Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

José Vicente Ortuño: Frankenstein 2004

José Vicente Ortuño



Mi nombre es Víctor Frankenstein, nací en Ginebra a finales del siglo XVIII en el seno de una familia distinguida, como casi todo el mundo sabe gracias a cierta obra literaria; pero lo que nadie conoce es que al comienzo del siglo XXI, todavía estoy vivo; muy vivo. Después de tanto tiempo me apetece contar públicamente los resultados de algunos de los estudios y experimentos que he llevado a cabo a lo largo de mi vida.
En mi juventud decidí estudiar los orígenes de la vida, el porqué del funcionamiento de los seres vivos, la esencia que mueve a la materia a convertirse en un ente animado y consciente. Dediqué todas las fuerzas y entusiasmo de la juventud, junto con la fortuna de mi padre, al descubrimiento de los secretos de la creación.
Como consta en el relato que del principio de mi vida hace mi amada Mary Wollstonecraft mi única biógrafa y maravillosa compañera, relato que es fruto de infinidad de noches desveladas, tras desbordar nuestros sentidos con la pasión de la juventud, esa juventud que ahora queda tan lejos-, el final incierto permite que el lector piense que morí perdido, solo y arrepentido, yaciendo en la tundra helada o atrapado entre los hielos como justo castigo por mis pecados, o simplemente devorado por un oso polar; pero no fue así: sobreviví a todo ello. Perseguí a mi primera criatura durante algún tiempo y al fin la encontré, en una recóndita aldea en el norte de Siberia, donde vivía feliz tras haber fundado una familia. Pero no es de aquella, mi primera y desdichada criatura, de quien me propongo hablar, ya que la historia es de todos conocida; esta es otra historia.
Mi buen amigo y compañero de tertulia Herbert West, al que conocí casi un siglo después realizando estudios encaminados al mismo fin, sólo consiguió crear estúpidos zombis sin cerebro, terrores ambulantes que lo llevaron a un macabro final. Donde él fracasó yo he triunfado. En todo el tiempo transcurrido, especialmente desde que murió mi querida Mary, me he dedicado a crear nuevas criaturas cada vez más perfectas. No sé por qué no le devolví la vida a mi amada. Era tan dulce. Estaba tan viva. Tal vez tenía miedo de verla convertida en una patética criatura de andares rígidos y menguado cerebro. ¿Acaso ella me lo pidió antes de morir? Es posible. Los años no pasan en balde y los recuerdos se difuminan. Pero todavía veo con toda claridad su sonrisa y esa mirada dulce, que me provocaban bruscas erecciones en aquellas noches de alcohol, opio y orgías en la mansión de Lord Byron. Por aquel entonces, ocultaba mi identidad bajo el patético disfraz de poeta mediocre, pero pese a todo fueron tiempos muy felices.


Como decía, durante todos estos largos años pasados sin Mary, estudié a fondo el funcionamiento de la vida, perfeccionando la técnica de reanimación de tejidos muertos. He llegado donde nunca nadie ha osado llegar. La tecnología que el resto de la humanidad desarrolló durante todo este tiempo, me ha ayudado mucho en mis trabajos; ya no tengo necesidad de conjurar los rayos producidos por terribles tormentas para activar mis aparatos, mi laboratorio ya no necesita ocupar el torreón de un tétrico castillo medieval. Ahora todo es más simple, muchísimo más simple. Mi equipo se alimenta con baterías de litio y cabe completo en un maletín. La conexión a través de Internet realizada con la tecnología más avanzada vía satélite, me permite acceder a los datos de mi laboratorio secreto desde cualquier punto del planeta, y todo ello simplemente utilizando un ordenador portátil. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué maravilloso era sentir erizárseme los cabellos, con los rayos fluyendo a mi alrededor, mientras mi criatura, estremecida por miles de voltios que recorrían su cuerpo torturado, se sacudía en espasmos incontrolados cuando la milagrosa electricidad le infundía nueva vida!
Como efecto colateral a mis estudios de creación y reanimación, encontré la forma de alargar la vida, mi vida especialmente. Al principio experimenté con mi querido ayudante Igor. Pobrecillo, ¡cuánto sufrió por sus deformaciones congénitas! Hoy a mi querido Igor nadie lo reconocería, nadie imagina que ese robusto actor austríaco que ha llegado a Gobernador en el país más poderoso del planeta, fuera hace dos siglos un jorobado contrahecho con menos luces que un cementerio a medianoche. Físicamente lo reparé y perfeccioné, le alargué la vida de forma inhumana, pero la inteligencia es un don divino y no estaba en mi mano ayudarle. Sólo gracias al culto al cuerpo que se practica este último siglo, ha conseguido hacer realidad su sueño. ¡Mi querido y cándido Igor, ni siquiera ha podido quitarse el horrible acento de su aldea natal!
No es necesario decir que vivir tanto tiempo tiene sus ventajas. Cuando volví de la búsqueda de mi primera criatura, allá por el año 1814, tras establecerme en Inglaterra bajo la personalidad del poeta Percy B. Shelley, conocí a mi querida Mary, recorrimos juntos Europa y recalamos en Suiza en el verano de 1816, donde entramos en el círculo de amigos que se reunía en la mansión de Lord Byron. En aquel magnífico caserón le relaté a Mary mis estudios, mis experimentos, mis inquietudes y anhelos. Fascinada, me animó a continuar mi trabajo y más tarde incluso me ayudó en mis nuevos experimentos. Juntos creamos los hijos que nos negó la naturaleza. Durante mucho tiempo fui muy feliz... hasta que en 1851 mi amada Mary murió, siendo completamente inútiles todos mis conocimientos para evitarlo y como ya he dicho, no me atreví a reanimarla. Luego, durante varias décadas, vagué por distintas partes del mundo, estudiando, realizando nuevos experimentos. De vez en cuando alguna de mis criaturas conseguía abrirse paso en la sociedad con éxito. No fueron pocos los que llegaron a destacar y marcaron hitos en la historia.
Ya en el siglo XX comencé a desarrollar una nueva perspectiva en mis investigaciones. Fruto de ello fue uno de mis más exitosos experimentos: mi querido hijo Adolfo. Físicamente no destacó como otras de mis creaciones, es cierto, tampoco por su inteligencia, pero su ambición le llevó muy lejos. La mayoría le recuerda con odio. Sin embargo, el tiempo en que dirigió el Tercer Reich, fue de lo más provechoso para mis investigaciones, pues tenía abundante material para experimentar y prácticamente no tenía que ocultarme. Lloré su pérdida más que la de ninguna otra de mis criaturas anteriores.
Acabada la Segunda Gran Guerra emigré donde tenía más posibilidades de continuar mis estudios: los Estados Unidos de América, el país de las oportunidades, como a ellos le gusta llamarlo. Para mí al menos sí que lo ha sido, aquí el dinero lo puede todo y yo, modestamente, tengo de sobra.
En el nuevo mundo me instalé en la soleada California, tan diferente de mi tierra natal, allá en Europa. Fruto de la influencia de aquellas cálidas tierras, elaboré una nueva criatura a la que llamé Marilyn. ¡Qué bella era, casi tanto como mi querida Mary! Físicamente perfecta, triunfó en el cine y todavía hoy se la recuerda, se la imita e idolatra. Pero de nuevo la inteligencia brilló por su ausencia en mi creación, lo que generó algunos problemas. Más tarde, un pequeño defecto en su bello organismo la llevó a un colapso fatal y a la muerte.
Después de aquel fracaso, centré mis estudios y experimentos en desarrollar los aspectos de mi trabajo que nunca habían fallado en mis creaciones y reunirlos en una nueva criatura. Hube de sortear algún que otro tropiezo con la CIA y el FBI, por lo que decidí colocar como directores de dichas agencias a algunos de mis más mediocres, aunque adorables, hijos. Ahora ya puedo trabajar tranquilo, subvencionado por el estado, eminentes universidades y algún mecenas creado por mí.
Todo este preámbulo me lleva a hablar de mi última creación, mi hijo más querido, el que más satisfacciones me ha dado hasta ahora; la obra maestra de mi vida. Es la criatura en la que he reunido todos los conocimientos, adquiridos a lo largo de dos siglos de investigación y trabajo, alcanzando la perfección que he buscado siempre. Es el más apto para la supervivencia. No es bello. No tiene gran fuerza física. Carece por completo de inteligencia, pero como mi llorado Adolfo, tiene una gran ambición. Lo bauticé "George" y, tras algunos ajustes, llegó a lo más alto. Sin ir más lejos, ha iniciado ya su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos.

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