras y descubrí una especie de covacha, y en ella varias momias tan admirablemente conservadas que dudo las haya iguales en ningún museo del mundo.

-Vamos allá -dijo el poeta, sin entusiasmo, al mismo tiempo que guardaba su ideófono. No me complace mucho las vista de las momias, pero siento una leve curiosidad por conocer esos ejemplares del ser humano de hace tantos siglos. Porque me figuro que las momias serán de hombre.

Así lo parecen; voy a examinarlas despacio.

Llegados a la cueva de las momias, el sabio y el poeta trabajaron largo rato para descubrirlas, sin tocarlas, por temor de que se les deshicieran en las manos. Precaución excesiva, porque las momias estaban petrificadas y podían ser trasladadas de un sitio a otro como bloques sacados de una cantera. Eran cuatro y representaban cuatro tipos diferentes del hombre microcéfalo, que habitó en el mundo en la Edad metálica, o sea en los siglos XIX al XXII. Sin embargo, el examen craneoscópico daba a entender que estos tipos habían llegado a cierto grado de evolución cerebral, que los aproximaba al tipo ápodo, o sea al hombre sin pies, que existió en la Edad metálica o del movimiento.

Eran las cuatro momias de facciones irregulares, pues la boca era mucho mayor que los ojos, de donde se infiere que en aquella remota edad se debía pensar más en comer que en ver; todos tenían barba, sin duda porque entonces no había barberos.

La primera momia examinada tenía extraordinariamente desarrollada la circunvolución superior o coronal, indicando este rasgo que aquel individuo debió ser hombre vertical o, como antes se decía, un humorista, es decir, un individuo que sean cuales fueren los accidentes de la vida, cae siempre de pie como los gatos.

La segunda momia, pertenecía sin ningún género de dudas, si se atiende a la lisura y redondez de su cráneo, a un hombre horizontal o perezoso, de los que aun se encuentran algunos ejemplares vivos en el interior de Arabia, donde se les puede ver contiauamente tumbados a la larga, soñando melancólicamente en espera del paraíso, que de muy antiguo se les tiene anunciado por los dioses, a que rinden culto.

El tercer ejemplar era curioso, principalmente por la disposición de su columna vertebral, en forma de arco; de suerte que el individuo debió ser un hombre curvo, un optimista como se decía antiguamentc, propenso a la vida agradable y risueña, y poco apto para los trabajos que requieren energía y constancia.

En cuanto a la cuarta y última momia tenía fuertemente acusada la circunvolución posterior, asiento de la sensualidad, y su cráneo era aplanado y con pequeñas angulosidades, denotando un carácter invertido o pesimista, aficionado a ir contra la corriente, en suma, un tipo de energía insubordinada e infecunda por falta de adaptación al medio.

Esta fue, brevemente expuesta, la opinión del sabio. Y su conclusión fue que si aquellos varios tipos representaban la constitución general de los hombres que en aquella ciudad habían habitado, no había medio de que allí se hiciera nada bueno ni útil y que acaso la erupción volcánica fue providencial. Por donde se vendría a comprobar una vez más la acción vigilante, saludable y benéfica de Dios sobre sus criaturas.

El poeta lo escuchó todo en silencio y se puso pensativo; luego requirió la cajita y miró tristemente el ideófono; y el instrumento cantó lentamente:

LA CANCIÓN DE LA PIEDRA

Vida y muerte sueño son
y todo en el mundo sueña;
sueño es la vida en el hombre,
sueño es la muerte en la piedra.

En vuestros ojos cerrados
está gravada una idea:
«Más que ver como ve el hombre
vale estar ciego en la piedra».

En vuestros rígidos labios
dice una palabra yerta:
«Más que hablar como habla el hombre
vale estar mudo en la piedra».

De vuestro pecho en el fondo,
dice la esperanza muerta:
Más que la vida en el hombre
vale la muerte en la piedra».

Si muerte y vida son sueño,
si todo en el mundo sueña,
yo doy mi vida de hombre
por soñar, muerto en la piedra.

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