Tales of Mystery and Imagination

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Santiago Roncagliolo: Papá Noel está borracho en el salón

Santiago Roncagliolo



Papá era un idiota, lo admito. Era incapaz de durar más de cinco meses en un trabajo. Nunca se acordaba de mi cumpleaños. Y mantenía en pie su viejo Chevrolet del 73 gracias a una mezcla milagrosa de repuestos robados, cinta adhesiva y buena voluntad. Inexplicablemente, todo eso me gustaba de él.

A la que no le gustaba era a Mamá. Hasta donde llegan mis recuerdos, su matrimonio fue una interminable serie de gritos y reproches, con algunas pausas para mandarme a lavar los dientes. Supongo que deben haber tenido algunos buenos momentos, pero yo no fui testigo de ninguno. A lo mejor, esos momentos ocurrían mientras yo me lavaba los dientes.

Así que no hace falta explicar cómo fue su divorcio, ni detallar la larga serie de partidas y regresos, las lágrimas de ella y los desplantes de él. No es necesario describir la caja de leche Gloria en la que Papá se llevó sus cosas de casa, ni decir que se apareció en el siguiente almuerzo familiar a devolver la caja de leche, que por cierto, con gran puntería, embocó de un tiro sobre la cabeza de mi abuelo.

Lo que voy a contar ocurrió muchos meses después, cuando Mamá empezaba a “reconstruir su vida”. O al menos ésa fue la frase que le escuché decir una vez en el teléfono, a alguna de sus amigas, mientras se pintaba las uñas de los pies. Al parecer, las uñas de los pies tenían un papel en todo aquello de “reconstruir su vida”, porque yo nunca la había visto pintárselas, y de hecho, antes de esa tarde, no habría podido asegurar que sus pies tuviesen uñas.

No tardaría en comprender que el rojo de su esmalte era una señal de alerta. Pocos días después, apareció en casa un hombre llamado Alejandro. Y volvió a aparecer. Y siguió apareciendo. Llegado cierto punto, ni siquiera necesitaba llegar de visita, porque no se iba. Pasaba los fines de semana con nosotros. Usaba los mismos cubiertos y el mismo wáter. Y me entregaba periódicamente regalos educativos, libros y juegos de preguntas y respuestas, que me volvieron definitivamente reacio a cualquier forma de cultura.

El nuevo novio me trataba bien, y hacía reír a Mamá. En cambio, Papá… bueno, seguía siendo Papá. Vivía prometiéndome que algún día volvería con mi madre, y de vez en cuando tenía detalles tiernos, como llevarle flores o regalarle un gatito. Aunque irremediablemente, esos detalles se frustraban: Mamá descubría que le había robado las flores al jardín del vecino. O le recordaba —a gritos, como siempre— que yo era alérgico al pelo de gato.



Pronto comprendí que si quería recuperar a mi padre tendría que ayudarlo a deshacerse de su competidor: Papá no tenía la capacidad de hacerlo por sí mismo.

En mi retorcida mente infantil, concebí el plan perfecto. Exigí que pasáramos la Navidad juntos, como habíamos hecho siempre hasta entonces. Mamá no podría negarse a mis deseos. Alejandro ni siquiera se atrevería a aparecer, avergonzado por haber destruido esta familia. Papá y Mamá cenarían juntos y recordarían cuánto se querían. Yo me portaría muy bien y me comería lo que me diesen. Y al día siguiente, en vez de encontrar al patán de Alejandro en el baño, encontraría a Papá leyendo el periódico en el wáter: el paraíso.

Pero las cosas, me temo, ocurrieron exactamente al revés: Alejandro sí que apareció en la cena, y departió agradablemente con mi madre, mis abuelos y mis tíos. En cambio, Papá no se presentó. Tampoco llamó. Simplemente, nos olvidó, como siempre.

Esa noche, al acostarme, odié a Papá, y al mundo, y deseé, con todo el dramatismo de mis ocho años, no despertar.

A las cinco de la mañana, me despertó un estrépito de cristales rotos, muebles arrastrados y maldiciones en voz alta. Un asaltante —o a juzgar por el ruido, una banda de asaltantes, o quizás una manada de búfalos— había entrado en casa, y estaba a punto de acabar con ella.

Mamá y Alejandro ya estaban en el salón cuando yo llegué, y contemplaban el espectáculo paralizados en un rincón. Resultó que no era un ladrón, ni una avioneta estrellándose contra las ventanas de la casa: era Papá Noel, ebrio como una cuba, arrastrándose de un lado al otro del salón y balbuceando incoherencias. Cuando se dio de bruces con el árbol de Navidad se le descolgó la barba, y solo entonces descubrí que detrás de aquella barriga y ese uniforme rojo se escondía Papá.

—¡Feliz Navidad, hijo!

—Hola, Papá.

—Quería darte una sorpresa —logró articular—, pero Papá Noel se resistía a dejarme su uniforme.

—¿Te costó mucho quitárselo? —sonreí, aliviado de verlo, no importaba cómo.

—Dos botellas —respondió él.

Y luego se quedó dormido en el sofá.

Eso fue todo.

Ni siquiera me trajo un regalo. Al contrario, babeó sobre el jersey que me había regalado Mamá, y se cargó definitivamente la nave espacial que me había traído Alejandro.

Puede parecer una tontería, pero aún recuerdo esa Navidad como la mejor de mi vida.

Los grandes momentos son aquellos en que comprendes grandes cosas. Y yo comprendí esa madrugada, entre los ronquidos etílicos de aquel Papá Noel allanador, que querer a Papá era como ser hincha de un mal equipo de futbol, uno de esos que jamás llega a la primera división, pero que sus fans persiguen, llorando más que riendo, de estadio en estadio: puede que no gane nunca, es verdad, pero por eso mismo, cada vez que consigue un triunfo, te hace tan feliz que jamás puedes olvidarlo.

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