Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Hernán Domínguez Nimo: El deseo

Hernán Domínguez Nimo


El hálito sobre la piel la despertó antes que su voz. Era como el viento invernal que se filtra por una rendija de la ventana y obliga a acurrucarse frente al hogar encendido.

La ventana. Había recordado dejarla entreabierta para él…

Se tapó con la sábana hasta el mentón y se quedó acostada, los ojos cerrados, escuchando los ronquidos de John, agradeciendo ese momento de intimidad que le regalaba la noche.

Ya no le gustaba compartir la habitación con sus dos hermanos. Le dolía reconocerlo: jugar con ellos hasta quedar dormidos siempre había sido lo mejor del mundo. Pero ya no.

¿Por qué? ¿Qué había cambiado? ¿Ellos?

No. No había nada distinto en la expresión divertida de John cuando aparecía de repente junto a su cama para sorprenderla, ni en Michael cuando la azotaba con la almohada para empezar una guerra… Cada vez se prometía que iba a responder al juego como solía hacerlo. Pero solo despertaban su fastidio.

Se revolvió, molesta. Tal vez sí era culpa de ellos. De John, que conspiraba continuamente para sorprenderla en ropa interior y cuchichear después con Michael…

—No me esperaste despierta —dijo la voz, un leve esbozo de reproche. Se incorporó en la cama y se encontró con la extraña sonrisa a centímetros de su propio rostro. El cosquilleo la estremeció. Intentó definir una vez más qué había de particular en esa sonrisa. Se perdió en la intensidad de sus ojos.

El sentimiento de culpa apareció de algún lado. No había ruidos en la casa. John y Michael aún dormían en sus camas. La ventana estaba cerrada.



—Estaba soñando con vos… —se oyó decir ella.

Ilustración por William Trabacilo basada en la historia de "El deseo" de Hernán Domínguez Nimo—Claro… —contestó él, divertido. Entonces levantó las piernas del piso y las cruzó. Se quedó un rato así, flotando en el aire, mirándola. Ella supo que venía la pregunta y quiso evitarla, ganar tiempo:

—¿Ya encontraste tu sombra?

Él sonrió, como si supiera lo que ella intentaba.


—Siempre te equivocas. Es mi reflejo. Y no, todavía no he podido recuperarlo. Pero ya no creo que esté acá, en tu casa. Ya no vengo por eso. Creí que lo sabías… —una vez más esa sonrisa burlona, mientras flotaba hacia adelante y hacia atrás—. Claro que lo sabes, Wendy.

Ella sintió el calor subiéndole al rostro y rogó por que la oscuridad no le permitiera a él percibirlo.

Cada vez que llegaba ese momento, el de su invitación, las sensaciones de urgencia, de excitación y de miedo se mezclaban. Imposible separarlas, decidir cuál era más fuerte. La culpa resurgía. Le había contado a mamá una vez y ella lo había descartado como una fantasía infantil. Pero Peter era real y había vuelto una noche tras otra con su consentimiento (Peter decía que sin él no podía volver y Wendy se sentía halagada por ello), y la impresión de lo indebido era cada vez mayor.

El niño que hablaba como un adulto flotó hasta sentarse en su cama, apoyó una mano en el pie de Wendy y lanzó la pregunta:

—¿Ya te decidiste? ¿Quieres que cumpla tu deseo?

Ella se quedó mirando sus ojos pero atenta al calor de su mano a través de la sábana. Una vez había espiado a papá y a mamá en su habitación. Peter no la había tocado de esa manera. Wendy temía que lo hiciera. Esperaba que lo hiciera. Y el ardor volvía a subir, por dentro, insoportable.

Eso era lo que definía el combate. Sus ganas sobre su miedo.

—Entonces, si te acompaño… ¿no envejeceré nunca? ¿Nunca seré un adulto?

—Como yo, Wendy. Jugaremos juntos por siempre jamás. Ya lo sabes…

Sí, lo sabía. Retrasaba la decisión…

No. Hacía mucho tiempo que la decisión estaba tomada. No le interesaba jugar por siempre jamás. Lo que deseaba (Dios, cómo lo deseaba) era perderse en esos ojos que la llamaban.

—Sí. Iré contigo —dijo, y se quedó esperando la reacción.

No hubo explosión de alegría. Apenas la sonrisa que reapareció. Quizá siempre había sabido que no había elección posible, que era sólo cuestión de tiempo, de esperar la noche adecuada.

El miedo aleteó como una mariposa en la garganta. Habló, para romper el silencio:

—Y vamos a poder volar juntos, ¿no? Sobre las casas, los océanos, las nubes…

—Claro… —dijo él, todo sonrisa, y se inclinó hacia ella—, pero recuerda que sólo de noche.

Wendy asintió, cerró los ojos y dejó que su aliento frío le envolviera el cuello.

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