Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Clemente Palma: Miedos

Clemente Palma



El salón estaba obscuro, muy obscuro. Los espejos cegados por la obscuridad no reflejaban en sus colosales pupilas los buques chinos de marfil, los dorados muebles, las sedosas cortinas, ni las caprichosas licoreras y chucherías que adornaban los chineros.

En la puerta del salón, como dos hujieres medievales, estaban reflexionando, de pie sobre sus pedestales de mármol, envueltos en la gasa intangible de las tinieblas, Dante, en su actitud hierática, con el dedo sobre los labios, y Petrarca recostado sobre su lira. La araña como una inmensa plomada de cristal, se descolgaba largamente del techo, y cada vez que un carruaje estremecía el salón, con su escandaloso rodar sobre las piedras de la calle, interrumpía el silencio con el tintineo de sus prismas sonoros. El riquísimo Pleyel, abierta su bocaza de madera, reía sin ruido haciendo jugar sobre su larga hilera de dientes ese átomo de luz que siempre existe disuelto en toda obscuridad. Parecía una inmensa cabeza de hotentote risueño. Lejanos relojes daban campanadas cuyos ecos se colaban por las junturas de puertas y ventanas, y resbalando sobre la alfombra de Bruselas iban a perderse en las demás habitaciones. Luego... nuevamente el silencio.

Dieron las tres, y una de las puertas se entreabrió y penetró en el salón una sombra, lentamente, arrastrándose como un gnomo curioso que caminaba con precaución para no hacer ruido. Subió al piano, y caminando sobre el teclado, produjo una escala imperfecta. Probablemente le disgustó al gnomo su poco disposición para la música, porque inmediatamente se alejó y fue a esconderse a uno de los sillones.

Poco después se estremeció el aire encajonado del salón con unos ruidos extraños que venían del sitio en que se había ocultado el gnomo: un frou-frou constante y desesperado, sollozos ahogados, gritos de dolor que se revolvían en un gruñido sordo. Se hubiera creído que el gnomo, herido de muerte, se revolcaba sobre la seda en una agonía lenta y dolorosa.

Dante hundió su mirada de águila en la obscuridad y Petrarca levantó la cabeza; pero no se veía nada. El sillón estaba a sus espaldas, y en la imposibilidad de ver, volvieron a su actitud meditabunda.

En la habitación contigua una muchacha, rubia como los trigos, estaba en un lecho adornado con angelitos, temblando de miedo. Se despertó a los gritos del piano mortificado con las pisadas del gnomo.

—¡Oh, Dios mío! —pensó—; ladrones.

Y se quedó fría, inmóvil, conteniendo la respiración, sin atreverse a hacer el menor movimiento para no atraer la atención de los ladrones. ¡Si se movía, la matarían para que no avisase!

De pronto llegó a sus oídos un prolongado gemido, extrahumano, como los que la imaginación popular supone que salen de los labios de las almas en pena. La muchacha se estremeció, presa de indecible espanto; quiso gritar:



—¡Abuela, abuela... luz... están penando en el salón!

Pero se le ahogó la voz, movió los labios; mas la lengua ni la garganta quisieron obedecerla. Con los cabellos erizados y los ojos desmesuradamente abiertos, esperaba a cada segundo sentir la impresión de frialdad de una calavera que se acostara sobre su misma almohada; veía en el aire canillas que se cruzaban, largas túnicas por cuyas mangas voladas salían brazos y manos óseas. Aterrorizada se tapó la cabeza y se estuvo así, escuchando gemidos y rodeada de horribles visiones, hasta que por el tejido de la sobrecama vio colarse un estirado rayito de luz matinal como un alambre de oro.

Eran las seis de la mañana. Se destapó medrosa aún, pero poco a poco se tranquilizó: de día las ánimas en pena vuelven al cementerio. A las siete su abuela, una viejecita de andar ligero a pesar de sus setenta años, estaba ya levantada y caminando por toda la casa.

—Buenos días, ¡a levantarse!

—Buenos días, abuelita —contestó la linda rubia, besando la mano de la anciana.

Tenía la muchacha quince años y unos labios frescos y rosados, bajo los que había una nidada simétrica de perlas. Sus senos virginales, duros y redondos, comenzaban a darle aspecto de mujer y levemente levantaban la alba camisa de dormir, menos blanca que su piel suavísima. El miedo y el insomnio de la pasada noche habían dejado una línea azulada bajo sus rasgados ojos de cielo. La abuela notó las ojeras de la doncella y se lo dijo; ella iba a referirla lo de las penas, pero se contuvo: sabía que su abuela se reiría de sus miedos y no la creería...

Levantóse, y después de bañarse, entró en el salón a repasar una lección de piano...

El salón estaba claro, muy claro. Grandes haces de luz se precipitaban por las ventanas teatinas en el afán de penetrar todos a las vez. Luego se desbandaban sobre los muebles haciendo brillar la seda. Los espejos se hacían todo ojos y, ansiosos de ver, reflejaban en las lunas venecianas los buques chinos, las mesas, las chucherías que llenaban los chineros, todo, todo cuanto podía caber en sus colosales pupilas. Dante, bañado en esa inundación de luz que daba tintes y brillones amarillentos a su gran túnica de bronce, continuaba en su actitud hierática, con el índice recostado en su labio inferior, y Petrarca se preparaba a tañer la lira. Sobre los cuadros de las paredes, sobre las alfombras y los muebles celebraban la fiesta de la luz, la apoteosis del Sol, una infinidad de espectrillos solares despedidos de los irisados prismas de la araña, que revoloteaba inquietos como alegres pajecillos de Febo vestidos con túnicas policrómicas, en tanto que al piano, con la risa congelada, dejaba juguetear francamente sobre sus dientes de marfil la luz que se precipitaba de las ventanas...

Entró la rubia con la cabecita despeinada y húmeda, de la que caía sobre sus espaldas una muda catarata de oro. Había olvidado ya sus terrores y sólo pensaba en repasar su lección: una linda melodía de Godefroy, que debía saber a las once, cuando viniera el profesor. Se sentó en el banquillo de altura variable, recorrió el teclado y comenzó a brotar del marfil un raudal de armonías encantadoras. ¡Oh!, el hotentote estaba contentísimo, y al sentir las caricias de esos blancos dedos diminutos y ágiles rompía en las más melodiosa de sus risas.

—¡Miau! ¡miau! —oyó la rubia a sus espaldas, y giró rápidamente; luego dio un grito de repugnancia y sorpresa y corrió gritando:

—¡Abuela, abuela, venga usted a ver!...

Sobre el sillón estaba echada una gata dirigiendo a todas partes la mirada de sus redondos ojazos amarillos. Tres gatitos con los ojos cerrados; grises, cabezones, estaban prendidos por el hociquillo rosáceo de las hinchadas ubres de la Mirriña.

Regresó la rubia con la abuela y una sirvienta. La señora refunfuñó, riñó a la Mirriña por sucia y sin vergüenza, como si la gata pudiera comprenderla; la amenazó con arrojarle los hijos a la alcantarilla, y a punto seguido la buena viejecita ordenó a la sirvienta que la llevara a otro cuarto, con sillón y todo, para que no se maltrataran los hijuelos. El lujoso asiento de valiosa seda y talladuras trabajosas sirvió en adelante de lecho mullido a la Mirriña.

Siguió la doncella tocando su melodía de Godefroy, después del incidente. De pronto, la idea de la gata se asoció al recuerdo de las penas y terrores que no la dejaron dormir: entonces se sonrió, y dos hileras de perlas se reflejaron en la charolada caja del piano.

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