Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Félix J. Palma: El valiente anestesista

Félix J. Palma, El valiente anestesista, Relatos de misterio, Tales of mystery, Relatos de terror, Horror stories, Short stories, Science fiction stories, Anthology of horror, Antología de terror, Anthology of mystery, Antología de misterio, Scary stories, Scary Tales


En una mañana de verano se encontraba un sastrecillo sentado frente a su mesa, cerca de la ventana; estaba de muy buen humor y cosía con entusiasmo. Por la calle subía una campesina pregonando:
-¡Buena mermelada vendo! ¡Buena mermelada vendo!
Al sastrecillo aquello le sonó a música celestial. Se asomó por la ventana y la llamó. La mujer subió las escaleras que conducían a casa del sastrecillo, llevan­do sus pesados cestos, y tuvo que sacarle y enseñarle cuantos tarros traía. El sastrecillo miró y remiró todos los tarros, metiendo en ellos las narices, tal vez tentado de introducir también un dedo, el índice, si no el pulgar, para extraerlo luego bien embadurnado de dulce e ir a posarlo sobre los labios de la mujer, respaldando el atrevimiento con una sonrisa de conquistador en decli­ve, porque el sastrecillo era un hombre, por mucho que viviera de las puntadas, y ningún hombre puede escapar a su condición, Elenita, ninguno.
Mejor que lo aprendas desde ya, cielo. Así sufrirás menos. No hay demasiada diferencia entre un hombre y una rata. Tal vez te cueste creerlo en un principio, por­que ellos, los muy ladinos, saben disimularlo. Nada más te conviertas en la hermosa muchachita que tus rasgos prometen te asediarán ejércitos de ellos, ocultando su naturaleza de sabandijas bajo sonrisas baratas y regalos caros. Pero una vez obtengan lo que quieren, compro­barás cómo los más se abandonarán a la inercia, y los menos ni se molestarán en seguir con la farsa aunque sea cansinamente, sino que se arrancarán la máscara y se mostrarán ante ti sin truco ni cartón, egoístas, insensi­bles, pero sobre todo infieles. Así que, de no ser esto un cuento infantil sino la vida misma, mi Elenita, el sastrecillo no podría resistirse a la tentación de comprobar si su atractivo continúa aún vigente, si todas esas canas no han hecho más que prestigiarlo y, después de todo, las caricias quincenales de su esposa no esconden, como viene sospechando de un tiempo a esta parte, ningún reyes de asco u obligación. Se untaría el índice, si no el pulgar, y así untado de albaricoque lo aproximaría a los labios de la vendedora, que lo acogería sin sorpresa, juguetona, involucrando la lengua, entregándose como en trance al eficaz lameteo, porque si esto fuese la vida y no un cuento para niños, Elenita, puedes estar segura de que la vendedora sería una jovencita orillada en los veintipocos, de esas que han aprendido a medrar a golpe de caderas y honduras de escote. Una lagarta de las que andan a la caza de hombres maduros con anillo que la rieguen con sabiduría y promesas y que, nada más reba­sar la puerta y sentir el cálido abrazo del lujo, el guiño del dinero allí donde mirase, habría echado mano de todos sus encantos para barrer cualquier remordimiento
que el hombre pudiese tener y convertirlo a golpe de pestaña en un títere del deseo, porque si esto fuera la vida lo único raro de la historia sería que la zorrita no vendiese enciclopedias ilustradas en vez de esa estúpida mermelada. 


Tal vez resultara menos simpático así, más soso sin el índice, si no el pulgar, circulando por la boca tem­prana de la joven, como un caracol que dejara una baba de albaricoque. Pero ya se las arreglarían ambos para convertir el acto de ojear la enciclopedia en un cam­balache de roces in crescendo que únicamente pudiera resolverse en una posesión convulsa sobre la mesa de comedor, sobre la lustrosa tabla de caoba alrededor de la cual comían a diario esposa e hija, suegros por Navidad. Allí fue descubierto, ensimismado en la desleal perfo­ración, sofocado en una telaraña de prendas de encaje, los pantalones en los tobillos, el trasero magro, velludo, nunca antes iluminado desde aquel ángulo, por aquella luz acostumbrada a acoger únicamente inocuas escenas dominicales. No es que el sastrecillo fuese descuida­do, ni sastrecillo era, que ni un botón sabía remachar, sino anestesista, Elenita, como tu padre, de esos que no hacen más que darle el pie al cirujano, por mucho que él se empeñe en dotar a su oficio de implicaciones filosóficas, que Morfeo bastardo lo llamaba yo aunque hoy lo dejaría sólo en lo de bastardo. Descuidado, no, ya digo, metódico a más no poder, eso sí, que incluso al despertador le producía pudor sonar si él ya estaba en pie y hasta calvo se iba quedando sin sorpresas, en censada despoblación. Por eso estoy segura de que se abandonó a la coyunda como lo hizo, sin necesidad de mirar el reloj, con esa asquerosa seguridad suya, bastándole tan sólo una ojeada a la inclinación de navio de la mañana, a las tres cuartas que le faltaban al sol para dorar el brazo del sofá. Por eso se abandonó con la despreocu­pación de un colegial, sabiendo con exactitud el tiempo de que disponían, repartiendo los minutos venideros escrupulosamente, tanto para la cópula febril, tanto para el abrazo poscoito, un generoso puñadito para que ella pudiese vestirse sin una excesiva premura que subrayara lo clandestino de la situación, y unos segundos extras por si la chica se le revelaba engorrosamente cariñosa y era necesario buscar el talonario, que más vale preve­nir. Eso quiero creer, Elenita, que con medirse en carne joven le bastaba, que no trataría de buscarle continuidad a aquel encuentro ocasional y mucho menos se dejaría embrujar por tanta adolescencia bruta, que ni siquiera se le pasó por la cabeza tirar por la borda quince años de matrimonio.
¡Claro que este es el mismo cuento que te contaba papá, tesoro! Pero anda, cierra los ojos de una vez e intenta dormir, que mamá ha tenido un mal día y tam­bién está deseando acostarse. ¿Por dónde iba? Ah, sí, ahora viene lo de las moscas. Resulta que en el cuento el sastrecillo despide a la vendedora y da a la mermelada un uso estrictamente culinario, es decir, se limita a apli­carla castamente en una hogaza de pan. El proyecto se le llena de moscas, claro, como una especie de plaga envia­da por nosotras ante un gesto tan hipócrita. Por la desfa­chatez de mentir a tantos niños fingiéndose inmune a su ineludible y primaria herencia, se ve obligado a asistir asqueado al nauseabundo ballet que progresa sobre su desayuno, algunos de los miembros acampando ya sobre la sabana de albaricoque. Total, que el sastrecillo tomó un trapo y atizó un capirotazo a la ultrajada rebanada. Al retirarlo, aparecieron varios dípteros incrustados en el pan como adornos de azabache, rubricando con un exiguo aleteo sus mínimas existencias. Contó siete. Y tal proeza se le antojó extraordinaria, digna de ser conocióda en toda la ciudad.
Así que, ni corto ni perezoso, bordó en su cinto la leyenda «Siete de un golpe», y se echó a las calles para que todos pudieran leer su logro, como seguramente hubiera hecho tu padre, Elenita, de no haber sido descu­bierto, pues así son los hombres, alimañas incapacitadas para vivir en silencio sus hazañas, trovadores vanidosos que necesitan cantar sus propias gestas, sobre todo si se trata de escaramuzas venéreas. Que incluso existen locales habilitados para tales confesiones, desde casinos inmundos hasta clubes refinadísimos donde detallar los lujuriosos episodios entre indolentes partidas de squash. Y cuántos carnés de lugares de esos le amueblaban a tu padre la cartera. Cuántos escenarios diferentes podría haber escogido para relatar su justa matinal a los com­padres sudorosos de no ser porque el previsor aneste­sista erró al casarse con una mujer propensa al despiste esporádico, al cultivo de variopintos descuidos cuya arbitrariedad él quizá hubiese tratado de medir usan­do cartulinas de colores o programas informáticos, de manera que incluso mis futuros olvidos tuviesen ya asig­nados día y hora en alguna de sus agendas.
Desde luego no había ninguno previsto para esta mañana, a juzgar por la sorpresa de su cara al dar con mi presencia muda, perpleja, diríase que incluso sumida en un recogimiento místico, oportunamente enmar­cada en el quicio de la puerta como una virgen en su hornacina. Y te asombraría saber, Elenita, la de cosas que puede llegar a pensar una mujer al contemplar el cuadro de su marido atareado entre las piernas de otra, que de la incredulidad más espantosa pasé al espanto más incrédulo y de ahí a un odio frío y luego a una rabia caliente y enseguida al bochorno extremo y después al análisis técnico y finalmente a un inesperado efecto de anamorfosis, pues el cabeceante calabacín del trase­ro, visto desde aquel ángulo inédito, se me antojó una enorme y descarnada calavera. No supe qué hacer. No supe qué decir. Ninguna palabra o gesto me resultaba aplicable a la escena. Recoger los documentos de don Zambrano e irme tampoco podía. Entonces me fijé en el cenicero de mármol verde que había en la mesita, y comprendí de golpe por qué nunca nos habíamos deshe­cho de él a pesar de que era un cenicero horrible y para colmo ninguno de los dos fumaba ya. Supe entonces que la cabeza de tu padre era el secreto destino de la pieza, que con la misión de desnucarlo había aguardado allí, paciente y letal, intentando pasar inadvertido a pesar de lo llamativo del color y del tamaño. Y mientras lo alzaba y hacía puntería, recordé con sumo afecto al extraño hombrecillo que se presentó en nuestra boda con aquel regalo, mordisqueó un par de langostinos encogido en su rincón y luego desapareció, dejándonos a los presentes tan sólo el acertijo de su mesurada presencia y las cás­caras de su leve atracón. Pero, a pesar de contar con el galvánico empuje del despecho, compuso el cenicero un vuelo alicaído muy por encima de la absorta cabeza de tu padre y fue a estrellarse contra el acuario. Tras el golpe, el mar pareció eructar sobre la alfombra. El estruen­do desconcentró a los amantes, y cada uno se esforzó en buscar la causa de aquella palpitación de peces que empedraba el suelo. Fue el anestesista quien, beneficia­do por su posición decúbito prono, reparó primero en mí, y, entre manotazos, como chapoteando en un líquido espeso, se apresuró a descabalgar de la muchacha en pos de la decorosa verticalidad. Tras el laborioso desaco­ple, quedó ante mí homínido y confuso, ridículamente trágico entre los estertores de los peces. Primero me midió inseguro, pero enseguida estalló en una verborrea desesperada. Esto no es lo que parece, aclaró entre aspa­vientos de gran teatralidad, como si acabara de descu­brir que todo en el mundo estaba equivocado y quisiera compartirlo. ¿El cenicero no era un cenicero, entonces? ¿Había tratado de desnucarlo con el abono de la ópera, con una empanadilla de atún? Puedo explicártelo, me decía una y otra vez mientras la explicación se cubría sus rotundos argumentos y desaparecía con explicable aplicación, terminada ya su labor de carcoma. La miré fugarse con su gracioso trote de potrillo, y deseé tener su edad y sus turgencias e irme con ella a seguir des­truyendo familias, huir de aquella escena a la que no le veía resolución, no ser yo la destruida. Pero no podía, cada uno tiene su papel asignado en la gran tragicome­dia de la vida y yo debía continuar allí, estaba claro, con tu padre revoloteando a mi alrededor, ocupado en un soporífero monólogo de atormentado al que restaba puntos su macilenta desnudez. Me dolía la cabeza y de pronto todo se me antojaba erróneo, absurdo, pero ¿qué se puede esperar de un mundo tan ilógico, donde las mujeres tartamudas no dan a luz siameses y nadie sabe qué preguntan con el cuello los flamencos? Me llevaba los dedos a las sienes pero el atribulado anestesista no recibía el mensaje. Continuaba con su exaltado parla­mento porque había que solucionar la cosa enseguida, en caliente, antes de que todo aquello me cristalizara en la cabeza. Hablaba y hablaba, utilizando unas veces un tonillo quejumbroso y otras una entonación cosmopolita. como si no tuviese claro si debía rebajarse o despreocu­parse, y sólo cuando deposité a sus pies una maleta con cuatro prendas guardadas al buen tuntún, interrumpió su letanía y anunció con expresión grave que aquello no significaba nada, que él me seguía queriendo. Ya ves, Elenita, encima debía agradecerle su escasa implicación en aquel espectáculo de perros que había protagonizado sobre la mesa, su desmedida fidelidad a mí aun cuando atrancaba el sexo de otra. Valiente hijo de puta.
Por eso ya no están los peces en el salón, cielo, y por eso llegué tarde a recogerte al colegio por primera vez en ocho años, que si algo jamás le perdonaré a tu padre serán aquellas lágrimas tuyas, tan innecesarias, que impregnaron mi pañuelo con la ternura del rocío. Ni tu llanto, ya digo, ni tampoco la afectada mueca de tu profesora al reconocer en mi aliento el tufo de los dos martinis que había necesitado para mitigar el nerviosis­mo de mis manos al volante, ese perfume de barra de bar que tan injustamente justificaba mi retraso. Por eso, Elenita, por eso llevo todo el día taciturna, bebiendo a escondidas en la cocina y estancándome en los espejos, convenciéndome de que las arrugas me dan carácter y tratando de entender a tu padre mientras tú, desde tus deberes, intentabas entenderme a mí. Y por eso estoy aquí ahora, leyéndote un cuento, como cada noche hacía tu padre, aunque maldita las ganas que tengo, para que te duermas creyendo que el mundo continúa como siem­pre, a pesar de que mis silenciosos paseos por el piso parecían desmentirlo.
¿Y por dónde andará tu padre ahora? ¿Se habrá refu­giado en un hotel a esperar a que se me pase el enfado devorando las almendritas del minibar o andará deam­bulando por las callejuelas más inhóspitas de lu noche, arrastrando su maleta y su pecado como un espectro reconcomido por la culpa? Ojalá se encontrara él tam­bién, en algún momento de su garabateo de pasos, a un gigante malcarado, como acaba de ocurrirle al sastre-cilio del cuento. Pero no a un gigante bonachón que lo desafiara a arrojarle piedras al horizonte y él pudiera engañarlo soltando el pájaro que llevaba en el bolsillo, sino a uno de esos que son un recosido de cuero de moto, oscuridad de delito y traumas de infancia, un profesional que le adivinara el fruto maduro de la billetera nada más aventurarse en su territorio y, a ser posible, que no se contentase con que este se la entregara mansamente, que le ofendiera incluso su apariencia de limosna. Un gigan­te que considerara imprescindible apalear al anestesista en la intimidad de un callejón cualquiera, asqueado por ejemplo por su traje, cuyo impecable corte pregonaba una vida cómoda y displicente, una de esas impúdicas existencias con todo dado. Así que al callejón, a conocer el dolor y el sufrimiento ahora que todavía estamos a tiempo. De manera que el mismo azar que me lo había arrebatado por la mañana me lo devolviera por la noche, eso sí, muy roto y arrepentido, con la penitencia de múl­tiples facturas que tardaran en sanar y un susto dentro que lo despertara durante años bañado en sudor, con el recuerdo indeleble de una puntera entre las costillas.
Eso me gustaría, Elenita, que tu padre sufriera también con esto, que me llamaran de urgencias ahora mismo, ¿Señora Cárdenas? Verá, no se asuste, pero su marido ha sufrido... y que dejaran la frase ahí, sin terminar, y pin­tarme los labios con esmero, haciendo esperar al taxista, y encontrarlo hecho cisco en una camilla, gimiendo mi nombre como un marinero borracho, con todo venda­do. Salvo las manos, tesoro como si el gigante tampoco hubiese podido resistirse al embrujo de las manos de tu padre, que todavía recuerdo la primera vez que las vi, asomando de la chaqueta de aquel hombre tan corriente que me abordó en un bar del que no tardamos en marcharnos juntos. Recuerdo que le acepté un par de copas a regañadientes, cansada como estaba de tantos moscones, antes de mirarle las manos. Luego no me importaron ni sus ojos de sapo ni sus dientes de conejo ni sus chistes sin gracia. Quería pasar el resto de mi vida contemplando aquellas manos. Quería tocarlas. Quería que me tocaran. Eran de una delgadez prodigiosa, capaz de quebrarse si sostenían más de un cigarrillo a la vez, y tan pálidas que parecían emitir una fosforescencia lunar. Estuve un rato absorta, contemplándolas desplazarse por la barra, entre copas y ceniceros, como dos peces abisales. No tardé en pre­guntarle a qué se dedicaba, convencida de que un ser con unas manos como aquellas únicamente podía mas-turbar ángeles. Fue entonces cuando, como si yo hubiese pulsado una tecla, la mirada se le ensombreció y su voz se llenó de retumbos trágicos. Yo mato personas, me confesó expulsando el humo con parsimonia, y luego las resucito. Soy un asesino de mentira, un criminal de juguete, un matador impotente. Soy la cabezadita eterna, el artificiero de la muerte, un tren de cercanías al Hades. Yo me desentiendo de la materia. Yo manipulo almas. Eso dijo, así, de golpe, tétrico y altanero. A pesar de mi embriaguez, logré un dignísimo alzamiento de cejas, y él supo que ya me tenía. Y me explicó, moviendo teatral-mente el marfil de sus manos como un prestidigitador sin naipes, que mientras el cirujano se enfangaba en el barro de la carne, él tomaba la gema del espíritu, le ensartaba el sedal y con un hábil movimiento de muñeca la lanzaba
a los abismos para rescatarla luego envuelta en miasmas metafísicos, empapada del mismísimo aliento de Dios. No me importó que yo fuera otra más a la que hipnoti­zaba con aquel discurso reflejo. Lo único que deseaba era sentir sobre mí aquellas manos de porcelana que quizá esa misma mañana habían sobrevolado a algún paciente, acunándolo dulcemente en una nana de éter, pero reteniéndolo asido al mundo con alfileres de oxíge­no. Esa noche acabamos en su apartamento anestesiados de amor, envueltos en el beleño que produce el goce. Y tan bello me resultó el espectáculo de sus manos corre­teando por mi cuerpo como ratones albinos que decidí que ya no me acariciaría nadie más, que aquellas manos nacaradas explorarían mi barro para siempre por mucho que no lograran pasar de ahí sin recurrir al pentotal.
En fin, cielo, que tras varios episodios más donde el sastrecillo demuestra su extraordinaria astucia, logra por fin casarse con una princesa y heredar un reino. Y todos felices, que para eso es un cuento. Pero ¿y si no llama­ran del hospital, Elenita? ¿Y si sonara ahora el teléfono y al levantar el auricular encontrara la voz de tu padre allí ovillada, repitiendo mi nombre como una letanía húmeda, paladeando cada sílaba, desgarrando las letras como un enamorado? Qué haría, Elenita, si lo escuchara llorar desde algún rincón de la inhóspita noche, si me pidiera perdón y me confesara que no podría vivir sin mí. Qué haría entonces, Elenita, qué haría. ¿Seguiría adelante con esto o le perdonaría para que nuestra vida continuara pareciendo un cuento infantil? ¿Y por qué no llama?

No comments:

Post a Comment

My Blog List

Tales of Mystery and Imagination

" Tales of Mystery and Imagination es un blog sin ánimo de lucro cuyo único fin consiste en rendir justo homenaje
a los escritores de terror, ciencia-ficción y fantasía del mundo. Los derechos de los textos que aquí aparecen pertenecen a cada autor.


Las imágenes han sido obtenidas de la red y son de dominio público. No obstante si alguien tiene derecho reservado sobre alguna de ellas y se siente
perjudicado por su publicación, por favor, no dude en comunicárnoslo.

List your business in a premium internet web directory for free This site is listed under American Literature Directory